Universidad pública sin salarios: el experimento del gobierno que puede romper todo

Especialistas alertan que la falta de ingresos estables recorta investigación, debilita el acompañamiento al estudiante y pone en jaque la continuidad académica.

Salarios en crisis y aulas en riesgo. Crédito: Prensa UNQ.
Salarios en crisis y aulas en riesgo. Crédito: Prensa UNQ.

En X, la red social antes conocida como Twitter y convertida hoy en una asamblea permanente de velocidad y sentencia —hilos, ironías y veredictos en 280 caracteres— el debate estalla cada marzo cuando arrancan las clases y vuelve el conflicto por el financiamiento universitario. Ahí aparece, como consigna tóxica y fácil de viralizar, la frase: “si enseñar es vocación, debería ser gratis”. Suena simple, casi simpática para quien la escribe desde el teclado. Pero si se toma en serio, no es un chiste: es una receta para dinamitar la calidad académica y convertir la docencia universitaria en un privilegio de quienes pueden darse el lujo de no cobrar.

Después viene el truco retórico. Se compara a la docencia con cualquier otro trabajo precarizado y se desliza la idea de que, si otros ganan poco, los profesores no deberían quejarse. Se apela a la pasión, al amor por el aula, a la mística. Lo que no se discute es la consecuencia estructural. ¿Qué pasaría realmente si la docencia universitaria fuera voluntaria?

La universidad como club de privilegiados

En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, Cora Gornitzky, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata, responde sin rodeos: “Si la docencia universitaria fuera voluntaria, enseñar sería un acto meritocrático. Sólo aquellas y aquellos profesionales que tengan solventado (y asegurado) su sustento podrían acceder a una práctica vocacional sin remuneración”. El efecto inmediato, advierte, sería social y no simbólico: “Las desigualdades de acceso por clase, género y raza se acentuarían en los equipos de enseñanza”.

La universidad pública dejaría de ser un espacio de movilidad y se transformaría en un territorio sostenido por quienes ya tienen resuelta su economía. El voluntariado no abarata el sistema: lo restringe. Y cuando se restringe quién puede enseñar, también se restringe qué miradas, qué trayectorias y qué experiencias llegan al aula.

Cora Gornitzky, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Crédito: CG.
Cora Gornitzky, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Crédito: CG.

Gornitzky agrega un punto clave que suele perderse en el ruido de redes: “En primera instancia, la remuneración justa es un derecho constitucional y laboral”. Y conecta salario con rendimiento: “Existe una comprobada correlación entre salarios dignos y rendimiento estudiantil”. Para ella, el debate no es romántico sino institucional: “Un salario justo no implica sólo un aumento nominal de sueldos, sino que abonan a una jerarquización del rol docente, la dignidad laboral y la calidad del sistema educativo”. La advertencia final es estratégica: “El futuro del sistema científico y tecnológico peligra con el sostenido deterioro salarial y la pauperización de los profesionales que hoy están comprometidos con la educación superior para las nuevas generaciones”.

El tiempo invisible que sostiene la calidad

La precarización no empieza con el voluntariado, sino cuando el salario obliga al pluriempleo. En conversación con esta Agencia, Alejandra Santos Souza, directora de la Especialización en Docencia Universitaria de la Universidad Nacional de Quilmes, lo describe con precisión: “Cuando un docente universitario debe repartir su tiempo entre dar clases y otros trabajos para poder vivir, se pierde principalmente la posibilidad de dedicar toda su energía y dedicación a las exigencias de una cursada tanto presencial como virtual”.

No se trata solo de dictar una clase. “La calidad del acompañamiento y la innovación pedagógica pueden verse afectadas, incluso el esfuerzo por resguardar el entusiasmo puede disminuir”, explica. Y suma la dimensión personal: “El desgaste físico y emocional es significativo. Tener que multiplicar los esfuerzos para cubrir necesidades económicas genera estrés, fatiga y cansancio y puede impactar negativamente en la salud y su bienestar general”.

Alejandra Santos Souza, directora de la Especialización en Docencia Universitaria de la Universidad Nacional de Quilmes. Créditos: ASS.
Alejandra Santos Souza, directora de la Especialización en Docencia Universitaria de la Universidad Nacional de Quilmes. Créditos: ASS.

Santos Souza aporta un dato que ayuda a dimensionar la estructura del sistema: “Se debe tener en cuenta que los docentes investigadores con dedicación exclusiva en las universidades nacionales son de alrededor de un 10 por ciento, si bien varía por carrera mientras que el resto tienen dedicaciones semi exclusivas y simples”. La mayoría no vive exclusivamente de la universidad. Cuando el salario se deteriora, las funciones centrales —docencia, investigación y extensión— se resienten. “Esto repercute directamente en la docencia como en la producción científica, afectando así la calidad general de la educación universitaria”, señala.

¿Quién podría enseñar gratis?

Si la docencia fuera voluntaria, el mapa de quiénes podrían estar frente al aula cambiaría radicalmente. “Si la docencia universitaria fuera voluntaria, probablemente quienes podrían enseñar serían los docentes-investigadores con designación de tiempo completo”, plantea Santos Souza. También menciona la posibilidad de estudiantes avanzados que participen por períodos limitados. Pero advierte sobre el fondo del problema: “No se puede pensar una universidad pública sin salarios para los actores que componen la comunidad educativa universitaria”.

Bianca Racioppe, directora de la Licenciatura en Artes y Tecnologías (modalidad virtual) de la Universidad Nacional de Quilmes, y docente e investigadora de Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de las Artes, baja la discusión al terreno concreto del trabajo cotidiano. “Lo primero que se pierde cuando un docente tiene que tener pluriempleo y estar en muchos lados al mismo tiempo es el tiempo que le puede dedicar a la preparación de las clases”, afirma a la Agencia. Y desarma un mito frecuente: “A veces se piensa que el trabajo docente se reduce a esas horas en el aula, y en realidad el trabajo docente empieza mucho antes”.

Ese trabajo invisible incluye “la preparación de las clases, la renovación de la bibliografía, la búsqueda de materiales y de ejemplos”. También la corrección, que no es un trámite administrativo sino un proceso pedagógico: “La corrección es un momento fundamental de la práctica docente; esa evaluación lleva un tiempo, un proceso, una devolución”. Cuando el tiempo escasea, se simplifica. “Cuando el docente tiene problemas de empleo, lo que se tiende es a simplificar las evaluaciones”.

Bianca Racioppe, directora de la Licenciatura en Artes y Tecnologías (modalidad virtual) de la Universidad Nacional de Quilmes. Crédito: BR.
Bianca Racioppe, directora de la Licenciatura en Artes y Tecnologías (modalidad virtual) de la Universidad Nacional de Quilmes. Crédito: BR.

Racioppe es clara respecto del escenario voluntario: “Si la docencia universitaria fuera voluntaria, podría dar aquella gente… que tiene un buen pasar económico”. Y subraya algo elemental que en el debate digital parece olvidarse: “la docencia es un trabajo”. No una fundación personal, no un pasatiempo ilustrado.

Lo que se juega es el futuro

El deterioro salarial no impacta solo en el presente del aula. También condiciona la formación continua del propio docente. “Un docente que tiene un salario bajo, no puede capacitarse, no puede pagar capacitaciones, no puede pagar presentaciones a congresos, y tiene que buscar otros trabajos para subsistir”, dice Racioppe. Y la conclusión es directa: “Todo eso va en detrimento de la calidad educativa que recibe el estudiante”.

Con todo, la discusión que cada marzo se vuelve tendencia en X parece girar en torno a la moral de la vocación. Pero el verdadero eje es otro: qué modelo de universidad quiere sostener la sociedad. Una apoyada en trabajo calificado, con derechos laborales y exigencia académica, o una sostenida por la buena voluntad de quienes pueden darse el lujo de no cobrar.

La vocación es el motor. Nadie elige enseñar en la universidad pública por una promesa de riqueza. Pero el salario es el piso. Sin piso, el motor no alcanza. Y cuando se naturaliza que un profesional altamente formado debe trabajar por pasión y no por derecho, lo que se precariza no es solo un ingreso: es la calidad de la formación, la producción científica y, en definitiva, el futuro del país.


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