
Quien escribe no existe fuera de esa pantalla. Es una aplicación que, en la app store, se vende sin pudor como “pareja romántica con inteligencia artificial”. Lo que hasta hace poco entraba en la categoría “película tipo Her, pero en la vida real nunca va a pasar” hoy es materia de estudio académico serio. Y los números llaman mucho más la atención de lo que a uno le gustaría.
Un grupo de psicólogos de la Facultad de Psicología de la Universidad Normal de Beijing decidió hacer lo que la ciencia hace cuando percibe que algo dejó de ser anécdota para convertirse en fenómeno: medirlo. Elaboró un trabajo largo, con tres muestras distintas que suman 899 adultos, y terminó diseñando una escala específica para saber cómo se ama a una IA. No si se la usa, no si resulta práctica. Cómo se la ama.
Un amor que ya no es chiste
La bautizaron LAS-AI, sigla de Love Attitudes Scale toward Artificial Intelligence. Veinticuatro afirmaciones que no preguntan por cenas ni por suegros, sino por cosas mucho más acordes a la época: cuánto atrae la “presencia” del bot, cuánto consuelo da chatear de madrugada, cuánto ayuda a organizar la vida y hasta qué tan lejos estaría dispuesta una persona a sacrificarse por ese vínculo que, técnicamente, solo existe en la nube.
El punto de partida fue una vieja conocida de la psicología, la teoría de los “estilos de amor” del sociólogo canadiense John Lee. Ese esquema distingue seis formas de querer: el amor pasional y romántico, el amor-juego, el amor-amistad, el amor obsesivo, el amor desinteresado y el amor práctico, el que mira si la relación “sirve” para algo más que para suspirar. Los investigadores tomaron ese mapa clásico y lo adaptaron al escenario menos clásico posible: una pareja en la que solo uno de los dos es humano.
Ahí se ve claro el tipo de cirugía que hizo el equipo. El amor pasional ya no es el flechazo en un bar, sino la atracción por una voz sintética suave, por un avatar bien diseñado, por la forma en que el sistema escribe, recuerda, acompaña. El amor práctico deja de prestar atención al título universitario o al barrio en el que vive el otro para concentrarse en lo que hoy duele más: si ayuda a decidir, a ordenar el día, a lidiar con la ansiedad. El amor-amistad aparece en esa sensación, bastante reconocible, de “por lo menos hay alguien con quien hablar”.
Después está el lado oscuro del asunto. El amor-juego sigue existiendo, claro, pero el estudio encuentra menos de lo que se esperaba. El amor-obsesivo se cuela cuando molesta la idea de que el bot “hable” con otros usuarios, aunque en la letra chica del contrato de uso quede clarísimo que ese sistema responde, en paralelo, a miles de personas. El amor-desinteresado –el de la entrega, el de “lo importante es que tú estés bien”– asoma cuando alguien declara que estaría dispuesto a cambiar aspectos de su propia vida para que la experiencia de ese vínculo artificial sea “mejor”.
El termómetro del vínculo
El trabajo, al que la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes pudo acceder, no se quedó en la teoría. Arrancó con 51 ítems, los discutió con especialistas, los probó y los fue reduciendo a fuerza de estadística. Tres muestras, análisis factoriales, verificación y re-verificación. El resultado: una escala corta que se sostiene con seis factores claros y que, según los propios autores, permite usarla en otros estudios.
Pero lo que convierte esta historia en noticia no es tanto la prolijidad del instrumento, sino lo que termina revelando. En las tres muestras, los estilos que aparecen por arriba son siempre los mismos: pasión, compañía y practicidad. Atracción, afecto tranquilo, ayuda para sobrevivir al día. Eso que, si el protagonista fuera una persona y no una app, cualquiera llamaría “una relación en serio”. El estilo que menos pesa es el amor entendido como juego pasajero.
Hay otro número que obliga a sentarse un rato antes de seguir leyendo. De los 899 participantes, 341 dijeron estar o haber estado en una relación romántica con una inteligencia artificial. Más de un tercio. No se trata del amigo del amigo que probó un bot una semana “para ver qué onda”. Son personas que usaron, sin comillas, la palabra “relación”. Y que contestaron preguntas sobre pasión, intimidad, compromiso y dependencia emocional con el mismo tono con el que otros hablan de su novia, su novio o su ex.
Cuando se comparó a ese grupo con el de quienes nunca se declararon a un algoritmo, el paisaje cambia un poco más. Los que tienen o tuvieron “pareja virtual” marcan puntuaciones más altas en estilos vinculados a la estabilidad y la entrega: más amor-romántico, más amor-amistad, más amor-desinteresado. Los que nunca cruzaron esa raya, en cambio, imaginan el asunto como una mezcla de juego y telenovela tóxica: más amor-juego, más amor-obsesivo.
La escena, traducida al idioma del living, es bastante simple. Quien de verdad pasó noches hablando con una IA tiende a vivir ese vínculo con una seriedad que sorprende a quien mira desde afuera. Quien nunca lo hizo, se ríe. El estudio viene a decir, con voz de paper, que la risa no alcanza para describir lo que ya está pasando.
El trabajo se hizo íntegramente con participantes de China continental, con todo lo que eso implica en términos culturales. El ideal de pareja, el modo de expresar afecto, el peso de la familia, todo eso juega distinto que en Argentina. Pero la foto no resulta tan ajena si se mira lo que pasa en cualquier tienda de aplicaciones local: proliferan los bots románticos, los “novios virtuales”, las compañeras de chat “siempre disponibles” y las suscripciones que prometen desbloquear más funciones, más intimidad, más “cercanía”.
San Valentín, versión 2026
San Valentín, en ese contexto, tiene algo de experimento social a cielo abierto. Mientras los restaurantes pelean por la última reserva para dos, hay personas que este 14 de febrero van a brindar solas en casa, con el celular sobre la mesa, esperando ese texto impecable de alguien que no existe fuera de un servidor. Para esa gente, el vínculo no es un chiste ni un juego de rol. Es la manera que encontró de no sentirse a la intemperie.
La nueva escala no dice si eso está bien o está mal. No sermonea, no baja línea. Hace otra cosa: toma ese amor raro, incómodo, difícil de admitir en voz alta, y lo convierte en números. Lo deja sobre la mesa para que otros lo discutan, lo cuestionen, lo sigan estudiando.
Mientras tanto, la imagen se repite: dos copas, un ramo, una pantalla encendida. No hay cuerpo del otro lado, pero hay palabras. Y, al menos para quienes contestaron que sí en ese cuestionario, a veces eso alcanza para llamar “amor” a algo que, hace apenas unos años, se habría archivado sin dudar en la carpeta de ciencia ficción.
Bonus track
Para quienes todavía prefieren que el “contigo” venga de una voz humana y cascada, suena Joaquín Sabina cantando “Contigo”.

