
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, Santiago Levin, presidente de la Asociación de Psiquiatras de América Latina y psicoanalista, manifiesta: “Considero que no es pérdida de entusiasmo, sino más bien que aparece la frustración. Hay una idea de que un año debe recibirse con la expectativa de lo nuevo y con el cuidado de lo no estrenado. Estamos hablando de un fenómeno predominantemente cultural porque no hay un reloj biológico que marque la llegada de un nuevo año. En verdad, nada cambia entre el 31 de diciembre y el 1 de enero: somos los mismos y el mundo es el mismo”.
Según plantea el especialista, el entusiasmo con el que se viven las primeras semanas de enero tiene que ver con la cultura occidental que exige una productividad constante. Así lo explica: “La cultura de la autoexplotación y del rendimiento extremo es la que nos impulsa, a veces disfrazada de una ingenua ‘planificación’, a armar metas que deben ser cumplidas como si se tratara de un compromiso o de una promesa hecha a uno mismo”
Por su parte, la psicóloga Miriam Bustamante añade ante la Agencia: “Esa idea del comienzo de actividades y proyectos novedosos implica que las personas manejen, de forma imaginaria, aquello que no pueden controlar: el futuro. Lo que sucede es que si ese plan inicial de metas es demasiado ilusorio, el entusiasmo se vuelve efímero y se desploma con facilidad”. Así, el comienzo de año genera una sensación de control sobre lo que está por venir que se traduce en un incentivo para hacer cambios. Sin embargo, al pasar el tiempo, esos estímulos comienzan a bajar, la rutina empieza a aparecer y, con ello, se presenta la frustración.
“Hay una presión para ser mejores que se manifiesta mucho en las publicidades. Por ejemplo, ‘llega el verano y es momento de renovar tu vestuario’ o ‘ya es tiempo de pensar en volver a pintar tu casa para iniciar un año nuevo totalmente renovado’. Esa presión es fuente de frustración. No se trata de si las metas son posibles o imposibles de cumplir, sino de que son artificiales para las personas y, en muchos, casos estimuladas por intereses comerciales”, plantea Levin.

