Carlos Castro analiza el film de Nicolás Prividera y dispara una pregunta potente: ¿sirve la memoria para tener un país más justo?

Por Carlos Castro*
Cuando el cine documental se vuelve una herramienta de introspección, el resultado puede ser bueno. Pero si ese ejercicio es atractivo y logra convertir la tragedia en un poderoso manifiesto narrativo, puede ser sublime. Y es lo que ocurre con “Adiós a la memoria”.
Prividera es un artista polémico: inorgánico estéticamente, iconoclasta en términos narrativos. Solo la búsqueda de la memoria (podríamos afirmar que es la línea vertebral de su obra), es lo que parece guiarlo por su exquisita incursión al mundo documental. Porque Prividera, como en “Las ruinas circulares” del Borges que cita y anhela en su film, construye la memoria emulando un laberinto que se vuelve un loop, y donde siempre, a pesar de tratarse de un rumeo agrio, hay algo nuevo para interpretar del presente.
En tiempos de fake news, trolls y posverdad, el trabajo de Adiós a la memoria se antoja como un ensayo donde la propia memoria se pone en cuestión. ¿Y qué pasa si con ella no alcanza para vivir mejor? ¿Sirve la memoria para tener un país más justo? No importa. Para Prividera, ejercitar la memoria, evocar, es quizás un acto reflejo, como levantarse, lavarse los dientes, desayunar y después comprar tomates en la verdulería. Pues la cuestión entonces no es conservar la memoria, sino crearla.
El dolor y el horror
En su film, Prividera nos muestra, no solo el dolor que paso su padre, sino cómo lo sintió él mismo, en tercera persona. El horror vivido en el seno de su familia por la desaparición forzada de su madre. A partir de allí, se describe la relación entre ese padre presente (aunque irónicamente ausente), y el hijo, colmado de pesadillas (“hasta que un día las pesadillas cesaron, acaso también los sueños”). Luego se convierte en un adolescente inflamado de silencio frente a una sociedad cínica. Y con los años, como de gusano a crisálida, transmuta ese dolor en un film épico, privado de adornos, artificios o maquillaje, cuando representa el pasado, o hace memoria de ese pasado.

Porque “El pasado nunca pasa, es solo una dimensión del presente”, dice William Faulkner, y allí reside la clave, ya que el film de Prividera (con su prosa mordaz y corrosiva, como flechas de preguntas retóricas) pareciera siempre interpelar más al presente que al pasado. Presente (digamos todo), que es un rumeo lisérgico del pasado, y volvemos al loop de la memoria. Entonces aparece la genialidad de transformar la desdicha familiar y personal en un poderoso espejo que destella alarmas hacia el presente, acaso también (y fundamentalmente), al futuro. ¿O no es su padre dominado por un alzheimer grotesco, la representación de la decadencia de la memoria?
Asistimos a un ajuste de cuentas entre un padre y un hijo atravesados por la ausencia y el tormento. Pero Prividera hijo sabe que esa relación se precipitó asimétrica, que su padre está perdido entre las tinieblas del olvido y lo siente en desventaja para llevar a cabo ese duelo invisible que sugiere permanentemente en su narración. Entonces, cual francotirador, gira su mira telescópica, carga balas empapadas de Antonio Gramsci, y dispara al hombre común (“L’Uomo Qualunque“), a la clase media, al medio pelo, al clasemediero pedorro y lo encierra en los límites de la mediocridad de su propio discurso.
“Odio a los indiferentes, porque me fastidia su excusa de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos y me siento en el derecho de ser inexorable en la obligación de no derrochar mi piedad, de no compartir con ellos mis lágrimas”. Suenan las municiones gramscianas en la voz de Prividera. Luego viene el tiro de gracia, ya con sus propias palabras: “Cien años después, aquí estamos, teniendo que volver a discutir el número de desaparecidos con los que ayer decían que estaban paseando por Europa. Una vez más ganados por el individualismo y la salvación del más fuerte”. Quien quiera oír que oiga, impúdicos abstenerse.
La memoria obstinada
Memoria e historia son diferentes, van en caminos apartados, pero se yuxtaponen cuando tienen que sistematizar el pasado para darle un sentido en el presente. Cuando esto sucede, y se expresa en el cine documental, la memoria recobra ese ingrediente de parcialidad subjetiva que, en última instancia, es la mayor conquista del género (si es que el documental lo es) de los últimos 50 años.

Como otros cineastas, Prividera no quiere ser historiador. Quizás solo quiere reconstruir su propia fatalidad, para darle un sentido a su existencia. Para dejar rastro de las contradicciones de este país complejo en el que le tocó nacer. Y para transitar ese infortunio, que es la gran escena de su vida, procede de las formas más audaces que puede dar la palabra y la imagen, en un dialogo continuo que, pareciera, nunca pierden el equilibrio. Incluso cuando el fantasma de su padre aparece derrotado en el sillón, sin saber siquiera quien fue la esposa a la que la dictadura militar desapareció. Paradojas e ironías de la memoria.

