¿Por qué la IA no reemplaza a los cuidadores de adultos mayores?

Monitoreo, alarmas y plataformas pueden aportar en la rutina, pero la contención emocional, la escucha y los lazos sociales no se automatizan.

La evidencia indica que sensores, apps y recordatorios sirven de apoyo diario, aunque la presencia, la empatía y la vida en comunidad siguen siendo clave. Créditos: Pexels.

Una alarma puede recordar una pastilla. Un sensor puede advertir una caída. Una aplicación puede ordenar documentos o facilitar una videollamada. Todo eso sirve. Todo eso puede ayudar. Pero hay una frontera que la tecnología todavía no cruza: no sabe detectar del todo cuándo el silencio de una persona mayor es cansancio y cuándo es tristeza; no sabe leer una mirada apagada como la lee alguien que cuida; no sabe, en serio, cuándo lo que falta no es un dato, sino compañía. Ahí termina la fantasía del reemplazo y empieza la realidad del cuidado.

En ese terreno, la inteligencia artificial puede aportar, pero no ocupar el centro. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, analizó una revisión publicada recientemente en PubMed, sobre tecnologías digitales en residencias y hogares de cuidado, que concluye que estas herramientas pueden facilitar conexiones humanas significativas, no reemplazarlas. El mismo trabajo remarca, además, que la aplicación de inteligencia artificial generativa en este campo sigue siendo una zona con escasa evidencia. Traducido al idioma de la vida cotidiana: hay apoyo posible, hay margen para mejorar tareas, pero no aparece en la literatura seria la escena en la que una máquina sustituye el trabajo humano de cuidar.

Ese diagnóstico se relaciona de manera directa con lo que plantea Silvia Polinelli, directora de la Tecnicatura de la Universidad Nacional de Quilmes, en diálogo con la Agencia. Desde su experiencia, hablar de tecnologías y personas mayores sólo tiene sentido si se las piensa como herramientas que potencian autonomía, participación y vínculos. Pueden ser valiosas las que facilitan la comunicación, mejoran la accesibilidad o ayudan a organizar la vida cotidiana. Pero exigen una mirada crítica aquellas que, con el pretexto de la seguridad, avanzan sobre la intimidad o transforman el cuidado en vigilancia.

“Hablar de tecnologías y las personas mayores es pensarlas desde la apertura a caminos que potencien su autonomía, su participación y sus vínculos, como las herramientas de comunicación, los apoyos para la accesibilidad o la organización en su vida cotidiana. Es importante que las mismas sean comprensibles, accesibles y elegidas por la propia persona”, dice Polinelli. Y agrega: “Pondría sí una mirada crítica a aquellas tecnologías que, con la idea de cuidado o seguridad, pueden vulnerar derechos, como lo son los sistemas de vigilancia permanente o la geolocalización impuesta, por ejemplo, que sin mediar consensos, se imponen como ‘cuidado’, pero lejos están de un enfoque de derechos”. En ese sentido, la clave no está en la tecnología en sí misma, sino en si amplía la capacidad de decidir y vivir con dignidad o si, por el contrario, limita la autonomía y reemplaza el vínculo humano.

Las herramientas digitales pueden ordenar rutinas y aliviar tareas. Crédito: Anna Shvets.
Las herramientas digitales pueden ordenar rutinas y aliviar tareas. Crédito: Anna Shvets.

La especialista insiste en que hoy un profesional del cuidado no necesita sólo vocación o experiencia práctica. Necesita, además, incorporar herramientas digitales de manera crítica y desde un enfoque de derechos humanos. No para imponer pantallas, sino para acompañar usos accesibles que fortalezcan la comunicación, la organización de la vida cotidiana y el acceso a derechos. “Es importante incorporar nuevos saberes y sumar herramientas digitales, pero con el compromiso de integrarlas críticamente desde un enfoque de derechos humanos, poniendo siempre en el centro a la persona mayor como sujeto de su propia historia y de la toma de sus propias decisiones”.

Según explica, esto implica, por un lado, acompañar el uso de tecnologías de manera accesible, ayudando a que puedan fortalecer la comunicación, la organización de la vida cotidiana y el acceso a derechos, sin imponerlas ni generar nuevas exclusiones. Por otro, requiere leer las situaciones de soledad, aislamiento o pérdida de autonomía en su complejidad, entendiendo que no se resuelven solo con dispositivos, sino con la reconstrucción de redes, vínculos y espacios de participación. No hay app que reemplace una red. No hay algoritmo que sustituya la escucha. En ese nuevo escenario, el desafío no es elegir entre lo tecnológico y lo humano, sino evitar que lo tecnológico termine devorándose lo humano.

Urgencias de cuidado

Hay una trampa bastante extendida en este debate: reducir el cuidado a lo sanitario o asistencial. Dar medicación, ayudar con la higiene, acompañar la movilidad, claro que importa. Pero si el cuidado termina ahí, queda mutilado. Porque una persona mayor no es sólo alguien que necesita ayuda física. Es alguien que necesita también vínculos, participación, conversación, pertenencia y motivos para salir de sí y seguir formando parte del mundo.

Polinelli lo plantea con claridad: cuando la soledad se naturaliza, el cuidado se empobrece y corre el riesgo de volverse meramente asistencial, incluso más aislante. Mirado así, combatir la desconexión social no es un detalle simpático: es una parte central del cuidado mismo.

Con todo, la pregunta no debería ser si la inteligencia artificial “sirve” o “no sirve”, como si todo dependiera de ponerse a favor o en contra del progreso. La pregunta importante es otra: para qué sirve, hasta dónde sirve y qué no puede hacer. La literatura científica, por ahora, da una respuesta sobria y contundente. La IA puede ayudar a monitorear, recordar, organizar, acompañar ciertas tareas e incluso aliviar parte de la sobrecarga de quienes cuidan. Pero no reemplaza la presencia, no reemplaza el juicio humano, no reemplaza la empatía y no reemplaza el trabajo de reconstruir lazos cuando la soledad empieza a vaciar una vida. Todo lo demás podrá ser innovación. Cuidar, en cambio, sigue siendo profundamente humano.


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