
“El hecho de no poder controlar la prohibición de los cigarrillos electrónicos y los vapeadores no justifica su legalización. De hecho, el Reino Unido acaba de prohibir no solo el cigarrillo electrónico, sino el cigarrillo tradicional para llegar a lo que se llama ‘endgame’, o final de juego, y que el consumo de tabaco sea muy bajo para 2030”, cuenta la neumonóloga Cristina Borrajo, en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes.
De hecho, pese a la prohibición que pesaba sobre cigarrillos electrónicos y vapeadores, su uso es creciente en la población, incluso estudiantes de escuelas secundarias. A diferencia del cigarrillo tradicional, estos tienen un atractivo más para los potenciales consumidores: los sabores. Según la OMS, existen alrededor de 16 mil sabores distintos, que están diseñados para atraer a población más joven. Mientras el estudio del Sedronar publicado en abril 2026 señala que “constituye un aspecto de preocupación para la salud pública”, el gobierno los legaliza unas semanas después.
Para justificar la medida, desde la ANMAT explicaron que los esquemas de prohibición absoluta “pueden favorecer la circulación de productos informales o ilícitos sin control sanitario”. Por eso, junto al ministerio de Salud emplearán un enfoque regulatorio “basado en la evaluación y gestión del riesgo” e implementarán un control sanitario “más activo y eficaz”, bajo el principio de protección de la salud pública y la prevención de la iniciación en el consumo.
No obstante, la derogación de los decretos vigentes para legalizar los cigarrillos electrónicos y los vapeadores habilita diferentes conclusiones. En primer lugar, que el gobierno nacional no tuvo la capacidad necesaria para sostener la prohibición, ya que cada vez es más frecuente el uso de estos dispositivos. A su vez, tras la salida de la Organización Mundial de la Salud, Argentina vuelve a ir a contramano del mundo en materia sanitaria.
Mientras los países van camino a la prohibición para cuidar a sus ciudadanos, en especial a los más jóvenes, Argentina apunta a regular. En este aspecto, algunas de las reglamentaciones dispuestas por el ministerio de Salud giran en torno a la concentración de nicotina (menor a 20 mg/ml), la ausencia de ingredientes tóxicos (con excepción de la nicotina), la prohibición de los resaltadores de sabor y los aromatizantes (sólo se autoriza el que simula al tabaco), y los estimulantes asociados con la energía.
En un contexto de ajuste y achicamiento del Estado, donde cada vez más funciones son desreguladas o dejadas en manos del sector privado, la pregunta es de qué manera se implementará el control sanitario y las campañas de prevención.
Diferente forma, mismo efecto
En un principio, la aparición de estos dispositivos estuvo vinculada a opciones más saludables e inocentes, casi lúdicas, en el proceso para abandonar el cigarrillo tradicional. A pesar de ello, con el correr de los años se demostró que los cigarrillos electrónicos y los vapeadores también tienen consecuencias negativas para la salud.
“A nivel individual, ninguna de esas alternativas reducen el daño, ya que contienen sustancias tóxicas que irritan y dañan los pulmones. En este aspecto, no solo pueden causar enfermedades respiratorias agudas, como neumonitis o bronquitis, sino que empeoran enfermedades preexistentes, como el asma o la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica. De esta manera, incluso en personas jóvenes, afectan al corazón y los pulmones”, detalla Borrajo, expresidenta de la Asociación Argentina de Medicina Respiratoria.
Y continúa: “A nivel colectivo, se instala la idea falsa de que ‘no hacen daño’ y facilitan su consumo. Con diferentes sabores, colores y marketing, estos productos están especialmente diseñados para atraer a niños, niñas y adolescentes. También, generan adicción temprana a la nicotina, lo que afecta al desarrollo, aumenta el riesgo de dependencia a largo plazo, y posibilita el paso al cigarrillo común”.

