Dietas religiosas: ¿qué revela la ciencia sobre la comida en fechas sagradas?

Un recorrido por reglas, utensilios, ayunos y excepciones que atraviesan religiones. El mapa de lo permitido y lo prohibido en el plato.

Las elecciones alimentarias comunican pertenencia, valores y fronteras culturales. Crédito: David Foodphototasty.
Las elecciones alimentarias comunican pertenencia, valores y fronteras culturales. Crédito: David Foodphototasty.

Semana Santa es ese momento del año en que una regla religiosa se vuelve un hecho policial en la góndola. Llega el Viernes Santo y, sin necesidad de catecismo, medio país entiende el mensaje: hoy, carne no. La tradición católica lo define con precisión: el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo son días obligatorios de ayuno y abstinencia, y los viernes de Cuaresma también obligan a la abstinencia. Y el detalle que explica por qué el pescado se vuelve protagonista es bien terrenal: para esta norma, “carne” refiere a animales que viven en tierra y también a las aves. El menú cambia, el ritual aparece y la mesa se vuelve calendario.

Esa escena —la góndola de pescado convertida en altar y la parrilla haciendo silencio— sirve como disparador para entender algo más grande: en muchas religiones, comer es una forma de creer con la boca. A veces es ayuno. A veces son prohibiciones finitas y claras. A veces es una cocina entera organizada por reglas. Pero el mecanismo es el mismo: lo que se come (y lo que no) marca identidad, memoria y pertenencia.

Cómo la fe ordena el plato

El islam es una de las grandes religiones monoteístas del mundo y se basa en la creencia en un único Dios, Alá. Dentro de esa tradición, la vida cotidiana, incluida la alimentación, está guiada por normas religiosas. Por eso aparecen dos conceptos clave: halal, que nombra lo que está permitido, y haram, que señala lo que está prohibido. En términos de comida, uno de los casos más conocidos de lo haram es la carne de cerdo, y también el alcohol.

En ese marco, el Ramadán, que es el mes sagrado del calendario islámico, introduce además otra regla central: durante esas semanas, las personas musulmanas adultas ayunan desde el amanecer hasta la puesta del sol. Eso significa que, durante el día, no comen ni beben, y que las comidas se realizan por la noche. Así, la alimentación en el islam no solo define qué se puede consumir, sino también, en momentos específicos como el Ramadán, en qué horarios se come, reorganizando la rutina diaria, la vida familiar y los encuentros de la comunidad.

En el judaísmo, otra de las religiones basadas en la creencia en un único Dios, la alimentación también está regulada por normas religiosas. Ese conjunto de reglas se conoce como kashrut, y sirve para definir qué alimentos son aptos para el consumo según la tradición judía y cuáles no. Pero la kashrut no se limita a decir qué se puede comer: también ordena cómo se prepara y se sirve la comida. Una de sus reglas más conocidas es la separación entre carne y lácteos.

Eso implica que no solo no deben consumirse juntos, sino que además deben cocinarse y manipularse por separado. Por esa razón, en muchos hogares judíos se usan platos, cubiertos, ollas y utensilios distintos para cada tipo de alimento. Es una práctica profundamente cotidiana: no depende de un ritual en un templo, sino que se expresa en la organización misma de la cocina, en los cajones, en la vajilla y en cada comida.

En muchas tradiciones religiosas, el plato no solo alimenta: también habla. Crédito: Cemrecan Yurtman.
En muchas tradiciones religiosas, el plato no solo alimenta: también habla. Crédito: Cemrecan Yurtman.

En el budismo, una tradición espiritual y filosófica nacida en Asia que pone el foco en la conducta, la meditación y la búsqueda de una vida más consciente, no existe una única regla alimentaria válida para todas las personas. Por eso, la idea rápida de que “los budistas son vegetarianos” no siempre es correcta: hay distintas corrientes, escuelas y formas de práctica. Aun así, en algunas tradiciones la comida sí ocupa un lugar central como parte de la disciplina espiritual.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un estudio, publicado en PubMed, que describe la dieta budista coreana como caracterizada por evitar alimentos de origen animal (con excepción de lácteos en algunos casos), evitar las “cinco verduras pungentes” (familia del ajo y ciertas cebollas) y evitar alcohol, entre otras pautas.

En el hinduismo, una de las religiones más antiguas del mundo y también una de las más diversas, la comida no se vive solo como una cuestión de gusto o costumbre, sino también como parte de una visión espiritual de la vida. Dentro de muchas tradiciones hindúes, la vaca ocupa un lugar sagrado, asociado al respeto, el cuidado y la idea de no dañar a los seres vivos. Por eso, en amplios sectores del hinduismo, comer carne vacuna está mal visto o directamente prohibido, y esa valoración también impulsa prácticas vegetarianas. De todos modos, no existe una única regla para todas las personas hinduistas: como se trata de una religión muy diversa, las costumbres alimentarias pueden cambiar según la región, la familia, la corriente religiosa o la tradición cultural.

Lo que dice la ciencia

Suele repetirse una explicación simplificada: que estas reglas nacieron por una cuestión de higiene, como si las prohibiciones alimentarias hubieran surgido, ante todo, para evitar enfermedades. La idea parece razonable, pero no siempre resiste demasiado análisis. Un trabajo publicado en Science Direct, consultado por la Agencia, analizó datos de 311 grupos religiosos en 78 culturas y encontró que la existencia o la cantidad de tabúes alimentarios no guarda relación con la presencia de patógenos. Dicho de otro modo: muchas de estas prohibiciones no se explican por los microbios, sino por factores culturales, simbólicos y sociales.

Incluso cuando una religión involucra de lleno al cuerpo —con ayunos, horarios específicos y restricciones para comer o beber— la biología también interviene, aunque de una forma mucho más compleja de lo que suelen sugerir las explicaciones rápidas. En el caso del Ramadán, como se refirió antes, las personas musulmanas adultas ayunan desde el amanecer hasta la puesta del sol, por lo que no comen ni beben durante el día y recién lo hacen por la noche. Ese cambio fuerte en la rutina puede influir en el organismo. Un estudio publicado en PLOS One, que hizo un metaanálisis sobre el Ramadán y el perfil lipídico, detectó cambios promedio en el HDL, el LDL y el colesterol total, aunque con diferencias importantes entre los trabajos analizados. La conclusión más sensata es que no existe un efecto único y automático: todo depende de cómo se atraviesa el ayuno, es decir, del sueño, la hidratación, la calidad de las comidas nocturnas y el nivel de actividad física.

Con todo, Semana Santa no es de todas las religiones. Es cristiana. Pero cada año ofrece una escena perfecta para entender algo universal: cuando la fe entra al plato, no cambia sólo la dieta, cambia la identidad. Durante unos días, el país entero roza una experiencia que muchas comunidades sostienen todo el año. Porque la comida nunca habla sólo de comida. Habla de creencias, de pertenencia y, en el fondo, de quién es cada uno.


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