¿Por qué debería importarnos a todos y todas el desfinanciamiento de la universidad pública?

Además de formar profesionales, estas instituciones son espacios de encuentro, contención y movilidad social para millones de estudiantes del país.

Créditos: Urgente 24.
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Las universidades públicas son mucho más que un lugar al que se va a estudiar. Son aulas llenas a las siete de la mañana, mates compartidos durante las clases, adultos que se animan a empezar de nuevo, jóvenes que sueñan con ser los primeros profesionales de sus familias y jubilados que, después de toda una vida, todavía quieren seguir aprendiendo. Sin embargo, no siempre las miramos de este modo. Este martes 12 de mayo, las más de 60 casas de estudio de todo el país convocan a una marcha que promete ser multitudinaria bajo la consigna “Cumplan la Ley”. Las razones sobran. El gobierno de Javier Milei continúa sin ejecutar la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada dos veces por el Congreso, mientras la crisis se profundiza puertas adentro: el 80 por ciento de los profesores cobra por debajo de la línea de pobreza y 10 mil docentes ya abandonaron las aulas. Los estudiantes, por su parte, intentan sostener el ritmo de cursada, participan de acciones para visibilizar el reclamo y, en muchos casos, trabajan en paralelo para llegar a fin de mes. En medio de ese escenario, una pregunta queda en el aire: ¿por qué debería importarnos a todos y a todas el desfinanciamiento de la universidad pública, y no sólo a quienes la habitamos?

En términos concretos, la universidad pública es un espacio donde se va a estudiar con la ilusión de tener una realidad mejor en el futuro. Están quienes siguen carreras que soñaron desde siempre, quienes eligen otras porque “es lo que se viene” y quienes prueban suerte con alguna que les parecía más o menos interesante y terminaron quedándose. Pero, en el camino, el estudio es apenas una parte de todo lo que sucede en la vida universitaria. Quizás, lo más importante pase por otro lado: el sentido de pertenencia que generan estas instituciones.

Gracias a la cantidad de universidades que se crearon por el impulso de gobiernos previos, los alumnos ya no tuvieron que viajar dos o tres horas para estudiar una carrera, sino que se volvió posible hacerlo en las instituciones cercanas a sus barrios. Allí, conocen compañeros nuevos, hacen amistades, aprenden de las distintas realidades y cultivan el pensamiento crítico sobre la cotidianeidad que habitan. Prácticamente, lo que sucede es el famoso “salir de la caja”. Se amplían los horizontes del conocimiento.

Hay estudiantes que impulsan proyectos junto a sus profesores para poner en práctica lo aprendido. Otros sueñan con ser docentes en esas mismas casas de estudio que los formaron. También, están quienes pasan por sus aulas y luego desarrollan su vida profesional en otro lado. Y están además los que aseguran que la universidad “los salvó”.

Sin ir más lejos, las casas de estudio no solamente reciben a los pibes y pibas que acaban de terminar el secundario, si no que es usual encontrarse también con adultos que tienen hijos y que decidieron darse la oportunidad de estudiar. O, inclusive, jubilados que ahora que tienen “un tiempo libre” quieren aprender y socializar. De hecho, cuando cursaba mi carrera de grado, recuerdo a una compañera que tenía noventa y pico. Nos contaba que tenía que rendir las materias durante los parciales ya que, si llegaba a la instancia del integrador (donde se evalúan todos los contenidos del cuatrimestre), ella necesitaba volver a recursar porque ya no podía contener tanta información junta. De todas maneras, decía, “era feliz estando en la universidad con gente joven”.

También, muchos vecinos visitan estas instituciones para poder almorzar en sus comedores a precios más accesibles, poder leer gratis un libro de la biblioteca o imprimir material en los centros de copiado. Es decir, la universidad pública es un espacio de estudio, pero también de encuentro, debate y contención de la sociedad. Y no solo eso, su aporte va mucho más allá de la formación profesional.

Sostienen hospitales de referencia, como el Hospital de Clínicas “José de San Martín”, de la Universidad de Buenos Aires, o el Hospital de Maternidad y Neonatología de la Universidad Nacional de Córdoba. En las casas de estudio, se investiga, se produce conocimiento y se produce un vínculo muy singular con el territorio en el que están asentadas. Por ejemplo, desde 2002, la Universidad Nacional de Quilmes produce Supersopa, un alimento altamente nutritivo que abastece a comedores comunitarios y escolares de distintas regiones del país y del mundo, como África o zonas atravesadas por conflictos armados. El conocimiento científico también se aplica a avances que impactan directamente en la vida cotidiana: la ARVAC Cecilia Grierson, la primera vacuna argentina de la historia y la primera en Sudamérica contra el SARS-CoV-2, fue impulsada por la Universidad Nacional de San Martín.

En definitiva, las más de 60 universidades públicas del país son espacios de socialización, refugio, estudio y cuidado de la sociedad. Son lugares para habitar e imaginar que otra realidad mejor es posible. Y quizás por eso este 12 de mayo tengamos que estar todos y todas en la marcha para defenderla antes que sea demasiado tarde.


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