A 50 años del golpe: ¿Por qué 30.000 es un símbolo de memoria y acción política?

Mauro Rosal, miembro del Observatorio de prácticas públicas de historia y filosofía de la UNQ, reflexiona a medio siglo de la última dictadura.

Créditos: SUTEBA.

Hay discusiones que, lamentablemente, siguen en pie. Bajo una presunta reivindicación de la verdad, vuelven a la arena pública afirmaciones que, de algún modo, se creían superadas. Nuevamente, y a cinco décadas del inicio de la última dictadura cívico-militar-eclesiástica, reaparecen la teoría de los dos demonios, la defensa al uso del poder violento del Estado sobre la población civil, la duda sobre la cantidad de desaparecidos. Nada de esto parece casual.

A pesar de años de gobiernos progresistas latinoamericanos, el mundo cambió y parece una foto color sepia. Muchas de las principales potencias, y otras que están lejos de eso, son administradas por partidos que, en lo político, coquetean con el fascismo y, en lo económico, son plena expresión del neoliberalismo. Pareciera que el mundo asiste a un revival aggiornado. En varias oportunidades, Mark Fisher sostuvo que el plan de los 70 era mucho más que una toma de poder político.

Hoy, bajo la potencia de las nuevas tecnologías, la disolución de las opciones de salidas colectivas, la exacerbación de lo individual, la construcción del enemigo en el par, el sistema socio-económico nacido aquellos días, fluyen como un río caudaloso. Tras dos períodos de impasse, en la segunda mitad de los 80 y en el comienzo de este siglo, la fase más agresiva del capitalismo sigue aquí.

Aunque esto sea evidente, siempre es bueno recordar que revisitar la historia es un modo de abrir sentidos en el presente. Esa fue la estrategia que el filósofo argelino Jacques Derrida llevó adelante en la década del 90. Solo unos años después de la caída del muro de Berlín, fue invitado a un congreso en el que se discutía el futuro del marxismo. Allí irrumpió con dos conferencias que se publicarían posteriormente en formato de libro y que asentarían uno de sus conceptos claves: la espectralidad.

Así como en el Manifiesto del partido comunista se afirmaba que un fantasma recorría Europa, en el presente de las conferencias, aun cuando el comunismo como sistema político parecía acabado, la potencia subversiva del pensamiento de Marx asediaba las nuevas ideas. Esta lógica muestra cómo el presente siempre se encuentra desencajado, es decir, cómo la contemporaneidad se halla dislocada. El espectro impide la clausura del tiempo actual, en tanto que siempre da lugar a una herencia crítica que no puede ser ni sellada ni sedimentada.

Quizás, en una de las declaraciones más repudiables y violentas de Videla, aquella en la que el dictador decía algo así como “no están vivos, ni están muertos, son desaparecidos…” también se estaba anunciando a sí mismo, sin saberlo, parte del fracaso que lo sobreviviría. Los 30.000 desaparecidos, y la cifra no es objeto de discusión, son también y de alguna forma, bajo la lógica derrideana, 30.000 espectros para una comunidad. El paso del tiempo puede hacer que las nuevas generaciones encuentren lejanos a los nombres propios y las historias singulares, pero la memoria colectiva mantiene viva la posición política por la que fueron asesinados.

La herida nunca se cerrará. El duelo es imposible porque el otro nunca puede ser reapropiado sin borrarlo, más allá de las pretensiones de algunos discursos actuales. La marca de una distancia y de un juego de diferencias impiden el sueño neoliberal de la desaparición plena. La deuda con el pasado siempre estará abierta. Los desaparecidos nunca dejarán de mirarnos; bajo el efecto visera, son parte del norte para que la subversión del pensamiento local tenga su condición de posibilidad. Siempre, frente a un orden establecido que busca romper todos los lazos comunitarios, pretendiendo borrar el “nosotros” y dar rienda suelta al “yo” como única opción.


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