
La culpa no se reparte de manera pareja. Frente a una misma situación, algunas personas pueden quedar atrapadas durante días en lo que hicieron, dijeron o dejaron de hacer. Otras reconocen el error, lo justifican o simplemente siguen adelante. Esa diferencia, que parece moral, es también psicológica. ¿Por qué algunas personas sienten culpa con tanta intensidad y otras apenas parecen registrarla?
La ciencia empieza a encontrar respuestas. Y son bastante más complejas que dividir el mundo entre quienes tienen conciencia y quienes no. La forma de interpretar una acción, el grado de responsabilidad que cada persona se atribuye, ciertos rasgos de personalidad y hasta cuánto sabe sobre las consecuencias de sus decisiones pueden cambiar por completo la manera en que aparece el remordimiento.
Tres investigaciones recientes muestran que la culpa depende de una combinación bastante más compleja: cuánto responsable se considera alguien de lo sucedido, cómo interpreta las consecuencias de sus actos, ciertos rasgos de personalidad y hasta cuánto está dispuesto a saber sobre el daño que provoca.
En un trabajo, publicado recientemente en el Journal of Experimental Social Psychology, y analizado por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, las investigadoras realizaron cuatro experimentos con 1.757 personas para analizar qué ocurre cuando alguien es excluido de un grupo. El resultado tiene una clave interesante: no toda exclusión produce la misma reacción.
Cuando los participantes entendían que habían quedado afuera porque habían violado una norma, podían haber actuado de otra manera y consideraban que el rechazo era, de algún modo, merecido, aumentaban la culpa, la vergüenza y el enojo contra ellos mismos. Cuando la causa escapaba de su control, esas emociones no aparecían con la misma intensidad. Es decir, para sentirse culpable no alcanza con que algo malo ocurra. Hay que pensar: “Esto pasó por mí”.
Cuando la codicia entra en escena
Otra investigación aporta una pieza menos amable. Científicos estudiaron qué relación existe entre la culpa y la llamada codicia disposicional: la tendencia persistente a querer más y sentirse insatisfecho con lo que ya se tiene. En un primer estudio con 397 personas encontraron que quienes tenían niveles más altos de ese rasgo mostraban menor predisposición a sentir culpa. Después repitieron el análisis con otros 550 participantes y hallaron que los más codiciosos anticipaban menos culpa y vergüenza después de cometer una transgresión moral.
Pero hubo algo todavía más curioso. Los participantes con mayor codicia anticipaban menos arrepentimiento por transgredir una norma y más arrepentimiento si decidían no hacerlo, posiblemente porque perdían el beneficio que podían obtener. Incluso esperaban sentir más emociones positivas, como satisfacción, después de la transgresión. Eso no significa que una persona ambiciosa carezca de conciencia ni que la codicia produzca automáticamente conductas inmorales. El estudio encuentra asociaciones, no una sentencia sobre la personalidad. Pero ayuda a entender por qué el mismo comportamiento puede provocar una tormenta moral en una persona y apenas una llovizna en otra.
La tercera investigación llevó el problema mucho más lejos. Los especialistas estudiaron a 7.978 personas de 20 países para determinar qué empuja más a comportarse de manera solidaria: la culpa interna o la preocupación por lo que los demás puedan pensar. Utilizaron juegos donde cada participante podía tomar decisiones que lo beneficiaban a él o también ayudaban a otra persona.
Y apareció algo interesante: cuando la gente conocía las consecuencias negativas que su decisión podía causar en otro, aumentaban las elecciones prosociales. Sin embargo, cuando tenía la posibilidad de no enterarse, muchas personas preferían esa alternativa. Los científicos lo llaman wilful ignorance: ignorancia deliberada. No mirar también puede ser una estrategia. Si una persona no sabe exactamente cuánto perjudica a otro, dispone de una coartada psicológica bastante conveniente: puede beneficiarse sin enfrentarse de lleno con las consecuencias.
Incluso hubo otro dato inesperado. Permitir que desconocidos observaran las decisiones tuvo un efecto mínimo. Lo que modificaba el comportamiento no era tanto el miedo a quedar mal frente a los demás, sino conocer el daño provocado y tener que convivir con esa información.
Los tres trabajos cuentan, en el fondo, una misma historia. La culpa no aparece automáticamente después de hacer algo incorrecto. Antes ocurre otra cosa: una persona interpreta lo sucedido, calcula su responsabilidad y decide —consciente o inconscientemente— cuánto quiere saber sobre sus consecuencias.
Ahí es donde la emoción muestra su doble cara. En exceso puede atormentar, pero en una dosis razonable cumple una función bastante menos antipática de lo que parece: obliga a revisar una conducta, reconocer el daño y, eventualmente, repararlo. Por eso, quizá el verdadero problema no sea sentir culpa, sino encontrar la manera de evitarla. Y para eso, ni siquiera hace falta dejar de tener conciencia: a veces alcanza con no mirar, no preguntar o elegir no saber. Después de todo, no saber también puede ser una decisión.

