11 F: mujeres que hacen ciencia en un sistema que aún no las reconoce del todo

En Argentina, si bien las investigadoras son más que los investigadores, solo una minoría alcanza los cargos de decisión. Cuatro científicas de la UNQ cuentan brechas y desafíos.

Curiosidad en foco: dos niñas hacen sus primeras pruebas en el laboratorio escolar, símbolo del 11 F y de las vocaciones científicas que todavía falta multiplicar. Créditos: Juntos.org.

Cada 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia obliga a mirar dos planos a la vez: por un lado, el de los laboratorios y las aulas, y por otro, el de los números que muestran quién llega —y quién no— a los lugares de poder. En Argentina, de acuerdo con el diagnóstico sobre mujeres en ciencia y tecnología del exministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, las mujeres representan alrededor del 53 por ciento del personal de investigación y cerca del 60 por ciento de quienes tienen becas de investigación. Pero los mismos informes marcan una paradoja: a medida que se sube en la escala de poder, la presencia femenina se achica en forma abrupta. Solo 3 de cada 10 puestos directivos en organismos de ciencia y tecnología están ocupados por mujeres.

Esa combinación de mayoría numérica y minoría de poder es la contradicción que atraviesa hoy al sistema científico argentino. Las mujeres sostienen laboratorios, dirigen equipos y llenan las aulas de posgrado, pero siguen quedando al margen cuando se reparten presupuestos, se fijan agendas de investigación y se decide quién conduce los organismos. En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, cuatro referentes de la Universidad Nacional de Quilmes cuentan cómo se produce conocimiento hoy, qué brechas persisten y qué desafíos quedan abiertos para las próximas generaciones.

Ciencia de trinchera en contexto de ajuste

En uno de los edificios de la Universidad, Georgina Cardama, secretaria de Innovación y Transferencia Tecnológica de la UNQ e investigadora en oncología experimental, resume el día a día de esa ciencia que se hace con recursos al límite. “Mi formación científica se centra en la oncología experimental, donde evaluamos diferentes aspectos de la biología tumoral con el objetivo de avanzar con nuevas opciones terapéuticas”, explica. Trabaja con herramientas computacionales, modelos in vitro con líneas celulares y modelos in vivo en etapa preclínica, antes de llegar a los pacientes. Pero enseguida aparece el contexto: según advierte, “con una falta sensible en el financiamiento en el sector científico, las disciplinas vinculadas al trabajo en mesada como en la que me desempeño se vuelven muy difíciles”.

Georgina Cardama, secretaria de Innovación y Transferencia Tecnológica, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.
Georgina Cardama, secretaria de Innovación y Transferencia Tecnológica, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.

En otro edificio, Patricia Gutti, doctora en Economía y directora del Departamento de Economía y Administración, elige una definición que baja la discusión a tierra. “Hacer ciencia hoy no es solo publicar un paper o correr un modelo de datos; es un acto de soberanía”, sostiene. Para ella, investigar en economía y gestión significa decodificar la complejidad de los territorios, identificar obstáculos y desafíos urgentes mientras el mundo avanza hacia la automatización. Y lo hace en condiciones que describe sin eufemismos: “En el contexto actual hacer ciencia es una tensión permanente y un ejercicio de resistencia. Podríamos decir que hacemos ‘ciencia de trinchera’: producimos conocimiento a pesar de un Estado que parece haber decidido que no nos necesita”.

Las ciencias sociales, por su parte, se volvieron más visibles a partir de la pandemia. Alejandra Rodríguez, directora del Departamento de Ciencias Sociales, lo recuerda así: “Las ciencias sociales se volvieron visibles para muchas personas durante la pandemia, cuando quedó claro que una política sanitaria no depende únicamente de laboratorios, dosis y cadenas de frío. También depende de algo menos tangible y, a la vez, decisivo: confianza, comunicación, memorias colectivas, desigualdad y conflictos”. Para ella, el “laboratorio” de las ciencias sociales es una sociedad que cambia mientras se la estudia. Hacer ciencia social, dice, exige tomar distancia del sentido común, convertir lo cotidiano en problema y someterlo a evidencia, comparación y crítica.

Alejandra Rodríguez, directora del Departamento de Ciencias Sociales, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.
Alejandra Rodríguez, directora del Departamento de Ciencias Sociales, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.

Incluso el arte entra en esta cartografía. Lía Gómez, coordinadora del Programa de Cultura, plantea que “hacer ciencia desde el arte y la cultura significa experimentar, desde distintos lenguajes y formas estético-narrativas, las maneras de comunicar la ciencia y de construir imaginarios y sensibilidades sobre el campo científico”. Recuerda que prácticas como la fotografía nacieron de experimentos científicos sobre la luz y la imagen, y que las experiencias sonoras, visuales o escénicas también producen conocimiento sobre cómo se vinculan los cuerpos con las tecnologías.

Mientras estos equipos sostienen proyectos con creatividad y presupuesto ajustado, los datos marcan otra capa del problema: la desigualdad no empieza arriba de todo, sino mucho antes. En Argentina, las mujeres son mayoría en el sistema universitario, pero apenas representan alrededor del 34 por ciento del estudiantado de carreras STEM (es decir, carreras de Ciencia, Tecnología, Ingeniería, y Matemáticas) y cerca del 17 por ciento de quienes cursan programación, según datos de UNICEF Argentina y de la organización Chicas en Tecnología. Es decir: aunque el sistema científico luce femenino en el promedio, la entrada de mujeres a las disciplinas tecnológicas sigue siendo muy baja.

Penalización por maternar

Gutti propone mirar otra variable, menos habitual en los informes clásicos: el tiempo. Sostiene que, para entender la desigualdad, habría que contabilizar cuántas horas se pierden en traslados y tareas de cuidado según el barrio y el género. “En Argentina, la desigualdad no es solo cuánto ganás, sino cuánto de tu vida se va en logística para realizar las actividades básicas”, señala. No es solo un problema doméstico: si el día de una persona tiene menos horas disponibles, las oportunidades de formación, innovación y calidad de vida se vuelven un privilegio.

Patricia Gutti, directora del Departamento de Economía y Administración, UNQ. Crédito: UNQTV.
Patricia Gutti, directora del Departamento de Economía y Administración, UNQ. Crédito: UNQTV.

En el sistema de ciencia y tecnología, esa lógica se traduce en lo que Rodríguez llama “penalización por maternar”. No se refiere solo al dilema maternidad versus carrera, sino al conjunto de desventajas que se acumulan cuando una mujer tiene hijas o hijos: interrupciones en la trayectoria, menor productividad medida en papers, pérdida de oportunidades de financiamiento o ascenso. Describe trayectorias con “escaleras rotas”, marcadas por discontinuidades y una distribución desigual de las tareas de cuidado. Y advierte que, sin reglas y evaluaciones sensibles a esa realidad, el talento femenino se sigue filtrando por las grietas del sistema.

Los números oficiales respaldan ese diagnóstico. Aunque la mayoría del personal investigador en el país son mujeres —cerca de 6 de cada 10, según el propio Ministerio de Ciencia—, solo 3 de cada 10 puestos directivos en organismos de ciencia y tecnología están ocupados por ellas, y su presencia se reduce aún más en las áreas de ingeniería y tecnología. Un estudio sobre la carrera dentro de Conicet muestra que las investigadoras tienden a postularse más tarde que sus pares varones a las promociones tempranas, lo que impacta en la velocidad con la que llegan a las categorías más altas. Es el clásico “efecto tijera”: hay paridad o mayoría femenina en los escalones iniciales, pero la curva se invierte a medida que sube la jerarquía.

Gutti suma otra brecha silenciosa: el financiamiento. Plantea que habría que mirar cuántos proyectos de base tecnológica, en el campo de la I+D+i, están liderados por mujeres. En su experiencia, el embudo se cierra “brutalmente” cuando se trata de gestionar fondos de innovación. Lo sintetiza con una imagen nítida: “Si las mujeres no lideramos los presupuestos ni decidimos qué innovaciones se financian, el futuro se diseña con un solo ojo”.

Políticas, cuidados y techos de cristal

Frente a este escenario, las cuatro coinciden en que el desafío no es solo sumar nombres de mujeres a planillas, sino cambiar reglas del juego. Rodríguez insiste en la necesidad de un principio robusto de corresponsabilidad social de los cuidados entre familias, Estado e instituciones, acompañado de licencias, oferta pública de cuidados y criterios de evaluación capaces de reconocer interrupciones de carrera vinculadas a la maternidad. Gutti reclama políticas que protejan a las universidades públicas del “vaciamiento” presupuestario, porque sin equipos estables y condiciones dignas, la famosa soberanía científica queda en eslogan. Cardama advierte que la falta de insumos y financiamiento no solo frena papers: también retrasa, en la práctica, la llegada de nuevos tratamientos a los pacientes.

El 11F, sin embargo, no se agota en diagnósticos. También es una fecha para hablar con las niñas que hoy dudan si “la ciencia es para ellas”. Cardama elige un mensaje simple: “Es importante ser curiosa y saber que es posible trabajar de lo que a una le gusta. Animarse a hacer ciencia permite ir a trabajar todos los días y aprender algo nuevo. Es realmente fascinante”. Gutti propone no romantizar el contexto, pero subrayar la potencia transformadora del conocimiento: “La ciencia es la herramienta más poderosa que tenemos para transformar la realidad que hoy nos parece ajena. No dejes que el ajuste de hoy te robe el derecho a preguntar y a descubrir”, dice cuando piensa en una chica de 12 años que la esté escuchando.

Rodríguez, desde las ciencias sociales, pone el eje en la capacidad de preguntar: “La curiosidad y la inteligencia no tienen género”, insiste. Y recuerda que la ciencia no es un club cerrado ni una prueba de perfección, sino una aventura colectiva hecha de aprendizaje, errores y preguntas cada vez mejores. Gómez, por su parte, lleva la conversación al terreno del juego: para ella, en el fondo de la práctica científica y de la práctica artística late lo mismo, la posibilidad de “conocer, encontrar y generar nuevos mundos” a partir de la curiosidad.

  Lía Gómez, coordinadora del Programa de Cultura, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.
Lía Gómez, coordinadora del Programa de Cultura, UNQ. Crédito: Prensa UNQ.

Con todo, en un país donde las investigadoras son mayoría en los laboratorios pero siguen siendo minoría en las mesas que deciden prioridades, el 11F funciona como recordatorio incómodo y, al mismo tiempo, como invitación. Las voces que hoy sostienen la “ciencia de trinchera” desde la oncología, la economía, las ciencias sociales o el arte no hablan en abstracto: describen presupuestos que no alcanzan, tiempos fragmentados por los cuidados, techos de cristal todavía firmes. Pero también dejan abierta una puerta para las que vienen: no prometen caminos fáciles, sí la posibilidad de hacer de la curiosidad un trabajo y de ese trabajo una herramienta concreta para entender y cambiar el mundo que las rodea.


¿Te gustó esta noticia? ¡Compartila!
Scroll al inicio