
¿Cómo se hizo el estudio? El diseño fue simple y quirúrgico: seguir a una cohorte grande en condiciones reales, en casa, durante 15 días. Arrancaron con 217 adultos sanos (de 18 a 70 años) y el análisis final quedó en 204 por cuestiones de cumplimiento del protocolo y cantidad mínima de registros.
Cada participante se llevó dos cosas: un actígrafo (un reloj/sensor que registra movimiento para estimar patrones de sueño-vigilia) y un grabador de voz. La consigna, todas las mañanas, era grabar apenas al despertar “todo lo que estaba pasando por la cabeza justo antes de despertarse”: recuerdos, imágenes, pensamientos, lo que hubiera.
Para evitar relatos “editados” por el día, el equipo de científicos del IMT School for Advanced Studies Lucca, de Italia, pidió enfocarse solo en la última experiencia antes de abrir los ojos, y descartó los reportes hechos más tarde, cuando el recuerdo podía haberse contaminado con estímulos externos. Además, en horarios pseudoaleatorios, llegaba un SMS con una sola palabra: “record” (“registra”). La idea era que la persona también grabara qué estaba pensando en ese momento, para capturar el “modo mente suelta” durante el día; esos reportes diurnos no se analizaron en este trabajo, pero fueron parte del protocolo.
Hubo un plus tecnológico: un subgrupo usó EEG portátil (un electroencefalograma “wearable” para dormir en casa). Lo intentaron 50 voluntarios, pero por incomodidad algunos interrumpieron el uso y los análisis finales de EEG se hicieron con 42 participantes. Ese dispositivo (DREEM) registra actividad cerebral con electrodos secos y, con un software de scoring automático revisado por un investigador, permite estimar cuánta noche se fue en N1, N2, N3 y REM.
El tercer bloque fue cognitivo y psicológico: al cierre de las dos semanas, cada persona hizo pruebas para medir memoria verbal y visual, y también vulnerabilidad a la interferencia (con el Stroop), además de cuestionarios sobre rasgos como la actitud hacia los sueños y la propensión al mind wandering. Con los audios en mano, el equipo clasificó cada mañana en tres categorías: sueño con contenido, “sueño blanco” (la persona percibe que soñó pero no puede recuperar ningún detalle) y “no soñó”.
Los resultados pinchan un mito: el “blanco” no significa “no hubo sueño”; muchas veces significa “hubo, pero falló el acceso”. En promedio, el 58 por ciento de las mañanas hubo sueño con contenido, el 14 por ciento fueron sueños blancos y el 28 por ciento “nada”. La lectura más incómoda es la comparación contra la memoria retrospectiva: cuando la gente cuenta “en general” cuánto sueña, suele subestimarlo frente a lo que aparece en el registro inmediato.
Tres llaves para recordar
El estudio buscó qué variables empujan la probabilidad de “soñé” al despertar y qué variables, más fino todavía, empujan a recuperar contenido en vez de quedarse en blanco. Lo primero (reportar que hubo sueño) se asoció a tres piezas: actitud hacia los sueños, mind wandering (distraerse sin estímulos externos) y ciertos patrones del dormir medidos por actigrafía.
La actitud funciona como permiso: quien le da valor a soñar tiende más a reportar la experiencia, aunque eso no garantice traer detalles. El mind wandering es la mente que se va sola: mientras el cuerpo hace una cosa, la cabeza arma otra película, interna, sin estímulo externo. Y esa propensión apareció como predictor sólido del recuerdo, como si soñar y divagar compartieran engranajes. La tercera llave está en la arquitectura de la noche: con noches más largas y una menor proporción del sueño profundo N3 aumentó la probabilidad de recordar sueños.
En el subgrupo con EEG portátil se pudo traducir ese patrón a fases: el trabajo explora cómo los porcentajes de N3 y REM se relacionan con las métricas de sueño y, por esa vía, con el recuerdo. Y acá entra el remate más humano del paper: no todo es “memoria mala”. El contenido del sueño puede existir y, aun así, borrarse por interferencia: el clásico minuto posterior al despertar donde cualquier chispa (un pensamiento, un sonido, el apuro, la agenda) pisa el rastro. De hecho, la vulnerabilidad a la interferencia fue una pieza clave para explicar por qué algunas personas quedan en sueño blanco, incluso cuando no hay señales de que tengan peor memoria verbal o visual.

