
Un aumento que no se explica solo por la edad
La explicación fácil sería echarle toda la culpa al envejecimiento de la población. Más gente mayor, más gota. Pero los números del estudio no cierran del todo esa coartada. Incluso ajustando por edad, la prevalencia global aumentó más de un 20 por ciento en tres décadas. Es decir, no solo hay más personas en riesgo por la pirámide poblacional: también cambió el terreno metabólico sobre el que se instala la enfermedad.
Ahí aparece el giro que más le interesa a Pérez: la gota como “termómetro del metabolismo moderno”. La enfermedad, explica, está montada sobre la expansión del síndrome metabólico, esa combinación cada vez más frecuente de obesidad abdominal, hipertensión, colesterol alterado, resistencia a la insulina y diabetes tipo 2. Todos estos factores se asocian con niveles elevados de ácido úrico en sangre y con un funcionamiento más exigido del riñón.
La dieta global terminó de mover las agujas. “En las últimas décadas aumentó de forma muy marcada el consumo de ultraprocesados, de bebidas azucaradas y de productos ricos en fructosa. La fructosa eleva directamente el ácido úrico y, si a eso se suma alcohol –sobre todo cerveza– y sedentarismo, el escenario está servido”, resume el especialista. Esa combinación, agrega, genera un estado de inflamación crónica de bajo grado que vuelve más probable que un pico de ácido úrico desencadene un ataque de gota.
El estudio internacional refuerza esa lectura: al analizar la carga de discapacidad asociada a la enfermedad, encontró que una parte muy importante se explica por el exceso de peso y por la disfunción renal. Traducido a lenguaje cotidiano, detrás de muchas crisis de gota hay años de metabolismo exigido, kilos de más y riñones trabajando al límite.
Del mito de la “enfermedad de ricos” a señal de época
Durante siglos, la gota fue casi un personaje de historieta: la enfermedad de reyes, nobles y comilones. Cuadros del siglo XVIII y XIX la mostraban como el precio de la mesa rebosante. Esa etiqueta sobrevivió en la cultura popular: “es por comer carne”, “es cosa de excesos”, “es una enfermedad de ricos”.
Ese estereotipo es más peligroso que pintoresco porque desenfoca el problema. La gota afecta a personas de todas las clases sociales y, en la práctica, se parece mucho más a la vida urbana actual que a un festín ocasional. Donde conviven jornada larga, poco movimiento, comida rápida, bebidas azucaradas y estrés sostenido, el riesgo se multiplica, aunque no haya vinos caros en la mesa.
Otro mito que se cae es el de que se trata apenas de “un dolor en el dedo gordo del pie”. Si bien esa es una forma de debut muy típica, la enfermedad puede comprometer tobillos, rodillas, muñecas y codos. Sin tratamiento adecuado, los cristales de ácido úrico se depositan de forma crónica y pueden dañar la articulación, deformarla e incluso formar bultos duros bajo la piel, llamados tofos. El riñón también entra en escena: el ácido úrico elevado de manera persistente se asocia con cálculos y con deterioro progresivo de la función renal.
El estudio global muestra, además, una diferencia de género clara: la gota sigue siendo más frecuente en varones que en mujeres, con una relación que ronda el tres a uno. Pero tampoco es un misterio. “En edades fértiles, las mujeres tienen niveles más bajos de ácido úrico porque los estrógenos facilitan su eliminación a través del riñón. Después de la menopausia, esa protección hormonal se pierde y la brecha se acorta, con más diagnósticos también en ellas”, detalla Pérez. En ese sentido, reducir el fenómeno a “enfermedad de hombres” es otra forma de subestimarlo.
Señales de alerta y oportunidad perdida
La paradoja de la gota es que combina uno de los dolores más intensos que pueden darse en una articulación con una enorme tendencia a ser subestimada. Muchas personas pasan el primer ataque con antiinflamatorios de venta libre y, cuando el episodio cede, dan por terminado el problema. “Ese es un error frecuente: el dolor puede irse, pero el ácido úrico alto queda. Y si no se corrige, tarde o temprano la enfermedad vuelve”, advierte el médico.
Las señales que deberían encender la alarma son claras: un dolor articular súbito, muy intenso, a menudo nocturno; la articulación caliente, roja, hinchada; la imposibilidad de apoyar el pie o de tolerar el roce mínimo; y, en muchos casos, antecedentes de obesidad, presión alta, diabetes o colesterol elevado. Si los ataques se repiten, si aparecen bultos duros cerca de las articulaciones o si hay diagnóstico de enfermedad renal, la consulta reumatológica deja de ser una opción y pasa a ser una necesidad.
El lado menos dramático de esta historia es que la gota tiene tratamiento eficaz cuando se aborda en serio. Además de los fármacos que se usan en la fase aguda para calmar el dolor y la inflamación, existen medicamentos que reducen de manera sostenida el ácido úrico en sangre. Esa es la clave para evitar nuevos ataques y proteger articulaciones y riñones a largo plazo. Pero para llegar a esa etapa hace falta algo previo: reconocer que no se trata de un simple exceso de fin de semana, sino de un aviso del metabolismo.
Pérez lo ve así: “Cada episodio de gota es, en realidad, una oportunidad de meter freno y revisar todo el mapa: peso, alimentación, consumo de alcohol, nivel de actividad física, medicación, función renal”.
Con todo, si la gota se dispara en el mundo y se convierte en un termómetro del metabolismo moderno, la respuesta no puede limitarse a apagar el incendio del dolor. También toca leer lo que ese “fósforo encendido” está contando sobre la forma en que hoy se vive, se come y se enferma.

