
La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un trabajo de investigadores argentinos, publicado en SciELO, sobre la picadura de la medusa Olindias sambaquiensis. El estudio reporta que, en Monte Hermoso, al sur de la provincia de Buenos Aires, se notifican entre 500 y 1000 casos por temporada.
El trabajo revisa 49 casos de personas que habían sido picadas por esta medusa y que llegaron a atenderse dentro de la primera hora después del contacto. Después midieron dos cosas muy simples. Primero, el dolor. Les pidieron que lo calificaran de 0 a 10, donde 0 es “no duele” y 10 es “el peor dolor”. La mayoría dijo que era un dolor tipo quemadura, y el promedio fue 8/10; algunas personas dijeron 10/10. Segundo, miraron las marcas en la piel: los tentáculos suelen dejar líneas (como “rayas”) en la zona de la picadura. Si se suma el largo de esas líneas, en promedio daba 31 centímetros, y en los casos más fuertes llegó a 70 centímetros. ¿Dónde aparece más seguido? En las piernas, porque suelen ser lo primero que entra al agua y lo que más roza con lo que está flotando cerca de la orilla.
La ciencia del latigazo en miniatura
La escena real ocurre a escala microscópica. Los tentáculos llevan células urticantes que funcionan como cápsulas con “microjeringas”: los nematocistos. Cuando se activan, disparan en conjunto y el resultado se siente a tamaño humano. El trabajo describe un dato que explica por qué el dolor es inmediato. Según explican, la descarga del nematocisto ocurre en 3 milisegundos, penetra hasta 0,9 mm y deposita toxina en la dermis, incluso cerca de microvasos, con posibilidad de absorción sistémica. Es decir que el golpe llega antes de que el cuerpo tenga tiempo de “procesar” nada, por eso el arranque suele parecer más tóxico que alérgico.
En el estudio, además del dolor en la zona de la picadura, el 71 por ciento presentó síntomas generales durante la primera hora, como excitación psicomotriz, llanto, temblores y, en algunos casos, disnea. El reporte aclara que esa dificultad para respirar cedió en pocos minutos y que, al examinar a los pacientes, no se encontraron signos respiratorios alarmantes.
¿Qué hacer en la orilla para no empeorar la picadura? Los primeros minutos son decisivos ya que ahí se define si el cuadro se calma o se complica. Los científicos advierten que dos reflejos muy comunes suelen jugar en contra: rascarse y lavar con agua dulce, porque pueden activar nuevas descargas de nematocistos que todavía no dispararon. Para Olindias sambaquiensis, la recomendación es otra: aplicar ácido acético al 5 por ciento (vinagre) durante 15 a 30 minutos para frenar descargas futuras y, recién después, retirar los tentáculos visibles con una pinza u otro elemento, sin frotar.
La clave es que no se presenta como “truco casero”, sino como una conducta respaldada por evidencia. Para aliviar el dolor, el estudio menciona compresas frías por pocos minutos, pero se desaconseja el hielo directo, porque el agua que se forma al derretirse puede estimular nematocistos que quedaron sin descargar.
Mitos argentinos que conviene jubilar
El “me hago el valiente y me froto con arena” suele multiplicar el problema porque el roce puede activar más descargas. El “agua dulce para limpiar rápido” suena lógico, pero puede jugar en contra por el mismo motivo. El “hielo directo para apagar el fuego” puede ser una mala idea por lo que pasa cuando se derrite. Y el “ya fue, sigo” es el más peligroso de todos si aparecen síntomas generales, porque el cuerpo a veces avisa tarde y sin metáforas.
¿Cuándo pasar de susto a guardia? Si hay dificultad para respirar, mareos, debilidad marcada, vómitos, urticaria generalizada, compromiso de cara o labios, dolor que no cede o progresa rápido, o si se trata de niños pequeños o personas con antecedentes de reacciones alérgicas importantes, el criterio sensato es escalar a un centro de salud. No se trata de dramatizar. Se trata de no improvisar cuando el cuadro deja de ser local y el cuerpo empieza a “hablar en sistema”.
Con todo, cuando la playa se gestiona como un sistema y no como una ruleta, las aguas vivas dejan de ser un “accidente inevitable” y pasan a ser un riesgo controlable. Con banderines, protocolo y comunicación clara, el verano vuelve a hacer lo que promete: descanso, no improvisación.

