Bisfenoles: una discusión vieja que regresa por la puerta de los juguetes

Un estudio reciente advierte que artículos de uso infantil pueden liberar compuestos del plástico asociados con alteraciones hormonales y del desarrollo cerebral.

La exposición a bisfenoles puede producirse al morder, chupar o tocar ciertos productos de uso frecuente en la infancia. Créditos: Pexels.
La exposición a bisfenoles puede producirse al morder, chupar o tocar ciertos productos de uso frecuente en la infancia. Créditos: Pexels.

Un nuevo estudio vuelve a poner en discusión un problema que parecía saldado hace más de una década: la presencia de bisfenoles, compuestos químicos usados para fabricar plásticos, en productos vinculados a la primera infancia. Esta vez, la alarma no se encendió por mamaderas o envases para alimentos, sino por juguetes de uso cotidiano que podrían exponer a bebés y niños a compuestos asociados con alteraciones hormonales y del desarrollo.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso a un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Michigan y publicado en el Journal of Exposure Science & Environmental Epidemiology, que volvió a encender las alertas. El trabajo no analizó marcas ni relevó góndolas, sino que modeló la exposición infantil a BPA y otros bisfenoles en ocho tipos de juguetes.

Los autores evaluaron distintas vías de contacto —llevarse el objeto a la boca, tocarlo con la piel, respirar partículas o ingerir polvo— y encontraron que en los más chicos la exposición puede darse por varios caminos al mismo tiempo. El aro de dentición, la muñeca y el disfraz aparecieron entre los productos con mayores niveles estimados de exposición diaria, mientras que la vía oral, el contacto dérmico y el polvo doméstico surgieron como rutas clave.

El dato más incómodo fue otro: la discusión ya no se limita al BPA, restringido hace años en productos alimentarios infantiles en varios países de la región, sino que alcanza también a BPS, BPF y otros reemplazos que entraron al mercado como alternativas supuestamente más seguras. Según el trabajo, algunos de esos sustitutos podrían generar exposiciones comparables o incluso superiores.

No solo preocupa el BPA

Uno de los hallazgos que más inquieta fue que la lupa no quedó puesta solo sobre el BPA. Los investigadores también analizaron otros compuestos similares, como el BPS y el BPF, que suelen utilizarse como reemplazo. Durante años se creyó que podían ser alternativas más seguras. Pero los datos sugieren que esa idea merece, como mínimo, una revisión cuidadosa.

Según explican, varios de esos sustitutos pueden generar niveles de exposición comparables o incluso superiores a los del BPA. En otras palabras: sacar una sustancia cuestionada y reemplazarla por otra muy parecida no garantiza haber resuelto el problema. A veces, apenas cambia el nombre en la etiqueta.

Y ahí aparece una pregunta de fondo. Cuando un químico se restringe por sus posibles efectos sobre la salud, ¿alcanza con sustituirlo por otro de la misma familia? Para buena parte de la comunidad científica, la respuesta es no. Antes de celebrar un reemplazo, advierten, hace falta demostrar que realmente es más seguro.

Además, otras investigaciones recientes señalaron que la exposición temprana al BPA y a compuestos similares podría afectar el desarrollo cerebral. Eso podría tener consecuencias sobre funciones como la memoria, el aprendizaje y el comportamiento. También se lo vincula con alteraciones hormonales.

Un debate que va más allá de la juguetería

El BPA no aparece solamente en juguetes. Una revisión científica también encontró su presencia en dispositivos médicos y hospitalarios, como catéteres, sondas y tubos utilizados en distintos tratamientos. En esos casos, la preocupación es incluso mayor, porque se trata de materiales que permanecen en contacto directo con el cuerpo durante períodos prolongados.

Por eso, el debate ya no se limita a lo que una familia compra en una juguetería. También obliga a revisar qué materiales se usan en hospitales, maternidades y otros espacios sensibles. Cuando se trata de bebés, niños o personas con problemas de salud, reducir exposiciones evitables no es solo una cuestión técnica: es una decisión de cuidado.

Con todo, los juguetes siguen siendo juguetes. Nadie pretende convertir una muñeca o un mordillo en una amenaza. Pero estudios como este obligan a mirar de nuevo aquello que parecía completamente seguro. Porque a veces el riesgo no tiene aspecto de peligro. A veces viene pintado de colores, envuelto para regalo y pensado para jugar. Y acaso ahí radique lo más inquietante: que algo diseñado para acompañar la infancia también pueda esconder un problema.


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