¿Dejar las redes sociales mejora la salud mental?

Estudios recientes analizan si abandonar Instagram, Facebook o TikTok mejora el bienestar emocional o si también puede aumentar la sensación de soledad.

Algunos usuarios reportan alivio tras cerrar sus cuentas; otros sienten más soledad o reemplazan una app por otra igual de absorbente. Crédito: Unplash.
Algunos usuarios reportan alivio tras cerrar sus cuentas; otros sienten más soledad o reemplazan una app por otra igual de absorbente. Crédito: Unplash.
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Apagar una red social parece, a primera vista, un gesto mínimo. Se toca una pantalla, se borra una aplicación, se desactiva una cuenta. Nada demasiado heroico. Sin embargo, detrás de ese movimiento doméstico empieza a crecer una pregunta que ya ocupa a universidades, médicos y psicólogos: qué le pasa al ánimo cuando una persona deja de mirar, comparar, responder, esperar y deslizar el dedo durante horas. La respuesta, por ahora, no entra en un eslogan. Ni “las redes destruyen la salud mental” ni “todo depende de cada uno” alcanzan para explicar el fenómeno. La evidencia científica empieza a mostrar algo más interesante: tomar distancia puede hacer bien, pero no siempre por las razones que se repiten en los discursos de moda. Y tampoco sirve igual para todos.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a uno de los trabajossobre el tema, realizado por investigadores vinculados a la Universidad de Stanford, donde se analizaron dos experimentos realizados antes de la elección presidencial de Estados Unidos de 2020. Usuarios de Facebook e Instagram fueron invitados a desactivar sus cuentas durante seis semanas, mientras otros continuaron usándolas como grupo de comparación. En total, el proyecto analizó dos experimentos con 35.442 participantes: 19.857 usuarios de Facebook y 15.585 de Instagram, y midió indicadores de felicidad, ansiedad y depresión.

A partir de esa comparación, los números muestran una mejora modesta. Al dejar Facebook, los participantes registraron un pequeño avance en un indicador que reunía niveles de felicidad, ansiedad y depresión. En Instagram, el efecto también apareció, aunque fue algo menor. Traducido: abandonar esas redes no cambió la vida de nadie de un día para el otro, pero sí produjo una mejora leve y detectable en el bienestar emocional. El mismo estudio, sin embargo, encontró una trampa conocida: dejar una red no necesariamente significa usar menos el celular. Parte del tiempo liberado en Facebook, y prácticamente todo el tiempo liberado en Instagram, terminó desplazándose hacia otras aplicaciones. Es decir, muchas personas no salieron de internet. Apenas cambiaron de habitación.

Ahí aparece una de las claves del problema. El cansancio no siempre está en una plataforma puntual, sino en la lógica completa de la conexión permanente. Se borra Instagram, pero aparece TikTok. Se cierra Facebook, pero se abre YouTube. Se deja el feed, pero se cae en videos cortos. El dedo no descansa: solo cambia de escenario.

Otro estudio visitado por la Agencia fue realizado por investigadores de la Universidad de Bath, y probó una intervención más breve y más cercana a la vida cotidiana. Los autores dividieron a 154 participantes en dos grupos: unos dejaron Facebook, Instagram, Twitter y TikTok durante una semana; otros siguieron usando redes como siempre. Después de siete días, quienes hicieron la pausa reportaron más bienestar y menos síntomas de depresión y ansiedad.

Una semana. Eso es todo. En términos clínicos, es poco. En términos de vida digital, puede parecer una expedición al desierto. El estudio mostró que incluso un corte breve puede mover algo en el estado de ánimo. No porque la pantalla sea un demonio con batería, sino porque muchas veces organiza el día con una intensidad que recién se nota cuando desaparece. Pero la ciencia también empieza a mostrar que no todos viven igual esa abstinencia. Los investigadores analizaron qué pasa con las personas cuando intentan sostener una pausa en redes. El trabajo identificó perfiles distintos: usuarios más compulsivos, usuarios moderados, personas que logran sostener el corte y otras que quieren desconectarse pero la pasan mal durante el intento.

Es decir, no es lo mismo dejar Instagram si alguien entra diez minutos por día que si vive pendiente de quién miró su historia, quién puso like, quién contestó, quién no contestó y quién desapareció sin explicación. El problema no es solo el tiempo. Es la relación emocional con ese tiempo.

Desconectarse del todo tiene su costo

Y después está la otra cara, la que incomoda a los discursos más tajantes: las redes también conectan. A veces mal, a veces de manera superficial, ansiosa o exhibicionista. Pero conectan. Sirven para sostener vínculos débiles, enterarse de cumpleaños, seguir la vida de personas que quedaron lejos, encontrar comunidades, circular información y participar de conversaciones que ya no ocurren solo en la vereda, el aula o la mesa familiar. Por eso, desconectarse también puede tener costo.

Una investigación publicada en JAMA Pediatrics, analizó datos de 100.991 adolescentes australianos entre cuarto grado y el último año de secundaria. El resultado fue menos lineal de lo que muchos esperarían: el mayor bienestar apareció asociado al uso moderado de redes, mientras que tanto el uso más alto como la ausencia total se vincularon con peores indicadores en determinados grupos y etapas del desarrollo. Los autores advierten, además, que se trata de un estudio observacional y que los resultados deben interpretarse con cautela.

El hallazgo no absuelve a las plataformas. No dice que todo esté bien ni que los algoritmos sean inocentes. Pero rompe la idea de que “pantalla cero” siempre equivale a salud mental. En adolescentes, sobre todo, no usar redes también puede significar quedar afuera del grupo, del chiste, de la invitación, de la conversación y de una parte del mapa afectivo donde hoy se juega la pertenencia.

La pregunta, entonces, cambia. Ya no alcanza con medir cuántas horas pasa una persona frente al celular. Hay que mirar qué hace ahí, qué busca, qué recibe, qué pierde y qué reemplaza cuando se va. Si una red funciona como máquina de comparación, vigilancia y ansiedad, la pausa puede traer alivio. Si funciona como puente con amigos, identidad o comunidad, borrarla de golpe puede dejar más vacío que calma. En el medio queda la zona más difícil, pero también la más real: aprender a distinguir cuándo una aplicación acompaña y cuándo empieza a gobernar.

También importa qué se hace con el tiempo recuperado. Cerrar Instagram para pasar seis horas mirando otra pantalla no parece una revolución interior. Cambiar el scroll por una noche de sueño, una caminata, una charla, estudio, lectura o aburrimiento verdadero puede ser otra historia. La pausa sirve más cuando no queda como hueco, sino como puerta.

La evidencia todavía no dicta sentencia. Algunos estudios duran pocos días o semanas. Otros dependen de lo que los propios participantes informan. Otros se hicieron en contextos particulares, como una elección presidencial en Estados Unidos. Y casi ninguno logra separar con precisión actividades muy distintas: hablar con amigos, informarse, trabajar, mirar videos infinitos o compararse con vidas ajenas cuidadosamente editadas. Aun así, empieza a quedar una idea bastante firme. El bienestar no mejora por arte de magia cuando alguien borra una aplicación. Mejora, en algunos casos, cuando esa decisión corta un circuito de uso compulsivo y abre espacio para una vida menos fragmentada.


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