
La enfermedad por el virus del ébola, o simplemente ébola, es una afección grave que afecta a los seres humanos y puede ser mortal. La tasa media de letalidad ronda el 50 por ciento, y en brotes anteriores, esta tasa ha oscilado entre el 25 y el 90 por ciento. Los patógenos causantes son seis virus del género Orthoebolavirus, y tres de ellos son conocidos por producir grandes brotes: Zaire, Sudán y Bundibugyo –responsable del brote actual–. Para el primero, hay dos tipos de vacunas aprobadas, mientras que para los otros dos no.
El virus puede contraerse por contacto con la sangre o los fluidos corporales de animales infectados, generalmente murciélagos de la fruta. Una vez que un humano es infectado, se puede transmitir de persona a persona a través de fluidos corporales, como vómito, sangre y semen, así como por contacto con superficies y materiales contaminados, como ropa de cama y de vestir. Las personas pueden contagiar solo cuando presentan síntomas, como fiebre, vómitos, diarrea, dolor muscular, hasta hemorragias internas y externas.
El primer caso identificado del brote actual en África fue el de un enfermero que acudió el 24 de abril a un centro de salud de Bunia, la capital de la provincia de Ituri. No obstante, el foco se encuentra a unos 90 km de allí, en la zona de Mongbwalu, por lo que se investiga si la epidemia se habría iniciado en esa localidad y luego los casos migraron. La OMS advirtió que el brote probablemente es mayor de lo que se ha detectado hasta ahora, “señalando conglomerados de muertes inexplicables, una alta tasa de positividad entre las muestras analizadas y un conocimiento limitado sobre los patrones de transmisión”.
Una amenaza que no desaparece
Este es el tercer brote detectado que involucra la cepa Bundibugyo, después de otros anteriores en Uganda entre 2007 y 2008 y en la República Democrática del Congo en 2012. Además, es el decimoséptimo brote de ébola que se genera en la República Democrática del Congo desde que se descubrió el primer caso en 1976. En aquel momento, Mabalo Lokela, un profesor de escuela de 44 años, volvió de un viaje por el norte del Zaire (actualmente, República Democrática del Congo) con síntomas febriles. Fue diagnosticado con malaria, pero su cuadro empeoró al desarrollar vómitos, diarrea sangrienta, dolor de cabeza, mareos y dificultades respiratorias. Finalmente, el 8 de septiembre de 1976, apenas 14 días después de manifestarse los primeros síntomas, el profesor falleció.
A su vez, en 2014, surgió el mayor brote de la historia del ébola hasta entonces, afectando inicialmente a Guinea-Conakry y expandiéndose posteriormente a Sierra Leona, Liberia y Nigeria. Es decir, cada cierto tiempo, el virus vuelve a aparecer. En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, Alejandro Castello, profesor de Virología Aplicada de la UNQ, cuenta: “Los brotes de ébola se inician en el Oeste y Centro de África porque allí se hallan los ecosistemas donde habitan las especies de murciélagos frugívoros, uno de los reservorios de estos virus. La infección de humanos ocurre en forma accidental y se considera una vía de ‘callejón sin salida’ para el virus ya que no puede mantenerse”.
Si bien la OMS no recomendó aún restricciones a los viajes internacionales ni al comercio, sí instó a los países a reforzar la vigilancia, la preparación y la participación comunitaria, además de garantizar información pública precisa. En ese sentido, Goñi agrega: “Como sociedad, estamos mejor preparados ante los brotes de ébola que hace diez o veinte años atrás. Hay que tener en cuenta que en este tipo de enfermedades, los cuadros sintomáticos son muy parecidos al principio. Por eso, hay que dejar que se desarrolle para así identificar de qué afección se trata. En este caso, ya sabemos qué cepa es. Hay un trabajo muy coordinado entre servicios de salud pública, centros de atención primaria y servicios de diagnóstico. Si se toman medidas de control eficientes, como el aislamiento de los contagiados, no debería ser algo que se propague demasiado“.

