¿Por qué nunca se olvida andar en bicicleta?

La ciencia explica cómo el cerebro guarda habilidades durante años, aunque no se practiquen todos los días.

El equilibrio sobre dos ruedas no depende de los músculos, sino de circuitos cerebrales que guardan movimientos practicados. Créditos: Mayormente.
El equilibrio sobre dos ruedas no depende de los músculos, sino de circuitos cerebrales que guardan movimientos practicados. Créditos: Mayormente.
4 minutos

Después de años sin tocar una bicicleta, Franchesca la sacó del garaje con una mezcla de dudas y vergüenza. Miró el manubrio, apoyó un pie en el pedal y avanzó con torpeza, como si su cuerpo hubiera perdido el viejo pacto con el equilibrio. Pero, a los pocos segundos, algo se acomodó: las piernas encontraron el ritmo, las manos corrigieron el rumbo y la bici empezó a moverse. ¿Cómo lo logró? Para la ciencia, la explicación está en el cerebro, que conserva durante mucho tiempo los movimientos aprendidos. No se trata de “memoria muscular”, como suele decirse: los músculos no recuerdan; quien recuerda es el cerebro.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso al estudio donde se explica que el cerebelo, una zona ubicada en la parte posterior del cerebro, cumple un papel importante para formar memorias motoras de largo plazo: esas que permiten andar en bicicleta, escribir con teclado, tocar un instrumento o practicar un deporte.

El cerebro no guarda todo igual. No es lo mismo recordar cuál es la capital de Francia que recordar cómo se anda en bicicleta. París es un dato; pedalear es una habilidad. Y el cerebro no archiva esas dos cosas en el mismo lugar ni de la misma manera. A esa capacidad de conservar acciones aprendidas, los científicos la llaman memoria procedural. Es la memoria que permite hacer algo sin pensar cada movimiento: atarse los cordones, nadar, escribir con birome, tocar un instrumento o manejar una pelota.

En 1980, una investigación publicada en Science ya había marcado esa diferencia. En ese entonces, los autores trabajaron con pacientes con amnesia y observaron un dato llamativo: aunque esas personas no podían recordar bien ciertas experiencias, sí lograban aprender una tarea nueva, como leer palabras reflejadas en un espejo, y conservar esa habilidad durante al menos tres meses. En otras palabras: podían olvidar el momento en que aprendieron, pero el cerebro igual guardaba el “cómo hacerlo”.

Por eso alguien puede olvidarse una contraseña, una tarea pendiente o dónde dejó las llaves, pero puede volver a pedalear después de años sin hacerlo. La memoria de los datos suele ser más frágil; la memoria de las habilidades, cuando se entrenó lo suficiente, queda mejor protegida.

El entrenador silencioso

El trabajo, publicado en PNAS y analizado por la Agencia, no pone a personas a andar en bicicleta dentro de un laboratorio. Hace algo más preciso: analiza cómo el cerebro guarda los movimientos aprendidos. La investigación muestra que el cerebelo, una zona ubicada en la parte posterior del cerebro, no solo ayuda a coordinar el cuerpo: también cumple un papel clave para que una habilidad practicada muchas veces se convierta en una memoria duradera. Por eso, después de años sin pedalear, una persona puede subirse a una bicicleta y recuperar el equilibrio en pocos segundos. El cerebro no recuerda cada paseo, cada calle o cada caída; recuerda el procedimiento.

Otro estudio, publicado en Brain, va en la misma dirección. En esa investigación, diez personas con amnesia y 25 sin amnesia realizaron cinco tareas motoras distintas, similares a actividades de la vida cotidiana. Los científicos las evaluaron al inicio, 24 horas después y nuevamente dos meses más tarde. El resultado fue claro: aunque los pacientes con amnesia tenían dificultades para recordar la experiencia, sí podían aprender y conservar las habilidades.

La clave está en la repetición. Nadie aprende a andar en bicicleta con una sola vuelta. Primero aparecen los tropiezos, las caídas, el miedo y los intentos fallidos. Después, el cerebro empieza a encontrar patrones: cómo acomodar el cuerpo, cómo girar, cómo frenar, cómo corregir el equilibrio antes de terminar contra un árbol. Con la práctica, lo que al principio exige atención se vuelve automático. Por eso, cuando una persona vuelve a subirse a una bicicleta después de muchos años, puede sentirse torpe durante los primeros metros. Pero la base sigue ahí. El cerebro no guardó cada paseo, cada calle ni cada raspón en la rodilla: guardó el procedimiento.

Entender cómo el cerebro conserva habilidades puede ayudar a mejorar tratamientos de rehabilitación para personas que tuvieron un ACV, lesiones neurológicas o enfermedades que afectan el movimiento. Si se comprende cómo se guarda una habilidad, también se puede diseñar mejor el camino para recuperarla.

Con todo, la bicicleta sigue siendo una gran maestra. Enseña equilibrio, paciencia y una verdad científica: algunas cosas se olvidan rápido, pero aquellas que el cuerpo aprendió con práctica quedan escritas en el cerebro con una tinta más resistente.


¿Te gustó esta noticia? ¡Compartila!
Scroll al inicio