¿Qué pasaría si el mundo comiera de otra manera?

Dietas más saludables y menos desperdicio podrían reducir un 6 por ciento la superficie agrícola hacia 2050. El cambio tendría un fuerte impacto sobre la ganadería.

La transformación de los sistemas alimentarios podría reducir la superficie agrícola necesaria hacia 2050, si se combinan dietas más saludables, menos desperdicio y mayor productividad. Crédito: Pexels.
La transformación de los sistemas alimentarios podría reducir la superficie agrícola necesaria hacia 2050, si se combinan dietas más saludables, menos desperdicio y mayor productividad. Crédito: Pexels.
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En 2050 habrá más personas para alimentar que hoy. Sin embargo, el planeta podría necesitar menos tierra para producir comida. La aparente contradicción surge de un enorme experimento científico que proyectó qué ocurriría si el mundo modificara tres cosas al mismo tiempo: qué comemos, cuánto alimento desperdiciamos y cuánto produce cada hectárea de tierra. El resultado podría transformar el mapa de la agricultura mundial.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un estudio que utilizó diez modelos económicos globales para proyectar cómo sería el sistema alimentario en 2050, si la población avanzara hacia dietas más saludables, aumentara la productividad agrícola y redujera a la mitad las pérdidas y el desperdicio de alimentos.

En ese escenario, la superficie agrícola mundial podría ser un 6 por ciento menor que en 2020, incluso con una población mayor. Pero el cambio no afectaría a todos por igual: mientras algunos alimentos ganarían terreno, la ganadería experimentaría una transformación mucho más profunda.

¿Qué pasaría con la agricultura mundial en 2050? Los investigadores compararon dos futuros posibles. En uno, denominado business as usual, las tendencias actuales continúan hasta 2050. En el otro, el sistema alimentario se transforma mediante tres grandes cambios: dietas basadas en las recomendaciones EAT-Lancet, mayor productividad de cultivos y ganado y una reducción del 50 por ciento del desperdicio y las pérdidas de alimentos. Cuando esas tres variables se combinan, los modelos proyectan una reorganización considerable de la producción agrícola.

La superficie total destinada a la agricultura disminuiría una mediana del 6 por ciento respecto de 2020, equivalente a unos 274 millones de hectáreas menos. La superficie destinada al pastoreo caería alrededor de un 10 por ciento, mientras que las tierras de cultivo podrían aumentar aproximadamente un 3 por ciento.

Dietas saludables: qué alimentos crecerían y cuáles perderían terreno

Una de las claves está en el plato. El escenario analizado supone un aumento del consumo de verduras, frutas, legumbres y frutos secos, acompañado por una reducción de otros alimentos consumidos actualmente en cantidades superiores a las recomendadas. Si millones de personas modificaran su dieta de esa manera, también cambiaría lo que resulta necesario producir. Según los modelos, el valor de la producción de verduras, frutas, frutos secos y legumbres sería alrededor de un 23 por ciento mayor que en el escenario donde continúan las tendencias actuales.

La transformación más fuerte aparecería en el sector ganadero. El valor de la producción mundial de carne, lácteos, huevos y otros productos animales sería entre un 49 y un 83 por ciento menor que el proyectado para 2050, si cambiaran las tendencias actuales. La participación de la ganadería en el valor de la producción agrícola terrestre pasaría del 36 al 20 por ciento. Eso no significa que los científicos estén pronosticando el derrumbe de la ganadería. El estudio trabaja con escenarios, no con profecías. Calcula qué podría suceder si ocurrieran determinados cambios simultáneamente.

La transformación no depende solamente de comer diferente. Cada año se producen alimentos que nunca llegan a consumirse. Se pierden durante la producción, el almacenamiento y el transporte o terminan descartados en comercios, restaurantes y hogares. Y producir comida que finalmente se tira también implica utilizar tierra, agua, energía, fertilizantes, transporte y trabajo.

Por eso, los investigadores incorporaron al modelo una reducción a la mitad de las pérdidas y el desperdicio. La combinación resulta clave: si se desperdicia menos, no hace falta producir la misma cantidad para alimentar a una población determinada. A eso se suma una mayor productividad: obtener más alimentos con los recursos y las tierras disponibles.

¿Producir menos puede ser suficiente para alimentar al mundo? En comparación con el escenario donde continúan las tendencias actuales, la producción agrícola mundial en 2050 sería aproximadamente un 17 por ciento menor. El valor económico de esa producción sería un 26 por ciento inferior, unos 1,6 billones de dólares menos por año.

Pero eso no equivale a decir que habría menos alimentos disponibles para las personas. El sistema produciría una combinación diferente de productos, desperdiciaría menos y destinaría menos recursos a determinadas actividades. Los modelos incluso muestran que el cambio podría reducir las presiones ambientales. En el escenario de transformación habría unos 400 millones menos de rumiantes, mientras que las emisiones netas de dióxido de carbono asociadas al cambio en el uso del suelo caerían alrededor de un 85 por ciento respecto de los niveles de 2020.

¿Qué significa este escenario para los países productores de alimentos?

Un cambio semejante no sería neutral. Los países y regiones especializados en ganadería enfrentarían desafíos diferentes de aquellos con capacidad para aumentar la producción de frutas, verduras, legumbres o frutos secos. Y modificar un sistema agroalimentario no consiste simplemente en decidir cultivar otra cosa. Detrás de cada producción existen décadas de infraestructura, conocimientos, inversiones, industrias, cadenas logísticas, mercados externos y empleo.

Por eso los autores advierten que una transformación de esta magnitud tendría consecuencias económicas y políticas importantes y requeriría políticas específicas para gestionar ganadores, perdedores y desigualdades entre regiones. Para países agroexportadores como Argentina, el estudio abre una pregunta que excede ampliamente la nutrición: ¿qué pasaría si dentro de 25 años el mundo quisiera comprar alimentos diferentes de los que demanda hoy?

La investigación no ofrece una respuesta específica para Argentina, pero sí deja abierta una pregunta clave. El futuro de la alimentación ya no depende solamente de producir más. Durante décadas, el desafío alimentario mundial se pensó casi en una sola dirección: a mayor población, mayor producción. El nuevo escenario obliga a revisar esa lógica y a incorporar otras variables, como qué se produce, cómo se consume y cuánto alimento se desperdicia.

El estudio plantea una ecuación diferente. La cantidad de tierra necesaria para alimentar al planeta también depende de qué comemos, qué cantidad desperdiciamos y con qué eficiencia producimos. Los científicos no aseguran que ese futuro vaya a ocurrir. Muestran que es posible bajo determinadas condiciones. Y quizás allí esté el hallazgo más interesante: alimentar a una población mayor no necesariamente exige avanzar sobre más territorio. También puede requerir algo bastante más complejo: cambiar el menú del mundo.


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