
La llegada de la electricidad cambia algo más que la forma de iluminar una casa. También permite que las actividades sigan cuando cae el sol. Después llegan las pantallas, la conectividad y nuevos horarios. En comunidades Toba/Qom del norte de Argentina, un estudio longitudinal realizado por científicos siguió durante 12 años cómo se transforma la vida cotidiana y qué ocurre con los ritmos de descanso.
La investigación reunió más de 12.000 registros de 156 personas. Para estimar cuándo duermen y cuándo permanecen despiertas, el equipo utilizó actígrafos: dispositivos que se llevan en la muñeca y registran el movimiento. Los datos muestran cambios en comunidades rurales y semiurbanas, aunque no de la misma manera: en las rurales disminuye el tiempo total de sueño; en las semiurbanas, se mantiene estable.
“Lo que observamos es un cambio gradual que se da a la par de la incorporación de nuevas tecnologías”, explica a la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes Leandro Casiraghi, integrante del Laboratorio de Cronobiología de la UNQ y uno de los investigadores que participa del trabajo.
En las comunidades rurales, señala, el proceso empieza con la llegada de la luz eléctrica. Después se suman la conectividad y las pantallas, que dependen de esa misma red. Pero el efecto no se limita a la luz que incide sobre el organismo ni al uso del celular antes de dormir. También importa cómo esas herramientas reorganizan las actividades, los vínculos y los horarios.
“La luz artificial permite prolongar las actividades cotidianas, sociales y recreativas mucho más allá del anochecer”, dice Casiraghi. Los celulares, a su vez, pueden postergar la hora de acostarse. En un estudio anterior sobre el uso de estos dispositivos en las mismas comunidades, el equipo observa ese aplazamiento. Casiraghi agrega que los teléfonos también acercan a sus usuarios a costumbres nocturnas propias de las ciudades: “Actúan como una ventana a hábitos nocturnos muy marcados en la sociedad moderna y urbana en Argentina”.
La conectividad también facilita la participación en actividades educativas, laborales y recreativas de comunidades no originarias. En las zonas más próximas a centros urbanos, explica el investigador, muchas de esas propuestas se concentran durante la tarde y la noche. “Hay un proceso de aculturación donde la tecnología puede actuar como un facilitador”, dice.
La tecnología no explica todo
La electricidad empieza a llegar progresivamente a las comunidades rurales estudiadas a partir de 2016. Con el tiempo también se incorporan los teléfonos, la televisión y el acceso a internet. Sin embargo, el análisis no registra un quiebre abrupto en los hábitos de descanso que coincida con la llegada de la electricidad o de los celulares.
“Ni la llegada de la electricidad ni la adopción de celulares marcan un quiebre abrupto o inmediato en el sueño, sino una transición progresiva”, explica Casiraghi. “Eso nos confirma que la tecnología no actúa de forma aislada, sino dentro de un entramado social”.
La distinción es importante: el estudio registra que los cambios coinciden con la incorporación de nuevas tecnologías, pero no demuestra que estas sean su causa única o directa. También se transforman las rutinas, los vínculos con los centros urbanos y las formas de organizar el tiempo.
Por eso, para Casiraghi, entender qué parte del cambio responde a la tecnología y cuál a procesos sociales requiere otros métodos. “Para desenredar cuánto pesa el factor estrictamente tecnológico versus los procesos sociales, haría falta un enfoque cualitativo y antropológico”, plantea.
Una posibilidad consiste en estudiar el uso del tiempo y reconstruir cómo se modifican las rutinas hora por hora. Otra es conversar con los integrantes de las comunidades sobre su propia percepción del descanso, la noche y los cambios en sus hábitos.
El seguimiento también puede continuar para observar cómo estas transformaciones se relacionan con la salud, la inclusión laboral y el bienestar general. “Es una línea de trabajo clave para entender las implicancias reales de esta transición en la vida de las comunidades”, concluye el investigador.

