Qué pasa cuando los padres miran la pantalla mientras sus hijos intentan comunicarse

Un estudio observó menos respuestas a los bebés cuando los adultos usaban tecnología y asoció esas interrupciones con menores habilidades para entender y hablar.

La atención dividida entre el celular y los chicos puede dejar intentos de comunicación sin respuesta. Crédito: Unsplah.
La atención dividida entre el celular y los chicos puede dejar intentos de comunicación sin respuesta. Crédito: Unsplah.
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Un bebé señala un juguete, mira a su madre y balbucea. Espera una respuesta. En ese intercambio empieza a aprender que sus gestos y sonidos tienen significado. Pero ¿qué ocurre si el adulto está mirando el celular?

Una investigación publicada en JAMA Pediatrics y analizada por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes abordó esa pregunta. El trabajo puso el foco en el uso de tecnología de los padres durante el juego con sus hijos, una dimensión que suele quedar en segundo plano cuando se discute cuánto tiempo pasan los chicos frente a las pantallas.

Los investigadores llaman tecnoferencia a las interrupciones que provoca la tecnología en una interacción entre personas. Puede ocurrir cuando una notificación, un mensaje o una aplicación desvían la atención del adulto justo mientras el niño intenta comunicarse.

El equipo, integrado por investigadores de universidades canadienses, incluyó a 107 familias con chicos de entre 13 y 18 meses. Es una etapa en la que los gestos, los balbuceos y las primeras palabras forman parte de un lenguaje en pleno desarrollo.

Cada adulto participó con su hijo de una sesión de juego de entre 25 y 30 minutos en un laboratorio. Las actividades fueron grabadas y después analizadas segundo a segundo. Los científicos registraron cuándo comenzaba y terminaba el uso de dispositivos, y cuándo una mirada, un gesto o una vocalización infantil quedaban sin respuesta.

Así pudieron estudiar la secuencia de los acontecimientos: cuándo el adulto dirigía su atención a la tecnología y qué sucedía con los intentos de comunicación del niño en esos momentos. El análisis reunió más de 10 mil registros de uso tecnológico y 443 señales infantiles sin respuesta.

Este enfoque permitió observar interrupciones concretas durante el juego, algo difícil de reconstruir con una encuesta en la que los padres deben recordar cómo usan el teléfono. Una consulta puede parecer breve para el adulto y, sin embargo, coincidir con el instante en que su hijo busca compartir algo.

¿Qué significa el resultado?

Durante el uso de tecnología, el riesgo instantáneo de que una señal quedara sin respuesta fue 5,94 veces el registrado cuando el adulto no utilizaba dispositivos. El cálculo tuvo en cuenta la edad de los chicos. La cifra compara lo que ocurría en los momentos con y sin tecnología. No indica qué porcentaje del tiempo los padres ignoraban a sus hijos ni significa que cada consulta al celular dejara necesariamente una señal sin atender.

Su relevancia está en mostrar cómo el uso de una pantalla puede coincidir con la pérdida de una oportunidad de intercambio. Para un bebé, esa oportunidad puede consistir en algo tan sencillo como señalar un objeto y esperar que alguien lo mire o lo nombre.

¿Cómo evaluaron el lenguaje? El estudio también examinó si la tecnoferencia observada durante el juego se relacionaba con las habilidades lingüísticas de los chicos. Para obtener esa información, los padres completaron antes de la visita una versión breve del inventario de vocabulario MacArthur-Bates.

Es una herramienta en la que las familias informan qué palabras comprende y cuáles dice su hijo. En lugar de depender de que el bebé hable durante una sesión, el cuestionario recoge información sobre capacidades que los adultos reconocen en la vida cotidiana.

La comprensión y la expresión se evalúan por separado. Por ejemplo, un chico puede reconocer la palabra «pelota» y dirigir la mirada hacia ese objeto aunque todavía no la pronuncie. Esa diferencia permite registrar aspectos del lenguaje que no se advierten si solo se cuentan las palabras que dice.

Las puntuaciones se compararon con referencias para la edad de cada niño. Los investigadores encontraron que una mayor tecnoferencia se asociaba con valores más bajos en ambas dimensiones. La intensidad de esa relación, sin embargo, varió entre familias: los resultados no describen una situación idéntica para todos los chicos.

El lenguaje se construye en el intercambio

Los bebés empiezan a conversar antes de poder sostener un diálogo con palabras. Hacen un sonido y alguien lo imita; miran hacia un objeto y el adulto sigue su atención; reciben una respuesta y vuelven a intentarlo. Esa dinámica, conocida como «servir y devolver», los ayuda a descubrir que pueden participar de una conversación.

En esos intercambios aprenden a relacionar palabras con objetos, acciones, personas y emociones. Por eso importa tanto lo que escuchan como la posibilidad de obtener una respuesta. Las interrupciones frecuentes pueden reducir esos momentos de aprendizaje, aunque la investigación no permite establecer cuánto pesa cada uno en el desarrollo posterior.

¿Qué límites tiene el estudio? La investigación encontró una asociación, pero no demostró que el uso del celular causara un retraso en el lenguaje. Fue un estudio transversal: observó a las familias en un momento determinado, sin seguir la evolución de los niños. Para conocer qué ocurre a largo plazo harían falta investigaciones que los acompañen durante su crecimiento.

Podrían intervenir otros factores, como el estrés, la salud mental de los adultos o las condiciones de crianza. También debe considerarse que las habilidades lingüísticas se evaluaron con información aportada por los padres, mientras que las interrupciones se registraron mediante la observación de las grabaciones.

Además, la mayoría de los participantes tenía estudios universitarios y las sesiones se realizaron en un laboratorio. La vida en una casa, con tareas laborales, hermanos u otras demandas, puede ofrecer situaciones distintas. Tampoco se diferenciaron los efectos de cada dispositivo, como el teléfono y el reloj inteligente.

¿Cómo cuidar los momentos compartidos? El celular permite trabajar, resolver trámites y organizar la vida familiar. Los autores plantean que las recomendaciones deben acompañar a los adultos y evitar los juicios sobre la crianza. Proponen reservar períodos sin dispositivos durante las interacciones y favorecer las respuestas a los intentos de comunicación de los chicos. Jugar, compartir una comida o leer un cuento pueden ser oportunidades para ponerlo en práctica.

Con todo, la atención perfecta durante todo el día es una exigencia poco realista. Cuidar algunos momentos de intercambio resulta una propuesta más concreta: hacer una pausa en el uso del celular cuando el bebé busca una respuesta.


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