
El 23 de enero de 2025, en el Foro Económico Mundial de Davos, Javier Milei convirtió a las diversidades sexuales y de género en blanco de su ofensiva política. Llamó “cáncer” al llamado wokismo, presentó a la “ideología de género” como una amenaza y recurrió al caso criminal de una pareja homosexual para asociar su prédica con el abuso infantil. No se trató de un exabrupto pronunciado en una conversación privada. Fue un discurso presidencial, ante una audiencia internacional, amplificado por los medios y las plataformas.
El problema no es únicamente la falsedad de las asociaciones que ese discurso pone en circulación. Tampoco se agota en el tono provocador con el que el oficialismo construye su identidad política. Lo preocupante es su capacidad de desplazar los límites de lo decible, lo que se normaliza. Transformar derechos en privilegios sospechosos, presentar a un sector de la sociedad como amenaza y disfrazar la discriminación de libertad. Así, quienes reclaman vivir sin violencia son presentados como un enemigo a exterminar.
Agustín Laje, una de las voces más visibles de la llamada “batalla cultural” de la ultraderecha, contribuye a sostener esa maquinaria. En septiembre de 2026, durante un intercambio televisivo, negó que Florencia de la V fuera una mujer y reivindicó su posición como ejercicio de la libertad de conciencia. De esta manera, el “intelectual libertario” tomó la decisión pública de desconocer una identidad reconocida por la legislación argentina.
Sara Pérez y Florencia Moragas identifican, en su investigación sobre las campañas antigénero en América Latina, cómo la expresión “ideología de género” fabrica un adversario y organiza una retórica de guerra. En su trabajo señalaron a Laje como uno de los exponentes de esa estrategia.
La humillación se vuelve contenido
A comienzos de noviembre, esa discusión encuentra una escena brutal en los Bosques de Palermo, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Según los testimonios difundidos, entre 50 y 60 adolescentes y jóvenes rodearon y agredieron a trabajadoras sexuales travestis y trans con palos y objetos de la vía pública. También filmaron la agresión y difundieron los videos entre burlas y risas.
Sería ingenuo separar las palabras que circulan desde posiciones de poder de las prácticas sociales que contribuyen a normalizar. Los discursos no son golpes, pero pueden erosionar las barreras que vuelven inadmisibles los golpes. Cuando el Estado, cuya obligación es garantizar derechos, participa en la estigmatización de ciertos colectivos, el mensaje político excede a sus destinatarios inmediatos: redefine quién merece respeto y quién queda expuesto a la burla o al desprecio.
Marlene Wayar permite comprender lo que está en juego. En Travesti/una teoría lo suficientemente buena (Muchas nueces, 2018), su pensamiento no se limita a reclamar un lugar dentro de una sociedad que ya ha repartido jerarquías y exclusiones. Interroga el fracaso de esa sociedad para alojar todas las vidas y propone otras formas de producir subjetividad y comunidad. Su idea de “nostredad” obliga a abandonar la comodidad de hablar de “ellas” como si su vulnerabilidad fuese un problema ajeno. La pregunta ya no es: ¿por qué algunas identidades incomodan al orden establecido?, sino ¿qué clase de orden necesita expulsarlas para reconocerse a sí mismo?
Cuerpos a la intemperie
Las travestis y las mujeres trans han enfrentado barreras persistentes y sistemáticas para acceder a la educación, al trabajo formal, a la vivienda y a la salud. Cuando la supervivencia depende del trabajo sexual en el espacio público, la precariedad económica se superpone con la exposición a violencias policiales, institucionales y particulares. Por eso, Palermo no puede reducirse a una noticia policial sin contexto. Ocurre, además, en días en que organizaciones de trabajadoras sexuales reclaman derechos y justicia frente a femicidios. La violencia física no cae sobre cuerpos abstractos: encuentra cuerpos históricamente colocados en la intemperie.
El filósofo político, Jeremy Waldron, advirtió que el daño de los discursos de odio también alcanza la dignidad pública. La confianza elemental de una persona en que será tratada como integrante legítima de la sociedad. Ese piso democrático se resquebraja cuando la identidad ajena se vuelve sospecha o escarnio, y más aún si quienes deberían protegerlo agitan esa sospecha. En ese escenario, la retórica de la ultraderecha adquiere rasgos neofascistas, necesita fabricar enemigos internos para cohesionar a los propios y desplazar la discusión de las desigualdades materiales hacia una guerra moral contra las minorías.
No alcanza con repudiar las imágenes. Hace falta identificar y responsabilizar a quienes agredieron, proteger a las víctimas y garantizar condiciones reales para vivir y trabajar sin miedo. Pero también hace falta disputar el sentido común que vuelve posible una golpiza, admirable una humillación y negociable el derecho a existir. La libertad de expresión no puede ser la coartada para desentenderse de la responsabilidad política de lo que se dice desde el poder.
La Marcha del Orgullo del 7 de noviembre volverá a ocupar las calles. Que afirme también otro horizonte de convivencia. Porque frente a quienes sueñan con disciplinar las identidades y expulsar las diferencias, resuena la desobediencia poética y política de Susy Shock: “No queremos ser más esta humanidad”.
*Facundo Galván es licenciado en Comunicación Social de la UNQ.

