
Pregunta cómo estuvo el día. Recuerda una rutina. Puede iniciar una conversación cuando la casa está en silencio y responder cuando alguien le habla. No es un familiar ni un cuidador. Es un robot equipado con inteligencia artificial. La escena parece salida de una película, pero distintos grupos de investigación ya están probando qué ocurre cuando estos dispositivos conviven con adultos mayores, especialmente con quienes viven solos.
Los primeros resultados muestran algo que hace pocos años hubiera parecido improbable: algunas personas llegan a experimentar al robot como una forma de presencia y ciertos estudios registran reducciones en indicadores de soledad y aislamiento. Pero aparece una pregunta inevitable: ¿un robot puede realmente acompañar o simplemente puede hacer que alguien se sienta menos solo?
Un estudio realizado en Corea del Sur, analizado por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, siguió durante dos meses a 60 adultos mayores que vivían solos: 30 convivieron con robots de cuidado con inteligencia artificial y otros 30 integraron un grupo de comparación. Al finalizar el período, los investigadores encontraron diferencias favorables en aislamiento social, soledad y síntomas depresivos.
En las entrevistas, algunos participantes también describieron una mayor sensación de “presencia” dentro de la casa y una mejor organización de sus rutinas. Los resultados son interesantes, pero no definitivos. El estudio fue pequeño, duró sólo dos meses y tuvo un diseño cuasiexperimental. Todavía no puede afirmarse que un robot sea una solución contra la soledad.
Los robots sociales existen desde hace años. Algunos recuerdan medicamentos, reproducen música o ayudan a comunicarse con familiares. Lo que está cambiando es su capacidad para conversar. Los grandes modelos de lenguaje permiten que respondan preguntas abiertas, recuerden partes de una charla y produzcan intercambios menos rígidos.
La Agencia accedió a otro estudio cualitativo con adultos mayores que habían utilizado robots sociales durante al menos tres meses y encontró que algunos empezaban a describirlos con palabras como “amigo” o incluso “nieta”. La relación parecía más fuerte cuando la conversación era fluida. Cuando el robot repetía respuestas o no cumplía con las expectativas, el interés disminuía.
La tecnología puede producir algo parecido a una relación. Pero parecido no significa igual. El robot puede preguntar “¿cómo estás?” sin sentir preocupación por la respuesta. Puede recordar un cumpleaños sin tener recuerdos y contestar a cualquier hora sin experimentar afecto ni cansancio. Para quien pasa muchas horas solo, sin embargo, esa interacción puede seguir teniendo valor.
La soledad y el aislamiento social no son exactamente lo mismo. El aislamiento puede medirse según la cantidad de vínculos, visitas o contactos que tiene una persona. La soledad es subjetiva: alguien puede vivir solo y no sentirse solo, o estar rodeado de gente y sentir que no tiene con quién hablar.
Una revisión sistemática reciente encontró que distintos agentes artificiales, incluidos robots sociales, podían reducir los niveles de soledad en adultos mayores. Los resultados, sin embargo, variaban según la tecnología utilizada, el contexto y la duración de las intervenciones. Por eso los investigadores piden cautela. Un sistema que conversa bien no necesariamente comprende ni resuelve la soledad.
Acompañar sin reemplazar
Otro trabajo realizado en Taiwán siguió durante seis semanas a 52 adultos mayores socialmente aislados que convivieron con robots adaptados al idioma y la cultura local. Los investigadores observaron una disminución en los puntajes de soledad y pequeñas mejoras en el estado de ánimo. Sin embargo, los propios participantes marcaron un límite: querían que el robot complementara el cuidado humano, no que lo reemplazara.
Esa distinción puede ser central. Un robot puede recordar una medicación, proponer una actividad o responder durante una noche en la que no hay nadie más despierto, pero no puede sustituir una visita, una amistad o la sensación de formar parte de una comunidad. El riesgo aparece cuando una tecnología pensada para reforzar los vínculos termina justificando su ausencia.
Para acompañar de manera personalizada, estos sistemas también necesitan información. Horarios, hábitos, conversaciones, medicamentos, rutinas de sueño, cambios en el estado de ánimo. Cuanto más aprende el dispositivo, más útil puede volverse, aunque también aumenta la cantidad de datos que recopila. Por eso, la privacidad aparece como uno de los grandes desafíos.
Un robot instalado dentro de una casa puede registrar parte importante de la vida cotidiana. Si analiza conversaciones o comportamientos, surgen preguntas inevitables: dónde se guardan esos datos, quién puede acceder a ellos y durante cuánto tiempo. La capacidad de advertir que alguien dejó de seguir una rutina puede ayudar a detectar un problema y también implica vigilancia.
El interés por estos robots no surge en el vacío. Las sociedades envejecen y cada vez más personas llegan a edades avanzadas viviendo solas, mientras los sistemas de cuidado enfrentan una demanda creciente. En ese escenario, una inteligencia artificial disponible las 24 horas parece una posibilidad atractiva. La evidencia disponible sugiere que estos dispositivos pueden ser útiles, pero todavía faltan estudios más grandes y de largo plazo.
Si una persona se siente menos sola porque conversa con una máquina, ese alivio puede ser real. Pero si la máquina ocupa ese lugar porque ya no hay suficientes personas alrededor, la tecnología también puede estar escondiendo otro problema. La discusión, entonces, no pasa por elegir entre robots o seres humanos, sino por decidir qué lugar queremos darle a la inteligencia artificial dentro del cuidado sin permitir que reemplace aquello que debería reforzar.
Con todo, un robot puede aprender nombres, hábitos y preferencias. Puede recordar una conversación y decir las palabras adecuadas. Lo que todavía no puede hacer es necesitar a la persona que tiene enfrente.

