¿Hablar por WhatsApp acerca o aleja a padres e hijos? Lo que revela un estudio sobre la comunicación familiar

Científicos revisaron diez investigaciones sobre mensajes de texto y redes sociales. Encontraron que pueden fortalecer los vínculos, pero también generar tensiones y conflictos.

Los mensajes de texto permiten mantener el contacto entre padres e hijos adolescentes, pero también pueden generar tensiones cuando aparecen los reclamos y la exigencia de respuestas inmediatas. Crédito: ABC.
Los mensajes de texto permiten mantener el contacto entre padres e hijos adolescentes, pero también pueden generar tensiones cuando aparecen los reclamos y la exigencia de respuestas inmediatas. Crédito: ABC.
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“¿Llegaste?”. “Avisame cuando salgas”. “¿Cómo te fue en el examen?”. Los mensajes de los padres a sus hijos adolescentes forman parte de la vida cotidiana. A veces reciben una respuesta inmediata, otras un simple «sí» y, en más de una ocasión, quedan sin contestar. Entonces llega otro mensaje. Y después otro. Lo que empezó como una pregunta puede terminar en una discusión. WhatsApp facilita la organización familiar y permite mantener el contacto cuando los chicos están fuera de casa. También genera situaciones que antes no existían: padres que esperan respuestas inmediatas, adolescentes que sienten que deben informar cada movimiento y conversaciones que se tensan por una notificación ignorada. ¿Hasta qué punto esta comunicación permanente mejora la relación entre padres e hijos?

Investigadoras de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, estudiaron el tema y encontraron que los mensajes digitales pueden favorecer la cercanía emocional, aunque sus efectos varían según el contenido de las conversaciones y las circunstancias en las que se producen. El trabajo, analizado por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, revisó diez investigaciones realizadas con familias estadounidenses. Los resultados muestran que no todas las formas de contacto digital se definen de la misma manera con la confianza, el afecto y los conflictos durante la adolescencia.

¿Qué investigaron y cómo lo hicieron? Las científicas revisaron estudios publicados entre 2011 y 2024 sobre la comunicación digital entre padres e hijos adolescentes. Los trabajos seleccionados incluían familias de Estados Unidos en las que los adolescentes convivían con sus padres. Analizaban distintas formas de contacto: mensajes de texto, llamadas telefónicas e interacciones a través de redes sociales.

Las autoras reunieron y compararon los resultados de trabajos anteriores para identificar qué relaciones aparecían entre el uso de esas tecnologías y la calidad del vínculo familiar. Uno de los aspectos que examinaron fue la cercanía emocional. Tres de los estudios encontraron que un mayor intercambio de mensajes privados estaba asociado con una mejor percepción de la relación entre padres e hijos.

En algunos casos, los adolescentes que escribían con mayor frecuencia a sus padres también manifestaban sentirse más cercanos a ellos y compartir más tiempo en familia. Los mensajes ofrecían una forma de contacto que podía mantenerse durante el día sin necesidad de coincidir físicamente. Preguntar cómo había salido una actividad, compartir una noticia o enviar unas palabras de apoyo eran situaciones que permitían sostener la comunicación incluso cuando cada integrante de la familia estaba ocupado con sus propias actividades.

También había una cuestión vinculada con la independencia de los adolescentes: el formato escrito les permitía elegir cuándo responder y manejar mejor sus tiempos. Sin embargo, los resultados eran diferentes cuando el teléfono se utilizaba para supervisar o controlar sus actividades.

Uno de los estudios incluidos en la revisión encontró que las llamadas realizadas para vigilar cuestiones escolares o cuando los padres estaban enojados se relacionaban con mayores niveles de conflicto familiar. El motivo del contacto tenía una importancia considerable.

Un mensaje para saber si un hijo llegó bien a destino puede ser recibido como una muestra de preocupación. Pero si durante una salida con amigos aparecen preguntas constantes sobre dónde está, con quién se encuentra o por qué tarda en responder, la comunicación puede convertirse en un motivo de malestar.

Las investigadoras observaron que las formas de contacto vinculadas con el apoyo emocional tendían a relacionarse con mejores vínculos que aquellas asociadas con discusiones o supervisión insistente. La adolescencia vuelve especialmente sensibles estas situaciones. Los chicos comienzan a reclamar mayor independencia, mientras sus padres conservan responsabilidades sobre su seguridad y bienestar.

El celular permite mantener el contacto aun cuando los hijos están lejos, pero también puede generar expectativas que no siempre coinciden. Para un adulto, recibir una respuesta puede ser una manera de quedarse tranquilo. Para un adolescente, contestar permanentemente puede interferir con el espacio que busca compartir con sus amigos. Estas diferencias ayudan a comprender por qué un intercambio que comienza con una preocupación legítima puede derivar en reproches de ambas partes.

Mensajes privados y redes sociales: no es lo mismo

La revisión también encontró diferencias según el medio utilizado para comunicarse. Los mensajes privados mostraron asociaciones relativamente favorables con la cercanía familiar. En cambio, los resultados sobre las interacciones mediante redes sociales fueron menos consistentes. Uno de los estudios identificó una relación entre una mayor frecuencia de contacto en esas plataformas y una percepción menos favorable del vínculo con los padres, especialmente con los padres varones.

En ese sentido, las autoras plantean que las características de cada espacio digital podrían ayudar a explicar esas diferencias. Un mensaje privado permite mantener una conversación entre dos personas. En una red social, en cambio, un comentario de un padre puede quedar expuesto frente a compañeros, amigos y conocidos del adolescente.

La presencia de otras personas modifica el contexto de la interacción. Un comentario que un adulto considera afectuoso puede resultar incómodo para su hijo si aparece debajo de una publicación que comparten sus amigos. De todas maneras, la revisión señala que todavía faltan investigaciones que permitan comprender mejor las diferencias entre madres, padres, hijas e hijos.

¿Qué pueden tener en cuenta las familias?

Los resultados deben interpretarse con algunas precauciones. Los diez estudios examinados fueron realizados en Estados Unidos y no permiten asegurar que las mismas asociaciones aparezcan en familias argentinas.

Además, las investigaciones no demuestran que enviar más mensajes mejore la relación ni que utilizar el teléfono para supervisar a los hijos provoque necesariamente conflictos. Es posible, por ejemplo, que las familias que ya mantienen una relación cercana tengan más conversaciones digitales porque existe una buena comunicación previa. Del mismo modo, algunas llamadas insistentes podrían aparecer como consecuencia de conflictos que comenzaron antes.

Las investigadoras destacan que la comunicación digital puede complementar el vínculo familiar, especialmente cuando padres e hijos pasan parte del día separados. Las conversaciones presenciales siguen teniendo un lugar importante y los mensajes no necesariamente las reemplazan.

El estudio tampoco establece una cantidad ideal de mensajes ni una frecuencia recomendada para comunicarse con los adolescentes. Lo que aparece en las investigaciones es una diferencia entre los intercambios que los chicos perciben como una forma de acompañamiento y aquellos que experimentan como una supervisión excesiva.

En muchas familias, la discusión empieza cuando un mensaje queda sin respuesta. El padre o la madre insiste porque se preocupa. El adolescente se fastidia porque siente que lo están controlando. Y una conversación que podría resolverse con un “llegué bien” termina ocupando buena parte de la noche.

Con todo, el estudio invita a prestar atención a esas situaciones cotidianas: qué se pregunta, cómo se hace y qué espera cada integrante de la familia cuando envía un mensaje. Porque detrás de una pantalla también se negocian la confianza, los límites y la independencia de los hijos.


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