
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas, el director de la Licenciatura en Historia de la UNQ, Guillermo Santos, explica: “El archivo constituye siempre un espacio fundamental de producción de conocimiento. Es la herramienta para que se preserven las huellas de las personas, las prácticas, los conflictos, las sensibilidades y las pulsiones del pasado. Lo que pasa es que esas huellas no hablan por sí solas, sino que deben ser contrastadas e interpretadas críticamente. El tema es que, sin la posibilidad de acceder a ellas por estar dañadas, las preguntas que tenemos se vuelven imposibles de responder”.
El Museo del Cine fue fundado en 1971, pero nunca tuvo una sede definitiva ni unificada. Funcionó en espacios como el Teatro San Martín, el Instituto Di Tella y el Centro Cultural Recoleta, además de otros edificios ubicados en las calles Sarmiento y Defensa y un galpón del Correo Argentino en Barracas. Al momento de la última mudanza, realizada entre fines de septiembre y los primeros días de octubre, el Museo funcionaba en tres edificios: uno ubicado en Paseo Colón, la sala de exhibición de Caffarena 49 y el depósito de Ministro Brin 615, en La Boca.
La docente e investigadora de la UNQ e integrante de la Asociación de Amigos del Museo del Cine, María Valdez, detalla a la Agencia: “El problema es histórico. El edificio en Paseo Colón se alquilaba, exigieron que se desaloje y lo mudaron a Parque Patricios. Preguntamos en reiteradas ocasiones si estaba en condiciones, nos dijeron que sí pero la realidad es que no. Por la información que nos pasaron desde el Museo, estaban cerrados los baños, no funcionaban ascensores ni montacargas y no había servicio de limpieza. Hay cosas que hay que tener muy limpias para poder trasladar los acervos, sino estos no se pueden desembalar”.
En esa mudanza, se trasladó material de conservación, de restauración, de digitalización y catalogación, depósitos de vestuario, guiones, escenografía, las maquinarias antiguas, fotos grandes y pequeñas, y las dependencias administrativas y la biblioteca. Según lo que se sabe, tras las fuertes lluvias, una de las cámaras de desagote no funcionó y provocó que se filtre agua en el galpón donde estaban los archivos aún sin desembalar. Valdez añade: “No sabemos cuánto archivo de la biblioteca fue dañado, ni cómo. Nos comunicaron que se está trasladando el material del primer piso al segundo para evitar que se moje más con las inundaciones. El daño final lo sabremos una vez que termine de llover”.

Por su parte, Santos define: “Hay cosas que no se pueden controlar pero esto no fue una contingencia. Lo que hay que preguntarse es qué lugar ocupa la preservación del patrimonio documental y audiovisual. Preservar no equivale simplemente a guardar. Cuando uno habla de preservar supone identificar, inventariar, catalogar, restaurar cuando corresponde, regular temperatura y humedad, prevenir incendios e inundaciones”. Y agrega: “Todo esto exige una continuidad presupuestaria. Sin presupuesto es muy difícil porque implica una planificación de largo plazo y un protocolo ante emergencias que no se pueden realizar”.
Gisela Andrade, directora de la Maestría en Historia Pública de la UNQ, aporta: “El patrimonio cinematográfico es importante porque nos permite ver y pensar cómo las sociedades se narran a sí mismas. Su preservación requiere de inversiones económicas, físicas y técnicas específicas museográficas, archivísticas y de curaduría. La falta de garantías y condiciones en el nuevo edificio debería haber sido tenido en cuenta previo a su traslado ya que este archivo es una parte fundamental de la construcción de la memoria pública“. Además, la historiadora plantea que su preservación permite que investigadores, periodistas, estudiantes y el público en general puedan acceder a documentos que ayudan a reconstruir la historia nacional.
En esa línea, desde la Asociación de Amigos del Museo del Cine proponen que se vea al archivo cinematográfico como parte de la industria cultural y creativa. Valdez plantea: “Es memoria e información para la sociedad, insumo para los investigadores y la academia, pero también, como todo museo, podría traccionar turismo cultural, visitas de extranjeros y negocios locales que se beneficien de ello”.

