
La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes analizó el informe “De la soledad a la conexión social: cómo trazar un camino hacia sociedades más saludables”, elaborado por la Comisión sobre Conexión Social de la OMS y publicado en 2025. El documento parte de una idea que incomoda: la salud no es solamente ausencia de enfermedad, sino bienestar físico, mental y social. Y esa tercera pata, la social, fue durante demasiado tiempo la hermana pobre de la salud pública. Se habló de presión arterial, de colesterol, de tabaquismo, de sedentarismo. Mucho menos de quién te escucha, quién te llama, quién te acompaña o quién nota que hace días no salís de tu casa.
El dato central del informe explica que, entre 2014 y 2023, alrededor del 16 por ciento de la población mundial declaró sentirse sola. Es decir, casi una de cada seis personas. Las tasas más altas aparecen entre adolescentes de 13 a 17 años, con 20,9 por ciento, y jóvenes de 18 a 29 años, con 17,4 por ciento. Después siguen los adultos de 30 a 59 años, con 15,1 por ciento, y las personas de 60 años o más, con 11,8 por ciento. La soledad, entonces, no espera a la jubilación: también se sienta en el banco de la escuela, viaja en colectivo con auriculares y scrollea de madrugada.
No es lo mismo vivir solo que sentirse solo
La OMS distingue dos conceptos que suelen mezclarse. El aislamiento social refiere a una falta objetiva de vínculos, contactos o interacciones. La soledad, en cambio, es subjetiva: aparece cuando la cantidad o la calidad de las relaciones no alcanza para satisfacer la necesidad de conexión de una persona. Es decir, alguien puede vivir solo y estar bien. Otra persona puede tener familia, trabajo, grupos de WhatsApp, reuniones, redes sociales y, aun así, sentirse a la intemperie. La soledad no se mide por la cantidad de notificaciones. Se mide por la falta de vínculos significativos.
Ahí aparece una de las grandes paradojas modernas. Nunca hubo tantos medios para comunicarse y, al mismo tiempo, nunca hubo tanta evidencia sobre la desconexión humana. Se puede mandar un audio, hacer una videollamada, reaccionar con un corazón, comentar una historia y acumular cientos de contactos. Pero la conexión técnica no garantiza compañía real. El propio informe pide más investigación sobre el impacto de las tecnologías digitales, el trabajo remoto, las redes sociales y la inteligencia artificial en la desconexión social. No alcanza con culpar al celular; pero tampoco sirve hacer de cuenta que una pantalla es una plaza de barrio con mejor wifi.
La soledad tiene fama de problema emocional, pero la evidencia muestra que también impacta en el cuerpo. El informe de la OMS señala que la desconexión social se asocia con peor salud mental, mayor riesgo de enfermedad, muerte prematura y costos sociales y económicos significativos. También advierte que sus efectos van más allá del individuo: afectan comunidades y sociedades enteras.
La explicación biológica no tiene demasiado misterio. La soledad sostenida puede alterar el sueño, aumentar el estrés, afectar el sistema inmune, empeorar hábitos cotidianos y volver más difícil sostener rutinas saludables. No se trata de una noche triste ni de un domingo sin planes. El problema es la soledad crónica: esa sensación repetida de no tener a quién recurrir cuando algo se rompe.
Y como ocurre con casi todo en salud pública, no golpea a todos por igual. El organismo estima que la soledad es más frecuente en países de bajos ingresos, donde alcanza el 24,3 por ciento, frente al 10,6 por ciento en países de ingresos altos. También advierte que las personas con discapacidad, migrantes, refugiados, minorías étnicas, pueblos indígenas y población LGBTIQ+ tienen mayor riesgo de desconexión social. La soledad, queda claro, también tiene geografía, clase social y acceso desigual a redes de apoyo.
Argentina: la soledad también tiene rostro local
En Argentina, el tema no puede leerse solo con lentes globales. Hay que cruzarlo con envejecimiento, pobreza, jubilaciones, salud mental, viudez, transporte, inseguridad, urbanización y cuidados. El país no necesita importar la preocupación: ya tiene sus propias señales.
El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) publicó el trabajo “Las personas mayores en la Argentina actual: ¿vivir solo es un factor de riesgo para la integración social?”, dentro del Barómetro de la Deuda Social con las Personas Mayores. La investigación analiza cómo los arreglos residenciales, la salud, la vivienda, la capacidad de subsistencia y las redes familiares inciden en la integración social durante la vejez.
La Fundación Navarro Viola, que trabaja en programas para mejorar las condiciones de envejecimiento de personas mayores en situación de vulnerabilidad, también reúne recursos e informes sobre bienestar, inclusión social y personas mayores, incluido el Barómetro de la Deuda Social de las Personas Mayores 2024.
La advertencia es que vivir solo no equivale automáticamente a sentirse solo. Puede ser autonomía, deseo, costumbre o libertad. El problema aparece cuando la vida en soledad se combina con pobreza, enfermedad, viudez, pérdida de movilidad, miedo a salir, falta de transporte o ausencia de instituciones cercanas. Ahí la soledad deja de ser una elección íntima y se convierte en una encerrona social.
No alcanza con decir “salgan más”
La salida fácil sería cerrar con una receta de manual: únase a un club, llame a un amigo, vaya a caminar, adopte un perro. Todo eso puede ayudar. Pero si la OMS habla de salud pública es porque el problema no se resuelve únicamente con voluntad individual.
El informe propone cinco áreas estratégicas: políticas públicas, investigación, intervenciones, medición y datos, y compromiso social. Recomienda que los gobiernos desarrollen políticas nacionales para promover la conexión social, fortalezcan el liderazgo, mejoren el monitoreo, financien investigación, generen campañas de concientización y construyan una agenda global sobre el tema.
El punto más potente del informe no es que la soledad exista. Eso lo sabe cualquiera que haya atravesado una pérdida, una mudanza, una enfermedad, una separación o una crisis económica. Lo nuevo es que la OMS le pone escala, evidencia y agenda política. Dice que la conexión social no es un lujo sensible ni un accesorio del bienestar. Es una condición para vivir más y mejor.
Con todo, durante años se repitió que había que comer sano, caminar, dormir bien, evitar el tabaco y controlar el estrés. Todo sigue siendo cierto. Pero falta agregar algo bastante más humano: cuidar los vínculos también salva vidas. Porque la soledad no siempre grita. A veces apenas se sienta al lado, en silencio. Y para cuando alguien la ve, ya hizo demasiado daño.

