Negligencia animal: el abandono que ocurre delante de todos y casi nadie quiere ver

Perros solos, autos cerrados y salidas sin correa muestran formas cotidianas de descuido que los ponen en riesgo y también a la comunidad.

Pet friendly no significa dueño responsable. Crédito: Unsplash.
Pet friendly no significa dueño responsable. Crédito: Unsplash.
7 minutos

Hay una frase que muchos dueños de mascotas usan como salvoconducto moral: “Yo lo amo”. Pero el amor, cuando se habla de tenencia animal, no alcanza. No alcanza si un perro pasa diez horas solo en un departamento, ladrando hasta que todo el edificio conoce su angustia. No alcanza si queda encerrado en un auto mientras alguien “baja cinco minutos”. No alcanza si sale a la calle sin correa porque “es buenito” o “no hace nada”. La negligencia con mascotas no siempre tiene la forma brutal del abandono en la calle. A veces ocurre puertas adentro, en balcones, autos, ascensores, veredas y grupos de WhatsApp de consorcio.

En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, la médica veterinaria y especialista en comportamiento animal Silvia Vai, lo resume con una definición que debería estar pegada en cada heladera: “Tenencia responsable es dar a quien se tiene a cargo todo lo necesario para que su vida sea una vida que valga la pena vivir”.

La frase corre el eje de la discusión. Tener una mascota no es solo darle comida, agua y afecto. Tampoco es comprarle una cama linda, subir fotos tiernas o decir que es “parte de la familia”. Para Vai, la responsabilidad implica mucho más: “Además de alimento de buena calidad y agua, hay que brindar tiempo para enseñarle lo que esperamos de él, paseos por diferentes lugares que le permitan explorar, juegos e interacciones sociales con su especie y con la nuestra, atención médica, siempre en relación con la edad del individuo”. Todo eso, explica, preserva su salud física, mental y emocional.

Ladrido de sufrimiento

La médica veterinaria y especialista en comportamiento animal advierte que ciertos comportamientos que suelen leerse como simples molestias pueden ser, en realidad, señales de malestar. “Cuando el perro gime, ladra, aúlla o rasca la puerta al quedarse solo indica que no está en un estado de bienestar”, explica. Según detalla, esos signos pueden aparecer junto con otras conductas, como destructividad, persecución, saludos excesivos, autolesiones por lamido o rascado, miedos e incluso, en algunos casos, agresividad.

La mirada de Vai permite correr la discusión del fastidio vecinal hacia una pregunta más profunda: qué le pasa a ese animal cuando queda solo. Un perro que ladra durante horas no necesariamente está “portándose mal”; puede estar expresando angustia, miedo o frustración. Pero eso tampoco convierte al vecino en villano. Una persona que trabaja, descansa, estudia o cuida a un bebé no tiene por qué convivir todo el día con el sufrimiento sonoro de un perro ajeno.

Para Vai, cuando estos signos aparecen, no alcanza con retar al animal, encerrarlo en otro ambiente o intentar tapar el ruido. “Para ayudarlo es necesario que el médico veterinario realice el examen clínico etológico para diagnosticar el problema que presenta y decidir los pasos a seguir para ayudarlo a recuperar su bienestar y así su calidad de vida”, dice.

El problema de fondo es que el perro no es un electrodoméstico afectivo que se enchufa cuando el dueño vuelve a casa. “El perro pertenece a una especie social, por lo que no está adaptado a estar muchas horas sin compañía. Por supuesto puede acostumbrarse, pero no es lo ideal”, advierte la médica veterinaria. La recomendación, entonces, no pasa solo por comprar juguetes o dejar la radio prendida. Pasa por organizar la vida cotidiana de una manera compatible con el bienestar del animal.

Según la especialista, lo mejor es “organizar los horarios para que no esté muchas horas solo a diario” y ofrecerle actividades que pueda realizar durante la ausencia de sus tutores. Por ejemplo, juegos que le permitan buscar un alimento palatable o encontrar su juguete preferido. Pero Vai también deja una frase para muchas personas que quieren tener perro aunque casi no estén en sus casas: “Si la persona pasa muchas horas fuera de la casa, quizá el perro no es la mejor opción para convivir”.

La idea puede sonar antipática en tiempos de cultura pet friendly, pero es central. Tener una mascota no debería ser una decisión tomada solo desde el deseo humano de compañía. También debería incluir una pregunta previa, bastante menos romántica: ¿puedo darle a este animal una vida razonablemente buena?

Autos cerrados, perros sin correa y riesgos evitables

La escena del perro solo en un departamento es apenas una parte del problema. La negligencia también aparece cuando un animal queda encerrado dentro de un auto, con la ventanilla apenas abierta, mientras el dueño hace un trámite, compra algo o saluda a alguien. “Son cinco minutos”, suelen decir. Pero un vehículo puede convertirse rápidamente en una trampa de calor: el perro no tiene cómo salir, no puede regular bien la temperatura y queda expuesto a un riesgo que era completamente evitable. No se trata de un descuido menor, sino de una forma clara de irresponsabilidad.

Después está el capítulo callejero: el perro sin correa. Esa escena tan habitual de “quedate tranquila, no hace nada”. El problema es que esa frase no alcanza para prevenir accidentes. Un perro puede asustarse por una moto, correr detrás de una bicicleta, reaccionar ante otro animal, saltar sobre una persona, cruzar una avenida, comer algo peligroso o perderse. Incluso un perro dócil puede actuar de manera imprevisible frente a un estímulo inesperado.

Vai es contundente sobre este punto: “El perro debe estar siempre con pretal y correa en la vía pública para cumplir la ley y, al mismo tiempo, prevenir eventos indeseables”. Entre esos riesgos menciona que cruce la calle y pueda ser atropellado, que salte sobre una persona adulta o un niño, que coma algo que le cause daño o que interactúe con otros perros y moleste al tutor de ese animal. La correa, entonces, no es una humillación para el perro ni una exageración del vecino: es una medida básica de cuidado.

La tenencia responsable no termina en la correa. Vai recuerda que también hay gestos básicos de convivencia, como juntar las heces del perro, “no solo para mantener limpio, sino también porque si está parasitado puede eliminar huevos o larvas de parásitos que, al madurar en el ambiente, pueden afectar a otro perro o a personas, principalmente niños”. También advierte que hay que evitar que los animales orinen en veredas o rejas de casas, porque eso genera problemas a los vecinos. La mascota no vive en una burbuja afectiva con su dueño: comparte veredas, plazas, ascensores, paredes, olores, ruidos y riesgos con otras personas. Por eso, cuidar no es solo alimentar y acariciar; también es prevenir daños, respetar el espacio común y hacerse cargo de las consecuencias de esa convivencia.

Eso no significa que un perro nunca pueda estar suelto. En ese sentido, la especialista aclara que hay lugares aptos para eso, siempre que el animal tenga un comportamiento equilibrado y buenas relaciones sociales. El problema aparece cuando se naturaliza llevarlo sin correa en cualquier contexto o cuando se usa una excusa frecuente: que el perro tironea. “Muchos perros van sueltos porque tironean de la correa. Cuando esto sucede hay que buscar la causa de la conducta; para ello, la consulta con el veterinario especialista es la opción más indicada”, afirma.

Con todo, tener una mascota también implica aprender a convivir con otros. No alcanza con resolver la relación puertas adentro: el cuidado se mide en la casa, pero también en la vereda, en el ascensor, en la plaza y en el vínculo con los vecinos. Una tenencia responsable no debería dejar al animal librado a su angustia ni a la comunidad obligada a soportar las consecuencias.


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