
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, Federico Pavlovsky, psiquiatra especialista en consumos problemáticos, analiza: “Estamos presenciando una de las campañas de publicidad e instalación de productos en la población más agresiva de la historia. La publicidad de las apuestas en línea tiene un impacto social en términos de calidad de vida y salud mental porque normaliza el mundo de las apuestas y lo fusiona con la pasión que sentimos y vivimos con el fútbol”.
Y agrega: “Se trata de un procedimiento social para monetizar a las infancias, de vender y normalizar productos de los adultos para los más chicos. No tengo duda de que la estrategia ha sido conquistar al público futbolero más joven. En este contexto de crisis social e individualismo, las apuestas llegaron en el momento perfecto y lograron su cometido. Según las encuestas, aproximadamente el 20 por ciento de los chicos en las escuelas están apostando”.
Tal fue el avance de las apuestas en línea que incluso el propio fútbol es mirado de reojo. En un mercado donde se apuestan hasta las tarjetas amarillas, cualquier falta que comete un jugador es sinónimo de sospecha. Incluso, en 2023 la autoridad de la liga estadounidense de fútbol le pidió a los reguladores estatales del juego que las eliminen de las plataformas.
“Las apuestas sobre tarjetas amarillas y rojas son más susceptibles a la manipulación porque un solo jugador puede controlar más fácilmente el resultado de la apuesta”, dijo Don Garber, la máxima autoridad del fútbol en Estados Unidos, a través de una carta abierta. Sin embargo, su petitorio tuvo poco éxito y en EE.UU. se pueden apostar la cantidad de tarjetas durante el Mundial.
Tal es así que hasta un delantero que disputa el Mundial con Costa de Marfil, Elye Wahi, tiene una causa abierta en Francia por provocar una tarjeta amarilla de forma intencional durante el encuentro entre Niza y Metz. Aunque fue arrestado a fines de mayo, el atacante africano fue liberado.
Los más vulnerables
Más allá de la cuestión ética y moral, lo cierto es que hay personas que apuestan para entretenerse. Sin embargo, en un contexto de falta de trabajo y crisis económica, pegarle a un resultado puede definir un plato de comida o el abono de un servicio.
“En nuestro país comienza a aparecer un tipo de apuestas que poco tiene que ver con la diversión o el sentido de pertenencia, sino con la búsqueda mágica y con la ilusión de ser el elegido para salvarte. Apostar un tiro libre, una falta o un resultado parcial es la apuesta del desesperado”, destaca Pavlovksy.
Más allá del sentido común, un estudio de la ONG ‘Apostar no es un juego’ demostró que en los sectores más pobres se apuesta mayor cantidad de dinero que en sectores más acomodados. En este aspecto, subraya el psiquiatra, “las apuestas son un indicador de sufrimiento social porque representan un atajo ilusorio, estimulado y promovido todo el tiempo por los medios de comunicación”.

