
En 1776, Adam Smith publicó “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”. A raíz de este 250° aniversario y en ocasión de la efeméride, emergieron diversas contribuciones en medios periodísticos de Argentina, cuyos autores expresan el más amplio abanico dentro del pensamiento económico. Desde Axel Kicillof, hasta Javier Milei, pasando por el dirigente político Marcelo Ramal emitieron sus opiniones al respecto.
La obra constituye uno de los hitos fundamentales de la historia del pensamiento económico y, llamativamente, es entronizada, aún en la actualidad, por representantes de las posiciones más antagónicas dentro del espectro teórico de la disciplina. ¿A qué se debe esta recepción aparentemente contradictoria del texto de Adam Smith? ¿Se trata de un autor opaco en sus formas, incoherente en sus fundamentaciones, ambiguo en sus posicionamientos teóricos, o el problema va más allá?
Por un lado, es innegable que en muchos casos el autor escocés, ante problemas teóricos específicos, parece adoptar, en vez de una explicación final, un abanico de posibles respuestas; por otro lado, Smith no es para nada titubeante al momento de descartar de plano varias de las explicaciones más difundidas sobre los fenómenos de la vida social que sobrevolaban su época. Sin embargo, la cuestión de la recepción tan elogiosa por escuelas antagónicas hasta el día de hoy creemos que obedece a razones más profundas que hacen necesarias las siguientes consideraciones.
¿Alentado por todas las hinchadas?
Existe en la actualidad un modo muy extendido de abordar la historia del pensamiento económico que parte de dos convicciones inamovibles. En primer lugar, se suele considerar que los debates acerca de las categorías fundamentales de la ciencia (mercancía, valor, dinero, precio, ganancia, etc.) ya se encuentran plenamente saldados, de modo que la enseñanza de la disciplina puede y debe realizarse a través de manuales en los que se despliega sintéticamente un único cuerpo de explicaciones para todas ellas, a saber, las de la escuela marginalista.
En segundo lugar, y como resultado inseparable de lo anterior, esta ortodoxia también considera algo natural, es decir, exento de controversias, su modo de recortar “lo económico” como objeto de estudio separado del análisis del resto de los aspectos de la vida social.
El problema con este enfoque es que dentro de las explicaciones que Smith descarta de plano se encuentra la tesis fundamental de la escuela marginalista que relaciona el valor de las mercancías con su utilidad y escasez. Asimismo, el texto de Smith implica un profundo rechazo al recorte que el enfoque dominante erige como objeto de la ciencia y por tanto, a su punto de partida: el momento del intercambio. De hecho, Smith se ocupa de demostrar, en la introducción y en los primeros capítulos claves de su obra, que el problema a investigar es cómo se organiza “el trabajo anual de la nación”, hasta el punto de reconocer a cada mercancía, en primer lugar, como una porción de este trabajo de la sociedad y recién a partir de ahí procede a abordar su expresión en el momento del intercambio en el mercado.
Por esto, si no se está dispuesto a reabrir el debate sobre las categorías fundamentales y, con ello, a someter a crítica hasta el recorte mismo de “lo económico” que hoy es dominante, sólo queda un camino abierto respecto de La riqueza de las naciones. Este camino consiste en recortar alguna frase que exteriormente parezca resonar dentro del canon actual, proclamar la filiación de dicho canon con el genio de Smith y nunca, pero nunca, volver a abrir el libro del escocés.
No en vano, las historias del pensamiento producidas en el seno del enfoque dominante están orientadas a sustituir en vez de estimular la lectura directa de las grandes obras fundacionales, aun hasta las de sus propios pioneros como L. Walras, S. Jevons, o K. Menger. De hecho, si no se acepta el desafío de debatir esas cuestiones profundas, la lectura directa de las grandes obras sólo puede tener un interés de carácter museológico o anecdótico, puesto que lo que se considera verdaderamente científico de cada texto original ya habría pasado al manual de un modo más didáctico y ajustado al lenguaje moderno de la economía.
El desafío de una lectura crítica
En este mundo de interpretaciones de La riqueza de las naciones “al gusto” de la actual ortodoxia y su historia del pensamiento museológica desfilan anacronismos de los más variados y en las direcciones más contradictorias entre sí: Smith como padre del neoliberalismo (M. Friedman) y, al mismo tiempo, como un socialista irredento (S. Rothbar), pero también como el fundador de la microeconomía (P. Samuelson y W. Nordhaus).
Todos estos abordajes olvidan que Smith no está polemizando con Lenin, con Keynes, con los monetaristas, con el estado de bienestar, con Thatcher o (para citar ejemplos autóctonos) con Martínez de Hoz, o con el peronismo. Smith está teorizando en contraposición con las ideas escolásticas del “precio justo” y de la usura como pecado, con los mercantilistas que veían en el comercio la fuente de riqueza y con los fisiócratas que sólo aceptaban como creación de valor a la producción agraria. Por eso, poner como punto de partida de la ciencia económica la pregunta acerca de cómo se organiza el trabajo de la sociedad es, por parte de Smith, una jugada a varias bandas y una profunda toma de posición desde el punto de vista teórico.
En contraposición con aquel enfoque ortodoxo de la historia del pensamiento económico, para quienes están dispuestos a asumir la tarea de volver a pensar y debatir las categorías fundamentales desde su raíz -aunque ello implique someter a discusión las explicaciones que la mayoría de los más reconocidos economistas suelen dan por sentadas y con las que generalmente se han venido formando por largos años- La riqueza de las naciones constituye una caudalosa fuente de teoría económica.
Allí Smith intenta desplegar sus ideas acerca de la profunda transformación histórica que lo tiene como testigo (lo que le otorga un mérito adicional), y de la cual habría de surgir un nuevo sistema que el autor sintetiza como “sociedad comercial” (en contraposición a la anterior “sociedad tradicional”) y sobre la cual se propone encontrar sus leyes de funcionamiento específicas.
Más allá de los tropiezos y las idas y vueltas teóricas que el desarrollo pionero de Smith va inevitablemente sufriendo en estos capítulos seminales, su obra contiene un profundo análisis de la mercancía, cuyo resultado es una primera formulación de la teoría del valor basada en el trabajo, que más tarde David Ricardo intentaría perfeccionar y terminaría por constituirse en el núcleo de la economía política clásica.
Para quienes estén dispuestos a asumir el desafío de la lectura crítica de las grandes obras, el libro de Smith, escrito en la Escocia del siglo XVIII, obliga a preguntarse a fondo en qué consiste el capitalismo y, en este sentido, es también una invitación a cuestionarnos, en tanto que formamos parte de la sociedad capitalista, qué somos nosotros, aquí y ahora, en un país a miles de kilómetros y a 250 años de distancia. Allí reside la profundidad y la vigencia del desafío lanzado por Smith en La riqueza de las naciones.

