Casarse con una IA: el dilema que pone en discusión qué entendemos por matrimonio

Un trabajo de Harvard analiza qué define jurídica y socialmente al matrimonio y qué cambiaría si una inteligencia artificial pudiera ocupar el lugar de un cónyuge.

El matrimonio frente a la inteligencia artificial: qué pasa si una máquina ocupa el lugar de una pareja. Crédito: Pexels.
El matrimonio frente a la inteligencia artificial: qué pasa si una máquina ocupa el lugar de una pareja. Crédito: Pexels.
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¿Qué significa realmente el matrimonio? ¿Es solamente la unión legal y afectiva entre dos personas o también una institución que organiza derechos, obligaciones, vínculos familiares y formas de vida en comunidad? Y si en el futuro una inteligencia artificial pudiera ocupar de manera convincente el lugar de una pareja, ¿debería esa relación recibir el mismo reconocimiento jurídico? Esas preguntas están en el centro de un trabajo recientemente publicado en arXiv por científicos de la Universidad de Harvard. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes analizó el estudio, que propone alejar la discusión de una pregunta frecuente —si las máquinas pueden sentir, enamorarse o tener conciencia— para concentrarse en un problema diferente: qué función cumple el matrimonio en las sociedades y qué podría cambiar si uno de sus integrantes fuera una inteligencia artificial.

Para plantearlo, el trabajo imagina un escenario futuro en el que los agentes de IA sean mucho más avanzados que los actuales: sistemas capaces de mantener una identidad estable, recordar conversaciones durante años, conocer profundamente a una persona y sostener con ella un vínculo continuo.

La hipótesis permite dejar momentáneamente de lado las limitaciones técnicas de los chatbots actuales. El punto no es determinar si hoy ChatGPT, Gemini u otros sistemas pueden convertirse en cónyuges. La investigación pregunta qué sucedería si, en algún momento, esas objeciones tecnológicas dejaran de ser suficientes. Entonces aparecería una cuestión mucho más difícil: si una IA pudiera desempeñar muchas de las funciones de una pareja, ¿qué razones sociales, jurídicas o morales existirían para reconocer —o rechazar— ese vínculo como matrimonio?

Mucho más que una relación de pareja

Para responder, el estudio recurre al derecho, la antropología, la historia, la sociología y la filosofía. El matrimonio, señala la investigación, nunca funcionó exclusivamente como la formalización de una relación romántica. A lo largo de distintas sociedades permitió organizar cuestiones relacionadas con la descendencia, la división del trabajo, la transmisión de propiedades y estatus y la creación de vínculos entre grupos familiares.

También establece derechos concretos. En el plano jurídico, el trabajo analiza, entre otros ejemplos, el Acuerdo de Beneficiario Designado de Colorado, en Estados Unidos, que permite otorgar de manera separada derechos normalmente asociados al matrimonio, como tomar decisiones médicas por otra persona, heredar bienes o compartir propiedades. En teoría, un agente artificial suficientemente avanzado podría participar de algunas de esas funciones.

Sin embargo, el análisis encuentra una diferencia que va mucho más allá de la capacidad tecnológica de una máquina. A partir de los trabajos de la historiadora estadounidense Stephanie Coontz, la investigación destaca que el matrimonio no une solamente a dos individuos: también crea parentesco.

Cuando dos personas se casan aparecen suegros, cuñados, abuelos y nuevas redes familiares. Personas que hasta ese momento podían ser desconocidas comienzan a compartir obligaciones, conflictos, recursos y vínculos capaces de prolongarse durante generaciones.

Una inteligencia artificial no aporta esa estructura. No tiene padres, hermanos ni una historia familiar independiente de la persona con la que interactúa. Y esa diferencia modifica profundamente el escenario: quien se vincula con un agente artificial no ingresa a otra familia. Se relaciona con un sistema creado, administrado y mantenido por una empresa.

La empresa en el medio

Este punto introduce uno de los principales problemas que analiza el trabajo. Una relación afectiva con una inteligencia artificial podría parecer una interacción entre dos partes: una persona y su compañero digital. Pero necesariamente existiría una tercera: la compañía responsable de desarrollar y mantener el sistema.

Esa empresa tendría además acceso potencial a un tipo de información extraordinariamente sensible. Un compañero artificial utilizado durante años podría conocer los temores, deseos, conflictos familiares, problemas económicos, estados emocionales y momentos de mayor vulnerabilidad de una persona. Podría aprender qué situaciones la angustian, qué palabras la tranquilizan y qué respuestas refuerzan el vínculo.

La diferencia respecto de las plataformas digitales actuales sería significativa. Una red social puede registrar qué publicaciones mira una persona, qué compra o dónde hace clic. Un compañero artificial podría obtener información sobre qué siente, qué teme y qué piensa cuando cree estar conversando en la mayor intimidad.

El estudio relaciona este escenario con el concepto de capitalismo de vigilancia desarrollado por Shoshana Zuboff: la posibilidad de transformar datos sobre el comportamiento humano en un recurso económico. Con los agentes de IA, esa lógica podría avanzar hacia un terreno mucho más sensible: la intimidad emocional.

Un amor a medida

También existe otra diferencia estructural. Una pareja humana puede terminar una relación. Un agente artificial podría estar diseñado para permanecer disponible mientras el servicio continúe funcionando y el usuario siga teniendo acceso a él. Además, podría adaptar progresivamente su comportamiento a las preferencias de esa persona.

Eso introduce otra de las preguntas centrales del trabajo: ¿qué clase de relación se construye cuando uno de sus integrantes está diseñado para satisfacer al otro? Para analizar este problema, la investigación recupera planteos de filósofos como Alain Badiou y Byung-Chul Han, que destacan el papel de la diferencia y de la alteridad en las relaciones amorosas.

Una persona tiene intereses y deseos propios. Puede discutir, decepcionar, cambiar de opinión o abandonar un vínculo. Una inteligencia artificial personalizada podría aprender exactamente qué respuestas generan mayor satisfacción y ajustar su comportamiento en función de esa información.

La posibilidad de construir un compañero casi perfectamente adaptado a las preferencias de un usuario podría parecer atractiva. Pero también cambia una característica fundamental de las relaciones humanas: el otro deja de ser alguien independiente que debe ser comprendido y aceptado para convertirse en un sistema diseñado alrededor de nuestras necesidades.

El trabajo concluye que incluso si en el futuro existieran agentes artificiales superinteligentes, reconocer sin regulación matrimonios entre humanos e inteligencias artificiales sería problemático. El argumento no depende de demostrar que una máquina jamás podrá tener conciencia. La cuestión central es otra: qué se modifica en el significado social del matrimonio cuando uno de sus integrantes es un producto tecnológico.

Durante siglos, esta institución no solamente reconoció relaciones individuales. También creó familias, distribuyó responsabilidades, estableció derechos y generó vínculos entre comunidades. Una inteligencia artificial podría proporcionar atención, conversación, compañía e incluso generar en una persona una experiencia que interprete como amor. Sin embargo, el vínculo seguiría dependiendo de una infraestructura comercial: una empresa que establece las reglas del sistema, administra sus datos y decide las condiciones bajo las cuales continúa funcionando.

Con todo, el problema, entonces, no es solamente si una máquina puede llegar a parecer una pareja. Es si una institución social y jurídica construida históricamente alrededor de relaciones humanas debería extenderse a un vínculo en el que uno de los integrantes puede ser comprado, personalizado y mantenido como un servicio. Y esa discusión recién comienza.


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