El “freno” de la picazón: ¿por qué el cerebro sabe cuándo ya fue suficiente rascarse?

Un nuevo estudio sugiere que ciertos receptores del tacto activan un apagado central cuando se alcanza el alivio. La pista abre terapias más concretas.

La ciencia encontró el botón de “basta de rascar”. Créditos: iStock.
La ciencia encontró el botón de “basta de rascar”. Créditos: iStock.

Hay una coreografía conocida: aparece la picazón, la mano va sola, rascamos… y de golpe llega ese microsegundo de paz en el que el cuerpo decide “listo”. ¿Quién decide ese “ya está”? ¿El cerebro? ¿La piel? ¿La voluntad? ¿Un duende en la uña? Es biología pura. 

Científicos de la Universidad de Lovaina, Bruselas, analizaron ese misterio cotidiano —el que aparece en medio de una clase, un partido, o la fila del kiosco— y encontró una pista fuerte: habría un mecanismo interno que funciona como freno del rascado. No un freno moral (“portate bien”), sino biológico (“basta porque ya alcanzó”). El trabajo, al que la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso, se acaba de presentar en la 70ª Reunión Anual de la Biophysical Society.Y el protagonista tiene nombre de contraseña de WiFi: TRPV4.

TRPV4 es lo que los científicos llaman un canal iónico. Para entenderlo sin marearse es correcto imaginarse que una neurona (una célula nerviosa) es una casa. En esa casa hay puertas. Puertas microscópicas. Y por esas puertas entran y salen “mensajitos eléctricos” que le dicen al sistema nervioso: esto está caliente, esto duele, esto roza, esto pica. TRPV4 sería una de esas puertas. Una compuerta.

¿Por qué importa? Porque desde hace tiempo se discute si TRPV4 tiene algo que ver con la picazón, sobre todo con la picazón que no se va más: la del eccema (dermatitis atópica), la psoriasis, y otras enfermedades donde el cuerpo entra en modo “me pica todo” y la vida se vuelve un capítulo eterno. Pero había un problema en estudios anteriores: cuando “apagaban” TRPV4, lo apagaban en todo el cuerpo. En la piel, en vasos sanguíneos, en tejidos. Era como cortar la luz de toda la cuadra para descubrir quién tenía la tele prendida.

Entonces el equipo decidió trabajar con ratones a los que les quitaron TRPV4 solo en las neuronas sensoriales, las que llevan información desde la piel hacia la médula espinal y el cerebro. Con ese truco, pudieron preguntar algo mucho más claro: ¿qué pasa con el rascado si el canal falta justo en las neuronas?

Para observarlo, combinaron herramientas genéticas que les permitieron borrar TRPV4 justo donde querían, con imágenes de calcio —una técnica que muestra a las neuronas “encendiéndose” cuando se activan— y con pruebas de comportamiento para medir, en la práctica, cuánto y cómo se rascaban los animales. Con ese enfoque encontraron algo clave: TRPV4 aparecía en neuronas típicas del tacto, las que registran roces suaves, y también en otros grupos de neuronas vinculadas a las vías de la picazón y el dolor. En otras palabras, el canal estaba ubicado justo en el punto donde el rascado se convertía en señal para el sistema nervioso.

Un hallazgo que puede cambiar tratamientos

La picazón crónica no es un chiste. No es “ay, me pica”. Puede arruinar el sueño, el ánimo y la concentración. Y encima traer un problema extra: el famoso círculo vicioso. La cosa suele empezar con una picazón, seguir con el rascado, después viene la piel lastimada, la inflamación sube y, como si faltara algo, la picazón vuelve con más fuerza. Un loop. Un video en repetición. Y cuando el “freno” del rascado no funciona bien, ese loop se pone más cruel: más lesión, más inflamación, más picazón.

Por eso el hallazgo resulta importante ya que sugiere que el cuerpo no sólo tiene “aceleradores” de la picazón, sino también frenos. Y ahí aparece un detalle clave para pensar futuros tratamientos: TRPV4 puede tener una doble función según dónde esté.  En ciertas células de la piel, podría ayudar a disparar la picazón. Pero en las neuronas, podría ayudar a contenerla y a decir “basta”. En ese sentido, el camino no sería bloquear el TRPV4 a lo bruto, sino encontrar formas más específicas, quizá actuando en la piel sin romper la señal que le dice al sistema nervioso cuándo parar.

Con todo, el trabajo puede cambiar la forma de mirar la picazón, ya no como una molestia menor, sino como un diálogo constante entre la piel y el cerebro, hecho de cables microscópicos, compuertas, frenos y fallas posibles. Porque a veces el problema no es que alguien se rascara “demasiado”. Es que su cuerpo no está recibiendo el mensaje más simple del mundo: “listo, ya alcanzó”.


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