Bóveda del fin del mundo en Noruega: cómo Svalbard protege las semillas que podrían sostener la comida del futuro

Un banco ártico resguarda más de 1,3 millones de muestras y funciona como respaldo científico ante guerras, desastres y pérdida genética.

Svalbard: el banco de semillas que protege al planeta. Créditos: Seedvault.

En el mapa parece el borde del mundo. En la práctica, funciona como una copia de seguridad de la agricultura global. La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, excavada dentro de una montaña en el archipiélago noruego de Svalbard, guarda hoy más de 1,3 millones de muestras enviadas por 123 instituciones de todo el planeta. No es una extravagancia nórdica ni un capricho apocalíptico: es un seguro biológico. Un respaldo para el día en que una guerra, una inundación, un incendio, un apagón o una mala decisión política dejen a un país sin parte de su memoria agrícola.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso al estudio “Global Ex-Situ Crop Diversity Conservation and the Svalbard Global Seed Vault: Assessing the Current Status”, publicado en PLOS ONE, donde los investigadores definen a la bóveda como una póliza de seguro frente a pérdidas graduales o catastróficas de las colecciones originales. Allí se explica, además, que el sistema ofrece almacenamiento gratuito de duplicados procedentes de bancos genéticos de todo el mundo.

La escena impresiona porque el lugar parece hecho para durar. La bóveda abrió en 2008, tiene capacidad para 4,5 millones de muestras, fue cavada al final de un túnel de 100 metros dentro de la roca y aprovecha el permafrost del Ártico para mantener condiciones naturalmente frías incluso si falla la refrigeración artificial. Un trabajo publicado en 2018, en el décimo aniversario del proyecto, remarcó justamente eso: Svalbard fue elegida porque combina aislamiento, estabilidad y una ventaja geológica que ningún laboratorio urbano puede copiar con facilidad.

Un freezer contra el olvido

La tentación de venderla como “la bóveda que salvará a la humanidad” es fuerte. Pero la ciencia obliga a bajarle un punto a la épica. Svalbard no contiene “todas las semillas del mundo”, sino aquellas especies de importancia alimentaria y agrícola con semillas ortodoxas, es decir, capaces de secarse y seguir vivas durante años a muy baja temperatura. Por eso allí no entran, por ejemplo, café, cacao, coco o mango, y tampoco cultivos como papa o banana, que requieren otras estrategias de conservación.

Aun con ese límite, lo que guarda sigue siendo monumental. Porque cada caja no conserva comida: conserva posibilidades. Rasgos genéticos que tal vez hoy parecen irrelevantes, pero mañana pueden ser decisivos para enfrentar una plaga nueva, una sequía más larga o temperaturas más extremas. Un artículo publicado en PNAS en 2023 lo planteó sin vueltas: los recursos genéticos de las plantas contienen la variación indispensable para ampliar la diversidad de cultivos y, si se quieren sistemas alimentarios más resilientes, esa diversidad tiene que estar disponible y accesible en bancos genéticos bien gestionados.

En Noruega se guardan las semillas del mundo y se cuida la biodiversidad. Crédito: Seedvault.
En Noruega se guardan las semillas del mundo y se cuida la biodiversidad. Crédito: Seedvault.

La comida del mundo se achica y ahí aparece el verdadero problema. En los últimos decenios, la agricultura global produjo más, pero se volvió más parecida a sí misma. Un estudio clásico publicado en PNAS, mostró que entre 1961 y 2009 los suministros alimentarios nacionales se hicieron cada vez más homogéneos. La homogeneidad global aumentó 16,7 por ciento y la variación entre países cayó de manera marcada, impulsada por una dependencia creciente de unos pocos cultivos dominantes. En otras palabras: el mundo amplió su producción, pero estrechó su base biológica.

Ese dato parece técnico, pero pega en el corazón del asunto. Cuando demasiados países dependen de un puñado de especies, el sistema alimentario gana eficiencia y pierde cintura. Se vuelve más vulnerable a enfermedades, eventos climáticos y shocks geopolíticos. Lo que Svalbard intenta preservar no es nostalgia botánica: es margen de maniobra.

Y la ciencia agrega otra alarma. Un trabajo publicado en Nature Plants en 2016 analizó 1.076 taxones de parientes silvestres de 81 cultivos y encontró que 29,1por ciento no tenía ninguna accesión conservada en bancos genéticos, mientras que otro 23,9 por ciento estaba representado por menos de diez. Esos parientes silvestres son clave porque pueden aportar genes de resistencia, adaptación y tolerancia que muchas variedades comerciales ya perdieron. El dato, traducido del lenguaje científico al castellano de todos los días, suena así: buena parte del futuro de la alimentación todavía está mal guardado.

Cuando el mundo ya tuvo que usarla

Lo más potente de Svalbard es que no se quedó en símbolo. Ya fue usada de verdad. Cuando la guerra civil arrasó Siria y el banco genético de ICARDA en Alepo dejó de poder operar, la bóveda dejó de ser una metáfora elegante y pasó a cumplir su función más concreta. Según la documentación oficial del proyecto, el instituto hizo retiros en 2015, 2017 y 2019 para reconstruir sus colecciones en Líbano y Marruecos. Fue la prueba más brutal de que una copia de seguridad no se diseña para decorar informes: se diseña para cuando la historia se rompe.

Por eso la bóveda fascina tanto. Porque en un tiempo obsesionado con la novedad, ese búnker helado recuerda una verdad bastante vieja: sin diversidad no hay futuro. La semilla parece poca cosa. Es chica, seca, silenciosa. Pero adentro lleva miles de años de selección, adaptación y conocimiento humano. Con todo, cuando el mundo se empeña en jugar a la monocultura, guardar esas diferencias bajo una montaña deja de ser una rareza escandinava. Se vuelve una forma de inteligencia.


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