A mediados de 1518, un poblado de Estrasburgo danzó sin control durante un mes. Cinco siglos después, especialistas indagan qué rol tuvo el estrés al desencadenar este curioso fenómeno.

Es julio y el calor abrazador no sorprende en la ciudad europea de Estrasburgo. A orillas del río Rin, esta ruidosa urbe del Antiguo Imperio Romano se llena con frecuencia de ferias y mercados. De pronto, una mujer que recorría una de sus estrechas calles comenzó a bailar. Así comenzó una vigilia de movimientos sucesivos que duraría casi un mes. No estuvo sola: otras 34 personas se unieron a la danza. Hacia fines de agosto ya eran 400 quienes bailaban salvajemente y sin control en toda la ciudad. Los reportes de los historiadores fueron compilados por John Waller, del Departamento de Historia de la Universidad de Michigan, y publicados en la revista Endeavour. Desde la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes exploramos cuáles fueron las causas que llevaron a esta particular epidemia que azotó luego a varias ciudades europeas.
A medida que el baile se apoderaba de las personas, Estrasburgo se paralizaba y los gobernantes se desesperaban. El problema era que quienes se veían afectados, bailaban sin detenerse para comer, beber o descansar, y esto se extendió por semanas. Según las crónicas de la época, decenas murieron debido al agotamiento. Fue en ese momento cuando los nobles recurrieron a los médicos de la época, quienes culparon a la “sangre caliente”. De acuerdo con los especialistas y el conocimiento del siglo XVI, esto llevaba a que el cerebro se sobrecalentara, lo que provocaba ira y locura. Para “enfriar” a los afectados, prescribieron más baile: desalojaron salones para que los bailarines realizaran sus movimientos sin interrupciones y sumaron músicos para que no cesaran.
Este abordaje llevó a que varios más murieran, y fue entonces cuando los gobernantes modificaron su estrategia. La sangre caliente no era el problema: se trataba de una maldición enviada por algún santo con pocas pulgas. Para revertirla, se prohibieron los juegos de azar y la prostitución. Además, los afectados fueron trasladados a un altar con bajorrelieves de San Vito, un joven mártir cristiano del siglo III invocado como protector contra enfermedades nerviosas. La epidemia finalmente remitió y las personas recuperaron el control de sus cuerpos.
La plaga del baile de 1518 no fue la única: se reportaron diez epidemias similares en diversas ciudades europeas. Todos los brotes se produjeron entre finales del siglo XIV a lo largo de los ríos Rin y Mosela. El Rin sirve de frontera entre Suiza, Liechtenstein, Austria, Alemania y Francia, mientras que el Mosela atraviesa Luxemburgo y el oeste de Alemania. La confluencia entre ambos ríos fue un importante centro cultural y comercial del Antiguo Imperio Romano.
Los brotes de baile compulsivo casi siempre se producían cerca de lugares afectados por episodios anteriores. Maastricht, Tréveris, Zúrich y Estrasburgo experimentaron dos o más episodios cada una. También existen varios informes de baile compulsivo posteriores a 1518, todos ellos ocurridos cerca del Rin, a poca distancia de Estrasburgo.
Las razones que explican el enigma
Una hipótesis indica que la danza era parte de un ritual flagelante: los bailarines se castigaban a sí mismos. Sin embargo, esta teoría presenta varias dificultades. En momentos de lucidez, los afectados pedían ayuda; no hay evidencia de un deseo de bailar. Las autoridades siempre consideraron a los afectados como víctimas de una posesión diabólica: de haber pertenecido a alguna secta, los hubiesen llevado ante la Inquisición, y no fue así.
Por otra parte, algunos especialistas buscaron una explicación química. El principal sospechoso es el cornezuelo, una especie de hongo que crece en los tallos húmedos del centeno. La falla de esta hipótesis radica en que las sustancias presentes en este contaminante pueden provocar convulsiones, pero no movimientos coordinados que duren días.
Las víctimas se encontraban en trance y con un estado alterado de conciencia. Psicólogos, neurólogos y antropólogos identificaron el sufrimiento psicológico grave como un factor que aumenta la probabilidad de que un individuo entre en este tipo de trance. Hubo graves hambrunas en Estrasburgo y sus alrededores a principios del siglo XVI: las inclemencias climáticas arruinaron las cosechas de cereales, frutas y verduras. Quienes más sufrieron fueron las clases bajas, cuya situación se veía agravada por los impuestos que los nobles habían comenzado a cobrarles. La hambruna golpeó con una fuerza terrible; hubo una gran mortalidad por desnutrición en 1517, y un cronista se refirió a ese período como “el mal año”.
Existe abundante evidencia del papel del estrés en el inicio del trance espontáneo. Los niños en escuelas estrictas, las monjas en conventos austeros y los trabajadores sometidos a duros regímenes fabriles han sido algunos de los más propensos a experimentar estados alterados de conciencia. El caso de los bailarines de Estrasburgo no resulta tan descabellado: quienes entran en trance suelen actuar según su cultura, y su comportamiento se ajusta a creencias y expectativas aceptadas. Bailaban porque creían en la ira de Dios y se sugestionaban por el miedo al hambre.
A finales del siglo XVII, la sociedad europea comenzó a encontrar explicación a los fenómenos naturales en la ciencia y la historia, y no tanto en la religión. Esto llevó a que las epidemias de baile desaparecieran. Más allá de las creencias y las curiosidades, la plaga de la danza tiene mucho que enseñar sobre los potenciales más extraordinarios del inconsciente humano.

