
“Nuestro trabajo es relevante porque el cannabidiol carece de los efectos psicoactivos asociados al cannabis, pero ha demostrado potencial terapéutico en diversas patologías neurológicas y psiquiátricas como la epilepsia, los trastornos de ansiedad y el dolor crónico. Por eso, comprender sus complejos mecanismos de acción permitiría orientar mejor sus futuras aplicaciones médicas”, señala Cecilia Bouzat, integrante del Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Bahía Blanca, en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes.
Y continúa: “Además, identificar cómo modifica el cannabidiol la función de un receptor que es clave en la comunicación entre neuronas, y que se encuentra asociado a diversos trastornos como esquizofrenia y Alzheimer, sirve de base para el diseño de nuevos fármacos dirigidos específicamente a este receptor”.
Por su parte, en conversación con la Agencia, Facundo Chrestia resalta: “Hoy en día hay compuestos que potencian a alfa-7, pero son tan exagerados que terminan teniendo un efecto más perjudicial que beneficioso. Entonces, la idea es encontrar un compuesto que lo potencie en su justa medida. Saber los efectos y el lugar donde se une el cannabidiol a esta molécula puede ser útil para buscar nuevas opciones más efectivas”.
Según la OMS, más de 57 millones de personas viven con demencia en el mundo y cada año se registran alrededor de diez millones de nuevos diagnósticos. En este sentido, la enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente y representa entre el 60 y el 70 por ciento de los casos. Incluso, diferentes estudios advierten que la cifra podría aumentar de forma significativa en los próximos años.
De la alegría a la tristeza
El artículo elaborado por los investigadores de la Universidad Nacional del Sur y la Universidad de Oxford fue fruto de la tesis postdoctoral de Chrestia, un joven de 35 años que realizó toda su trayectoria en la universidad pública, es primera generación de graduados e ingresó al Conicet con mucho esfuerzo. Unas semanas después de la publicación del trabajo, el investigador se transformó en uno de los 400 despedidos del principal organismo de ciencia y tecnología en el país.
“Ahora me quedé sin la beca y no me puedo dedicar todo el tiempo a la investigación porque tengo que hacer otras cosas para poder seguir subsistiendo. Me siento muy triste y muy defraudado, me duelen todas las palabras de este gobierno. Encima, nadie nos dice cómo seguir y el silencio es más doloroso. Mientras tanto, muchos investigadores tienen que abandonar la ciencia porque no les queda otra”, señala el bahiense.

