¿La forma de ser se hereda? Un nuevo estudio analiza el ADN de más de un millón de personas

Los científicos identificaron 1.260 variantes genéticas asociadas con la personalidad. Qué peso tienen los genes y el ambiente.

La personalidad tiene un componente genético, pero no existe un único gen que determine si alguien será extrovertido, responsable, ansioso o curioso. Crédito: Pexels.
La personalidad tiene un componente genético, pero no existe un único gen que determine si alguien será extrovertido, responsable, ansioso o curioso. Crédito: Pexels.
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Hay personas que entran a una reunión y a los cinco minutos ya hablaron con todos. Otras prefieren quedarse a un costado, mirar y escuchar. Algunas organizan cada detalle con semanas de anticipación. Otras pueden convivir perfectamente con plazos vencidos, decisiones improvisadas y agendas caóticas. Hay quienes se preocupan por casi todo. Y quienes parecen atravesar los problemas con una tranquilidad que desconcierta.

¿Por qué somos como somos? ¿Cuánto de nuestra personalidad se aprende y cuánto viene con nosotros desde el nacimiento? La ciencia intenta responder esa pregunta desde hace décadas. Ahora, el mayor estudio genético realizado hasta el momento sobre personalidad aporta nuevas pistas. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió al nuevo trabajo que reunió datos de 46 cohortes y de hasta 1,14 millones de personas. Los investigadores analizaron el ADN en busca de señales relacionadas con cinco grandes dimensiones de la personalidad.

El resultado fue un mapa mucho más amplio que todos los anteriores: identificaron 1.260 variantes genéticas asociadas con diferentes rasgos de personalidad. De ellas, 824 eran asociaciones nuevas. Pero el hallazgo viene con una advertencia fundamental. No existe un gen de la timidez. Tampoco uno que vuelva a alguien extrovertido, responsable o ansioso. La personalidad resulta de una combinación muchísimo más compleja.

Cinco rasgos para explicar cómo somos

Los científicos trabajaron con uno de los modelos más utilizados en psicología: los llamados “Big Five”, o cinco grandes rasgos de personalidad. Incluyen la extroversión, vinculada con la sociabilidad y la energía; la amabilidad, relacionada con la empatía y la cooperación; la responsabilidad, asociada con la organización y el autocontrol; el neuroticismo, que refleja una mayor tendencia a experimentar preocupación o emociones negativas; y la apertura a la experiencia, vinculada con la curiosidad, la imaginación y el interés por ideas nuevas.

Lo que hicieron fue buscar pequeñas diferencias en el ADN que aparecieran asociadas con puntuaciones distintas en esos rasgos. Y ahí apareció uno de los datos más contundentes del trabajo: las regiones genéticas estadísticamente significativas vinculadas con la responsabilidad pasaron de apenas 3 en investigaciones anteriores a 131 en este estudio. Para la amabilidad pasaron de 4 a 39; para apertura, de 8 a 126; para extroversión, de 14 a 258; y para neuroticismo, de 224 a 706.

El salto es enorme. Eso no significa, sin embargo, que existan 706 “genes del neuroticismo”. Significa que el comportamiento humano parece estar relacionado con una enorme cantidad de pequeñas diferencias genéticas, cada una con un efecto diminuto. Esa es, quizás, una de las conclusiones más interesantes. No hay en nuestro ADN un interruptor que determine si una persona será sociable, meticulosa, ansiosa o curiosa; sino miles de piezas. Cada una empuja muy poco, y aun sumándolas, los genes están muy lejos de explicarlo todo.

Las variantes genéticas comunes estudiadas permitieron explicar aproximadamente entre el 4,8 y el 9,3 por ciento de las diferencias observadas en los cinco rasgos. Los estudios clásicos realizados con familias y gemelos habían estimado una heredabilidad considerablemente mayor, cercana en muchos casos al 40 por ciento o más. La diferencia entre ambos resultados tiene que ver con la forma en que cada método captura la influencia genética. Pero ambas líneas de investigación coinciden en algo esencial: la personalidad tiene un componente heredable, pero no es un destino escrito en el ADN.

Entonces, ¿se nace tímido? No exactamente. Una persona puede nacer con ciertas predisposiciones, pero esas predisposiciones interactúan durante toda la vida con el ambiente. La crianza, la escuela, los amigos, la cultura, las relaciones, las experiencias buenas y malas: todo eso también interviene. Dos personas con predisposiciones genéticas parecidas pueden terminar desarrollando formas de ser bastante diferentes, y dos hermanos criados bajo el mismo techo tampoco viven exactamente las mismas experiencias.

Por eso, aunque la ciencia pueda detectar asociaciones entre determinadas variantes del ADN y ciertos rasgos, todavía está lejos de poder analizar el genoma de un bebé y anticipar qué personalidad tendrá cuando sea adulto. El propio estudio muestra, además, que no hay explicaciones biológicas simples. Los investigadores no encontraron evidencia suficiente para reducir grandes dimensiones de la personalidad a un neurotransmisor concreto o a un único grupo de células cerebrales. Ni serotonina, ni dopamina, ni un pequeño puñado de genes explican por sí solos por qué una persona es como es.

La personalidad también se conecta con la salud

El estudio no se quedó solamente en describir rasgos. Los investigadores analizaron también si las señales genéticas relacionadas con la personalidad aparecían asociadas con otros aspectos de la vida. Encontraron conexiones con variables vinculadas con la salud física y mental, distintos comportamientos, características sociales y otros resultados de vida. Eso abre una línea de investigación enorme.

Desde hace años se sabe, por ejemplo, que determinados rasgos de personalidad aparecen relacionados estadísticamente con cuestiones como el bienestar, algunas enfermedades, el tabaquismo, los vínculos sociales o determinadas conductas. La genética puede ayudar ahora a entender mejor por qué existen algunas de esas asociaciones.

Sin embargo, hay una diferencia importante: que dos características compartan parte de su arquitectura genética no significa que una cause necesariamente la otra. Tener determinadas variantes tampoco condena a nadie a una enfermedad, a un comportamiento o a una trayectoria determinada. La genética habla de probabilidades, no de destinos.

Tal vez ese sea el dato que mejor dimensiona la complejidad de la cuestión. Para avanzar de manera significativa en la genética de la personalidad, los científicos tuvieron que reunir información de más de un millón de personas. Y lo que encontraron fueron cientos de señales, muchas de ellas extremadamente pequeñas. Eso dice bastante sobre la personalidad humana. No parece existir una explicación única escondida en alguna región del ADN. Hay una red gigantesca de influencias biológicas que se combina, además, con todo lo que ocurre después de que nacemos.

Los genes pueden inclinar ligeramente la balanza y participar del punto de partida. Pero entre el ADN con el que llegamos al mundo y la persona en la que terminamos convirtiéndonos sucede, justamente, una vida entera.


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