Científicos analizan cambios cerebrales en hijos de personas con Alzheimer para su detección temprana

Aunque no es una enfermedad hereditaria, la genética constituye un factor de riesgo. Se estima que en Argentina la padecen 400 mil personas.

Equipo del Laboratorio de Cronofisiología del Biomed UCA-Conicet. Créditos: Universidad Católica Argentina.
Equipo del Laboratorio de Cronofisiología del Biomed UCA-Conicet. Créditos: Universidad Católica Argentina.
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Investigadores de la Universidad Católica Argentina (UCA) y del Conicet analizan modificaciones anatómicas y funcionales del cerebro en los hijos de las personas que padecieron Alzheimer con el objetivo de prevenir y diagnosticar de forma temprana la enfermedad. Aunque no se trata de algo hereditario (en este caso), la genética constituye un factor de riesgo. Según los especialistas, los cambios cerebrales se producen entre 20 y 30 años antes de la aparición de los síntomas. Por eso, el trabajo consiste en descifrar qué patrones son los que permiten anticiparse a una futura enfermedad. Lejos de ser algo personal y privado, se trata de un problema de salud pública que hasta el momento no cuenta con tratamientos efectivos ni cura. De acuerdo a las estadísticas, se estima que en Argentina la padecen 400 mil personas y que existen 40 millones de casos en el mundo. 

“Nos interesa avanzar en el diagnóstico temprano del Alzheimer porque cuando uno sabe del riesgo de tener la enfermedad, puede planificar el trabajo, las finanzas, las relaciones familiares. Da un margen mayor para la autonomía y la capacidad de acción. El desafío es diseñar una droga que permita ralentizar la enfermedad cuando el cerebro todavía está sano”, explica Carolina Abulafia, investigadora del Laboratorio de Cronofisiología en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UCA y el Conicet.  

La Enfermedad de Alzheimer provoca problemas en torno a la memorización, los pensamientos y el comportamiento. En líneas generales, su desarrollo es lento pero progresivo, hasta llegar al punto que imposibilita la realización de tareas cotidianas. Se trata de la causa más frecuente de demencia en el mundo y representa entre el 60 y el 70 por ciento de los 57 millones de casos que se registran a nivel mundial. Lejos de revertirse en el futuro, diferentes estudios advierten que la cifra podría aumentar de forma significativa en los próximos años. 

Alrededor del 95 por ciento de las personas que padecen la enfermedad muestran los primeros síntomas después de los 65 años. Además del envejecimiento, uno de los factores de riesgo principales es contar con un pariente de primer grado que tenga o haya tenido Alzheimer. Ante la imposibilidad de contar con tratamientos efectivos una vez que aparecen los efectos, el trabajo consiste en encontrar pistas en el cerebro de aquellos hijos cuyos padres tuvieron Alzheimer, y compararlo con quienes no cuentan con antecedentes familiares.

Al respecto, la científica detalla: “Realizamos un estudio en personas entre 40 o 60 años, cuyo padre o madre haya tenido Alzheimer esporádico. Seleccionamos a 32 hijos y a un grupo control de 28 sujetos sin antecedentes familiares para examinar qué sucede en el cerebro y prestar atención a otros procesos fisiológicos que podrían desencadenar la enfermedad”. 

Algunos de los puntos que evaluaron en los participantes fue cómo funciona la memoria, la atención, el lenguaje, los procesos de toma de decisiones, la capacidad para lidiar con imprevistos, los razonamientos y las conductas inhibitorias. A su vez, realizaron resonancias estructurales y funcionales del cerebro, y estudios de tomografía para reportar el metabolismo de la glucosa. Al mismo tiempo, colocaron un dispositivo durante siete días para examinar el ciclo de sueño y vigilia, y también un holter de 24 horas para revisar el desempeño del sistema nervioso autónomo.

Lejos de ser un detalle, las personas con deterioro cognitivo tienen un sueño fragmentado y diferentes especialistas señalan una relación causal entre las alteraciones de sueño y el Alzheimer. Aunque los especialistas por ahora no encontraron ninguna alteración clínica en las personas cuyos padres padecieron la enfermedad, sí hallaron diferencias “subclínicas” que, desde una perspectiva científica, podrían anticipar un desarrollo en el futuro.

Si bien los estudios deben continuar y el objetivo próximo es ampliar la cantidad de muestras, Abulafia remarca: “Si nosotros encontramos que ser hijos de un progenitor con Alzheimer constituye un factor de riesgo podemos tomar cartas en el asunto con mucho tiempo de antelación. Podríamos confirmar cambios tempranos que se asocian a un posterior desarrollo de la enfermedad y diseñar estrategias de prevención”.


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