La OMS sugiere nuevas pautas para reducir las chances de tener demencia

Hasta el 45 por ciento del riesgo de deterioro cognitivo podría prevenirse o retrasarse. Moverse, cuidar los vínculos y controlar la presión ayuda a proteger la salud cerebral durante más años.

La prevención de la demencia comienza mucho antes de que aparezcan los primeros olvidos: actividad física, vínculos sociales y control de la salud pueden ayudar a reducir el riesgo. Crédito: Pexels.
La prevención de la demencia comienza mucho antes de que aparezcan los primeros olvidos: actividad física, vínculos sociales y control de la salud pueden ayudar a reducir el riesgo. Crédito: Pexels.
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La memoria no suele desaparecer de un día para otro. Primero puede perderse una palabra, después una cita, más tarde el camino hacia un lugar conocido. Cuando la demencia se vuelve visible, el cerebro lleva tiempo atravesando cambios que muchas veces comenzaron años antes. Durante décadas, el mensaje fue bastante resignado: envejecer era esperar y cruzar los dedos. La ciencia ahora propone una estrategia algo más activa. No existe una fórmula capaz de garantizar que una persona no desarrollará demencia, pero una parte importante del riesgo puede modificarse a lo largo de la vida.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a las nuevas directrices publicadas por la Organización Mundial de la Salud. El organismo sostiene que hasta el 45 por ciento del riesgo de deterioro cognitivo y demencia podría prevenirse o retrasarse mediante cambios en los hábitos, el control de enfermedades y la reducción de ciertas exposiciones ambientales.

La lista incluye algunas recomendaciones conocidas —actividad física, alimentación saludable y abandono del tabaco— y otras que durante mucho tiempo no ocuparon un lugar central en la prevención: tratar la pérdida auditiva, mantener vínculos sociales y reducir la exposición a la contaminación del aire. No hay una píldora milagrosa. Hay algo bastante menos espectacular y más difícil: sostener durante años decisiones razonables.

La demencia no es una consecuencia inevitable del envejecimiento. Es un síndrome causado por distintas enfermedades y lesiones que afectan el cerebro y alteran la memoria, el pensamiento, la orientación y la capacidad para realizar actividades cotidianas.

Más de 57 millones de personas viven con demencia en el mundo y cada año se registran cerca de diez millones de nuevos diagnósticos, según la OMS. La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente y representa entre el 60 y el 70 por ciento de los casos. El impacto excede ampliamente los olvidos: con el avance de la enfermedad, una persona puede perder autonomía para administrar dinero, cocinar, trabajar, reconocer lugares o cuidar de sí misma. También cambia la vida de quienes la rodean.

La demencia genera un costo mundial estimado en 1,3 billones de dólares anuales. Cerca de la mitad corresponde a tareas de cuidado no remuneradas realizadas por familiares y amigos. En la práctica, buena parte del sistema se sostiene con personas que dejan horas de trabajo, descanso y vida personal para atender a alguien cercano.

Qué significa realmente el 45 por ciento

La cifra necesita una aclaración. No significa que una persona pueda eliminar el 45 por ciento de su riesgo individual con una caminata, una dieta o un audífono. Tampoco implica que casi la mitad de todos los casos desaparecerán automáticamente. El porcentaje surge de estimaciones poblacionales sobre el peso de factores modificables. La genética, la edad y otras condiciones biológicas siguen influyendo, pero una proporción relevante del riesgo se relaciona con circunstancias sobre las que es posible actuar.

Entre ellas se encuentran el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol, la inactividad física, el aislamiento social, la hipertensión, la diabetes, el colesterol elevado y la exposición a aire contaminado. El cerebro, en ese sentido, no vive aislado del resto del organismo. Lo que daña los vasos sanguíneos, el corazón y el metabolismo también puede comprometer su funcionamiento. Cuidar la salud cardiovascular es, al mismo tiempo, cuidar la memoria.

Las nuevas directrices recomiendan aumentar la actividad física, abandonar el tabaco, limitar el consumo de alcohol y adoptar una alimentación saludable. También respaldan el entrenamiento y la estimulación cognitiva en adultos con funciones normales o con deterioro cognitivo leve. Leer, aprender una actividad, resolver problemas o participar de propuestas que exijan atención y razonamiento pueden formar parte de esa estrategia.

Pero la prevención no consiste en llenar crucigramas mientras todo lo demás sigue igual. La OMS también destaca la participación en actividades sociales. El aislamiento y la soledad no son únicamente experiencias emocionales: pueden convertirse en factores de riesgo para la salud cerebral. Mantener conversaciones, participar en grupos, sostener amistades y conservar espacios de intercambio obliga al cerebro a interpretar señales, recordar información, tomar decisiones y adaptarse a los demás. Una gimnasia compleja, aunque no venga con ropa deportiva.

La audición, el aire y otras recomendaciones

Una de las recomendaciones es ofrecer audífonos a quienes presentan pérdida auditiva. La relación puede no resultar evidente. Sin embargo, cuando una persona escucha mal, suele reducir su participación en conversaciones y actividades sociales. También debe realizar un esfuerzo cognitivo mayor para interpretar sonidos incompletos .

Con el tiempo, esa combinación puede favorecer el aislamiento y aumentar la carga sobre determinados circuitos cerebrales. Tratar la pérdida auditiva no asegura que alguien evitará la demencia, pero puede formar parte de una estrategia amplia para conservar la comunicación, la autonomía y la estimulación mental.

La actualización incorpora una recomendación explícita para reducir la exposición a la contaminación atmosférica. Las partículas finas presentes en el aire pueden ingresar al organismo, promover procesos inflamatorios y afectar el sistema cardiovascular. La evidencia acumulada también las vincula con un mayor riesgo de deterioro cognitivo. Aquí aparece un límite importante del discurso sobre los hábitos personales. Una persona puede dejar de fumar, hacer ejercicio o controlar su presión, aunque difícilmente pueda modificar por sí sola el aire de la ciudad en la que vive.

La prevención, por lo tanto, no depende únicamente de decisiones individuales. También requiere políticas públicas sobre transporte, urbanismo, energía, espacios verdes y calidad ambiental. Decirle a una población que cuide su cerebro mientras respira aire contaminado sería una versión sanitaria de pedirle que cierre la ventana.

La OMS también señala qué intervenciones no deberían recomendarse de manera general. En ausencia de una deficiencia diagnosticada, las directrices desaconsejan utilizar vitaminas B y E, ácidos grasos omega-3 o complejos multivitamínicos como estrategia para prevenir el deterioro cognitivo. La razón es sencilla: no existe evidencia suficiente de que sus beneficios superen los posibles efectos adversos en personas que no necesitan esos suplementos. Esto no significa que las vitaminas sean inútiles ni que nunca deban indicarse. Pueden ser necesarias ante una carencia comprobada o una condición médica específica. Lo que no corresponde es convertirlas en un seguro universal para la memoria.

Las nuevas recomendaciones no ofrecen inmunidad contra la demencia. Una persona puede mantener hábitos saludables y desarrollar la enfermedad. Otra puede acumular varios factores de riesgo y no recibir nunca un diagnóstico. La prevención trabaja con probabilidades, no con garantías. Sin embargo, reducir la presión arterial, controlar la diabetes, moverse, abandonar el tabaco, escuchar mejor, sostener vínculos y respirar un aire menos contaminado puede retrasar el deterioro y ampliar los años de vida autónoma. Ese retraso no es menor. Para una persona y su familia, conservar durante más tiempo la capacidad de decidir, trabajar, reconocer y vivir de manera independiente puede cambiarlo todo.

Con todo, la demencia todavía no tiene cura, pero la ciencia ya dejó de considerarla un destino frente al cual solo queda esperar. La memoria no se cuida cuando empieza a fallar, sino muchos años antes, mientras todavía parece que se recuerda todo.


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