Monopatines eléctricos: el juguete que no es un juguete y ya preocupa a los médicos

La evidencia científica muestra que una caída puede provocar lesiones graves incluso a baja velocidad y que el uso de protección sigue siendo escaso.

Una caída a alta velocidad puede provocar traumatismos importantes, especialmente cuando los chicos circulan sin casco ni supervisión adecuada. Crédito: Istock.
Una caída a alta velocidad puede provocar traumatismos importantes, especialmente cuando los chicos circulan sin casco ni supervisión adecuada. Crédito: Istock.
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Parecen un juguete. Se compran como un electrodoméstico. Se cargan en el living. No requieren combustible, no hacen ruido y entran perfectamente en el baúl de un auto. Después salen a la calle y pueden alcanzar velocidades suficientes como para convertir una caída de un chico de 12 años en una tomografía, una internación o una cirugía. El monopatín eléctrico tiene ese pequeño problema de identidad. Y una investigación analizada por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, publicada en Emergency Medicine Journal, acaba de ponerle números.

Entre 2019 y 2024, tres grandes centros de traumatología infantil de Inglaterra atendieron a 477 niños y adolescentes lesionados en accidentes con monopatines eléctricos. La cantidad de casos pasó de menos de diez en 2019 a cerca de 150 en 2024. La edad promedio de los pacientes fue de apenas 12 años y la mitad tenía entre 10 y 13. Hay un dato todavía más difícil de esquivar: menos del 2 por ciento llevaba casco. La traducción de la pregunta que hacen los científicos no necesita demasiadas vueltas: ¿las lesiones infantiles provocadas por monopatines eléctricos se están convirtiendo en una nueva crisis de salud pública?

Los investigadores analizaron los casos atendidos en centros pediátricos de Liverpool, Manchester y Sheffield. Casi dos de cada tres pacientes eran varones. En el 95 por ciento de los accidentes, el herido era quien manejaba el monopatín. Y ocho de cada diez vehículos eran privados, no unidades pertenecientes a sistemas regulados de alquiler.

La causa más frecuente fue la más obvia: caerse. Tres de cada cuatro accidentes ocurrieron de esa manera. Pero hubo situaciones bastante menos inocentes. Cerca del 12 por ciento involucró una colisión con otro vehículo y también aparecieron peatones atropellados por monopatines.

Las consecuencias permiten entender por qué los médicos dejaron de mirar estos episodios como simples raspones de infancia. Las lesiones de brazos y piernas fueron las más frecuentes, pero uno de cada cuatro chicos presentó traumatismos en la cabeza y cerca de uno de cada cinco sufrió lesiones faciales. Casi el 65 por ciento necesitó algún estudio por imágenes —radiografía, tomografía o ecografía—, el 13,5 por ciento terminó internado y alrededor del 7 por ciento requirió una operación.

Argentina tiene una regla que muchos desconocen

La investigación fue realizada en Inglaterra. No permite trasladar sus porcentajes automáticamente a la Argentina y sería incorrecto hacerlo. Pero plantea una pregunta bastante local: ¿qué pasa con los chicos argentinos que utilizan monopatines eléctricos?

Porque acá también están. En plazas, calles, ciclovías y barrios cerrados. Como medio de transporte, pero también como regalo de cumpleaños. Y ahí aparece una contradicción interesante: para muchos adultos siguen perteneciendo al universo de los juguetes, mientras que para las normas de tránsito son vehículos.

En 2020, la Agencia Nacional de Seguridad Vial aprobó un marco regulatorio para los llamados Vehículos de Movilidad Personal, la categoría en la que entran los monopatines eléctricos. Ese marco establece, entre otras condiciones, que sus conductores sean mayores de 16 años, utilicen casco y no superen los 30 kilómetros por hora.

La disposición invitó a provincias y municipios a adherir e implementar esas pautas. En la Ciudad de Buenos Aires la norma es todavía más concreta: la edad mínima es 16 años, el casco es obligatorio, no se puede circular por la vereda y la velocidad máxima permitida es de 25 kilómetros por hora.

Hay algo engañoso en estos vehículos: la sensación de velocidad. Un monopatín es pequeño. El conductor va parado. No tiene carrocería. No tiene cinturón. No tiene airbag. Tampoco hay demasiado entre la cabeza y el asfalto salvo, en el mejor de los casos, un casco. Y a 25 o 30 kilómetros por hora el cuerpo sigue obedeciendo a las mismas leyes de la física que cuando uno viaja en cualquier otro vehículo. Si el monopatín se detiene de golpe, el pasajero no.

El dato del casco resulta por eso especialmente relevante. En la investigación británica, menos del 2 por ciento de los conductores lesionados lo llevaba puesto. Y una de cada diez lesiones en la cabeza tuvo suficiente gravedad como para requerir estudios por imágenes, internación y, en algunos casos, cirugía. El casco no impide el accidente. Pero puede cambiar bastante el final.

El problema de los monopatines eléctricos tiene algo en común con muchas tecnologías nuevas: llegan primero y las costumbres corren detrás. Primero aparece el dispositivo. Después se vuelve barato y popular. Luego empieza a utilizarlo gente para la que originalmente ni siquiera estaba pensado. Finalmente llegan las estadísticas.

El trabajo publicado no dice que todos los chicos que utilizan monopatines terminarán en una guardia. Dice algo bastante más razonable: el crecimiento de las lesiones justifica mejorar las campañas de prevención, revisar las normas, impulsar el uso del casco, controlar velocidades y explicar mejor los riesgos a chicos y familias. Y ahí el estudio deja de ser solamente inglés.

Argentina ya tiene parte de la respuesta escrita en sus reglamentaciones: 16 años, casco, límites de velocidad y lugares determinados para circular. Falta la otra parte, que suele ser más complicada. Que adultos y chicos sepan que esas reglas existen. Y que entiendan por qué. Porque tal vez el mayor riesgo del monopatín eléctrico no esté escondido en su batería, en el motor o en el software. Está a simple vista. Parece un juguete. Pero no lo es.


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