Monóxido de carbono en Argentina: 781 intoxicaciones y 12 muertes en 2026

Los casos aumentaron 7,4 por ciento frente al mismo período de 2025. Qué ocurre en el organismo y cuáles son las principales señales de alerta.

Una tragedia en Palermo reabre una pregunta clave: cómo el CO deja al cerebro y al corazón sin oxígeno sin que la víctima advierta el peligro. Créditos: Wikimedia.
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El último informe epidemiológico nacional registró 781 casos de intoxicación por monóxido de carbono hasta la semana epidemiológica 25 de 2026 y 12 personas fallecidas. Son 54 casos más que en el mismo período de 2025, un aumento del 7,4 por ciento. La región Centro concentró el 46 por ciento de las notificaciones.

El monóxido de carbono (CO) puede producirse por la combustión deficiente en estufas, calefones, termotanques, calderas, cocinas, hornos, braseros y otros artefactos que utilizan combustibles. Una llama amarilla o anaranjada, una ventilación obstruida o instalaciones deficientes son señales de alarma. La recomendación frente a síntomas compatibles es concreta: abrir puertas y ventanas, salir inmediatamente del ambiente y buscar atención médica. El denominador común que muestra la mayoría de las muertes por intoxicación es que el CO es un peligro sigiloso: no golpea la puerta, no tiene olor, no hace humo, ni provoca ardor de ojos. Cuando el cuerpo finalmente empieza a avisar que algo anda mal, puede llevar un buen rato respirándolo.

Para comprender mejor el fenómeno, la respuesta está, literalmente, en la sangre. Al respirar, el oxígeno entra por los pulmones y viaja por el organismo unido a la hemoglobina de los glóbulos rojos. Es el delivery que mantiene funcionando al cerebro, el corazón y el resto de los tejidos. El CO altera ese mecanismo: se une a la hemoglobina y forma carboxihemoglobina, reduciendo la capacidad de la sangre para transportar oxígeno. La persona sigue respirando, el pecho sube y baja, pero dentro del organismo comienza una especie de asfixia química. Y ahí aparecen los primeros síntomas: dolor de cabeza, mareos, debilidad, náuseas, somnolencia y confusión.

El Ministerio de Salud advierte que los cuadros graves pueden provocar pérdida de conciencia, convulsiones, arritmias, infarto, coma y muerte. El problema es que dolor de cabeza y sueño también pueden significar un día largo, una gripe o una mala noche. El monóxido juega justamente con esa ambigüedad.

Hay un detalle que vuelve todavía más engañosa esta intoxicación. Ese pequeño oxímetro de pulso que millones de personas aprendieron a usar durante la pandemia puede no detectar correctamente una intoxicación por monóxido de carbono. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes accedió a un estudio que analizó a 124 pacientes expuestos a CO. Mientras la oxigenación real de la hemoglobina disminuía a medida que aumentaba la concentración de carboxihemoglobina, el oxímetro convencional seguía mostrando números tranquilizadores.

¿El promedio? 99,2 por ciento de saturación. Los investigadores concluyeron que la oximetría convencional sobreestima la saturación de oxígeno en estos pacientes y no permite descartar la intoxicación. Es decir: un 99 en la pantalla no siempre significa que todo esté bien si hubo exposición a monóxido. Para diagnosticar la intoxicación se necesita medir específicamente la carboxihemoglobina en sangre.

La falta de oxígeno no afecta solamente al cerebro. Otro estudio consultado por la Agencia siguió a 230 adultos internados con intoxicaciones moderadas o graves por monóxido de carbono. Los médicos detectaron lesión del músculo cardíaco en 85 pacientes, el 37 por ciento del grupo. Después, llega el dato más inquietante: tras un seguimiento medio de 7,6 años, había muerto el 38 por ciento de quienes habían presentado lesión cardíaca, frente al 15 por ciento de aquellos sin esa lesión. Una vez considerados otros factores, el daño cardíaco se asoció con aproximadamente el doble de riesgo de mortalidad.

Eso no significa que toda intoxicación termine dañando el corazón. El trabajo estudió casos moderados y severos, pero muestra que el problema puede extenderse mucho más allá del momento en que alguien sale de una habitación contaminada. Tampoco se trata de un accidente excepcional.


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