
María Paz Hauser, doctora en Psicología, cuenta a la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ: “Muchas personas, a través de las redes sociales, logran satisfacer necesidades personales básicas como estar en actividad, tener reconocimiento y pertenecer a una comunidad. En ese sentido, sin tener formación ni habilitación académica y profesional, se exhiben en roles de saber en distintos campos, y uno atractivo parece ser el de la salud mental”.
Según plantea Hauser, que es investigadora de la Universidad Nacional de San Luis, esto se debe en parte a que la salud mental es un tema que atraviesa a toda la sociedad, lo que hace que atraiga audiencia, visualizaciones y likes. “En redes sociales, no todo el público posee la capacidad de diferenciar e identificar la validez y origen del contenido. Entonces, se habla de diagnósticos a la ligera, sin conocimiento cabal en la etiología y procesos individuales de cada individuo, sus circunstancias y el impacto global en la calidad de vida de la persona”, explica.
En la misma línea, Malena Sartoretto, psicóloga especialista en infancias y ciudadanía digital, manifiesta a la Agencia: “Hay un uso indiscriminado de las plataformas que, mediante la primacía del scrolleo y la propuesta algorítmica, nos dan la sensación de que podemos tener una respuesta al alcance de la mano”. Y continúa: “Un bot o un video no me propone ningún desafío más que recibir información pasivamente. Ahí es cuando nos brindan respuestas sencillas y rápidas en forma de ‘tips’ para poder continuar con la lógica productiva en la que vivimos. Con un tono similar y en un mismo feed de Instagram, aparecen consignas como ‘¿cómo limpiar la casa?’ y ‘¿cómo sentirse menos tristes?’”.
Los algoritmos profundizan ese proceso: cuanto más tiempo una persona dedica a un contenido sobre ansiedad, depresión o TDAH, más publicaciones similares aparecen en su pantalla. Esa repetición puede llevar a que algunos idividuos interpreten que padecen un trastorno únicamente porque se reconocen en descripciones generales difundidas en redes. Hauser define: “Eso estigmatiza ya que, en algunos casos, asumen dichas etiquetas por mucho tiempo o toda la vida; una limitación con la que conviven y afrontan su vida personal”.
Asimismo, habitualmente, aquellas personas que efectivamente necesitan de ayuda profesional, se quedan solo con las respuestas estándar que ofrecen este tipo de publicaciones. Sucede que, desde el campo de la salud mental, se sostiene que los tratamientos son subjetivos ya que intervienen factores como la historia individual del paciente, su familia, sus traumas, sus vínculos y sus heridas. “Inclusive, la abundancia de respuestas y diagnósticos perjudica la valoración de opiniones y evaluaciones profesionales ya que se puede convertir en motivo de desconfianza y cuestionamientos a profesionales debidamente formados. Es decir, tras haber consumido tanto contenido en redes, si el terapeuta da una evaluación distinta, el paciente puede no confiar o desacreditar una evaluación diagnóstica certera”, relata Hauser.
Si bien los algoritmos explican una parte del fenómeno, no alcanzan para comprender todo. Sartoretto considera que este tipo de discursos ganan cada vez más lugar porque hay una ruptura del acompañamiento por parte de profesionales debido al ajuste estatal y una desregulación de las plataformas. Así lo explica: “Frente al retiro del Estado, no queda un territorio vacío sino que avanzan las respuestas mágicas. Hay un vaciamiento en cuestiones económicas de los hospitales que dan respuesta a las urgencias en torno a la salud mental. No hay personas a cargo, los sueldos se mantienen precarizados y cualquier profesional elige el sector privado”.
Y continúa: “ Entonces, hay poca regulación alrededor de quién dice qué cosa en las redes sociales. Tanto en internet como en el territorio vemos que hay personas que trabajan con otras, que diagnostican, derivan y cometen muchos errores o faltas de acompañamiento”.
En un escenario donde la salud mental ocupa cada vez más espacio en la vida de las personas y en las redes sociales, el desafío ya no pasa solo por hablar del tema, sino por saber a quién se debe escuchar y con qué formación cuenta. Tal vez, reflexiona Hauser, así como se hizo un etiquetado frontal en los alimentos, se puede establecer una etiqueta de contenido profesional en redes frente al que no lo es.

