
Ese contraste ocupa el centro del trabajo publicado en la revista científica Women and Birth y analizado por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes. Las investigadoras parten de una idea que las campañas sanitarias no siempre contemplan: muchas mujeres ya conocen los beneficios de la lactancia. El problema comienza cuando intentan sostenerla. Cuando duele. Cuando el bebé no consigue prenderse correctamente al pecho. Cuando aparecen dudas sobre la cantidad de leche. Cuando una complicación durante el parto convierte cada movimiento en un esfuerzo. O cuando tres profesionales ofrecen tres respuestas diferentes para el mismo problema.
Las autoras examinaron 41 investigaciones sobre lactancia publicadas entre 2020 y 2025. Dentro de ese conjunto, destacaron 12 artículos que aportan evidencia sobre las barreras físicas, psicológicas, sociales y culturales que pueden aparecer durante el embarazo y después del nacimiento. A partir de esos resultados identificaron dificultades que se repiten y plantearon la necesidad de modificar la forma en que los sistemas de salud acompañan a las mujeres. La información general, sostienen, no alcanza cuando la ayuda concreta llega tarde, es contradictoria o directamente no aparece.
Las investigaciones describen dolor, complicaciones posparto, agotamiento, temor a no producir suficiente leche y dificultades para que el bebé se prenda correctamente. También mencionan la aversión durante la lactancia: una reacción involuntaria que puede generar irritación, rechazo, angustia o una necesidad intensa de interrumpir la toma. Eso no significa que la mujer no quiera a su hijo. Significa que el cuerpo y las emociones no siempre responden como prometen los folletos del hospital.
La preparación prenatal también puede resultar demasiado optimista. Durante el embarazo se habla de posiciones, beneficios y alimentación a demanda. Sin embargo, muchas mujeres reciben poca información sobre qué hacer si aparece dolor, si el bebé rechaza el pecho, si las tomas duran horas o si el cansancio vuelve difícil continuar. Una cosa es saber que algo puede hacer bien. Otra muy distinta es contar con las condiciones necesarias para poder sostenerlo.
El laberinto de los consejos
A esas dificultades se suman las indicaciones contradictorias. Una profesional da una recomendación durante la internación. Al día siguiente, otra propone exactamente lo contrario. En el primer control, una tercera vuelve a cambiar las reglas. La mujer queda en el medio, tratando de aprender, mientras quienes deberían orientarla todavía discuten cuál es el camino correcto.
Las parejas y las familias también pueden ayudar, pero a veces terminan complicando la situación. Un comentario sobre el peso del bebé, una duda acerca de la calidad de la leche o la sugerencia de “complementar por las dudas” puede ser suficiente para instalar incertidumbre en un momento de enorme vulnerabilidad.
Por eso, el trabajo sostiene que informar sobre los beneficios de la lactancia y promoverla ya no es suficiente. Las autoras proponen una atención personalizada, profesionales capacitados, continuidad en el seguimiento, una preparación prenatal más realista y apoyo durante las primeras seis semanas posteriores al nacimiento. Personalizar no significa entregar el mismo folleto con el nombre de la paciente escrito en la parte superior. Significa preguntar qué desea esa mujer, qué antecedentes médicos tiene, cómo atraviesa la recuperación del parto, qué dificultades enfrenta, con qué ayuda cuenta en su casa y qué objetivo quiere alcanzar.
También implica evitar que cada consulta empiece desde cero. Las autoras destacan el papel de las parteras y de los equipos especializados para detectar problemas a tiempo y ofrecer un acompañamiento respetuoso, comprensivo y adaptado a la realidad cultural de cada mujer. No alcanza con conocer la anatomía del pecho. También hay que comprender a la persona.
El trabajo invita a revisar las palabras con las que suele describirse el final de una lactancia. Se dice que una mujer “abandona”, que “no insiste” o que “no puede”. Así, toda la responsabilidad queda depositada sobre ella, como si el resultado dependiera únicamente de su voluntad.
Las investigadoras proponen ampliar la mirada y observar qué ocurre alrededor. Tal vez el equipo de salud no detecta el dolor. Tal vez la consulta llega tarde. Tal vez nadie coordina las indicaciones. Tal vez la mujer recibe información, pero no el apoyo necesario para llevarla a la práctica. Cuando una mujer no logra alcanzar el objetivo que ella misma eligió, el problema no siempre está en su cuerpo ni en su decisión. A veces falla el sistema que debería acompañarla.
El artículo también evita otra trampa: apoyar la lactancia no significa convertirla en una obligación moral. Una atención verdaderamente centrada en la mujer debe respetar sus decisiones, los cambios de planes, su salud mental y la necesidad de recurrir, cuando sea necesario, a otras formas seguras de alimentación. Presionar no es acompañar. Culpar, tampoco.
Con todo, el mensaje principal resulta difícil de ignorar. Durante años, las campañas explicaron por qué conviene amamantar. Ahora, la ciencia plantea una pregunta distinta: qué ocurre cuando una mujer decide hacerlo y, frente a la primera dificultad, descubre que está sola. Entre conocer un beneficio y poder sostenerlo existe una distancia. A veces mide apenas lo que separa una cama del teléfono. Pero a las tres de la mañana, cualquier distancia parece enorme.

