
Alloclae, que comenzó a ganar notoriedad en países como Estados Unidos, consiste en inyectar un relleno elaborado a partir de tejido adiposo donado por personas fallecidas y procesado para su uso médico. La empresa que lo desarrolló, Tiger Aesthetics, sostiene que, a diferencia de otros tratamientos, permite aumentar el volumen de determinadas zonas sin necesidad de extraer grasa del propio cuerpo de la paciente. En paralelo, la yesoterapia también ganó visibilidad en las redes sociales: consiste en colocar vendas de yeso alrededor de distintas partes del cuerpo, como la cintura, con la promesa de moldear la silueta y reducir medidas.
A estas prácticas se suman el lifting facial, un procedimiento quirúrgico para tensar la piel y rejuvenecer el rostro; la remodelación de costillas, que modifica la posición de las costillas flotantes (11 y 12) para estrechar la cintura sin extraerlas; y el uso de medicamentos como Wegovy, Ozempic y Saxenda, desarrollados para tratar la obesidad o la diabetes, pero que también se popularizaron con fines estéticos por su efecto en la reducción del apetito y la pérdida de peso.
Aunque las técnicas cambian y se perfeccionan con el tiempo, todas comparten un mismo objetivo: modificar el cuerpo para acercarse a un determinado ideal de belleza. En ese contexto, si bien con el auge del movimiento feminista cobraron fuerza discursos que cuestionaban los cánones tradicionales y promovían una mayor aceptación de la diversidad corporal, en los últimos años las intervenciones estéticas volvieron a ocupar un lugar central en las redes sociales y en la industria de la belleza.
En diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ, Ludmila Fernández López, comunicadora social de la UNQ y magíster en Estudios de Género, Identidades y Ciudadanía por la Universidad de Cádiz, sostiene: “Los mandatos, discursos y procedimientos en torno a la belleza, en especial la femenina, están siempre vigentes. Lo que sucede es que durante ciertas épocas surgen discursos que le hacen contrapeso, como fue durante los movimientos de Ni Una Menos y del Me Too en Occidente. Además, en aquel momento también había una ola de gobiernos de corte nacional y popular que acompañaban el período. Hoy en día, esos discursos que hacían contrapeso están mucho más limitados”.
En ese escenario, el ideal de belleza recuperó fuerza y encontró nuevos canales para entrometerse. Las redes sociales y la industria de la moda desempeñan un papel central: por un lado, las usuarias están expuestas de manera constante a contenidos de influencers y publicidades que, de manera directa o indirecta, refuerzan determinados modelos corporales. Por otro, el regreso de tendencias estéticas de los años ’90 y 2000 volvió a poner en circulación un tipo de cuerpo asociado a la delgadez extrema, la panza chata y los senos voluminosos.
López ejemplifica: “Cuando se cuestionaron estos patrones, parecía que las que no éramos rubias y teníamos rulos podíamos estar lindas igual. No hacía falta tener el pelo lacio para estar bellas, como se creía hasta el momento. Ahora, todo eso volvió. Tenemos que ser rubias, lacias y tetonas para ser lindas“.
Además del resurgimiento de estos ideales, quienes ofrecen procedimientos estéticos suelen presentarlos bajo un discurso de empoderamiento. En otras palabras, consignas históricas del feminismo, como “Mi cuerpo, mi decisión”, son reapropiadas por la industria para promover tratamientos y productos vinculados con la apariencia física. La especialista advierte: “Hay que sospechar siempre de quienes quieren instrumentalizar nuestros discursos. Si un cirujano me habla de que las mujeres tenemos derecho a decidir modificar nuestros cuerpos para vernos más lindas porque así nos empoderamos, yo prefiero desconfiar porque ese cirujano se llena de plata con mi inseguridad. Lo mismo vale para las influencers del skin care, la industria de la belleza y de la moda”.
Así, desde las dietas extremas, pasando por medicamentos para adelgazar, hasta rellenos como Alloclae, las herramientas para modificar el cuerpo no dejaron de multiplicarse. De todas maneras, el horizonte se mantiene intacto: un ideal de belleza que se redefine cada cierto tiempo y que, justamente por eso, es inalcanzable para todas.

