
La estructura que presenta el ADN, el genoma humano y la historia de la oveja Dolly son solo algunos de los hechos científicos que se conocieron de primera mano gracias a la revista Nature. En la actualidad, conforma un grupo editorial con más de cien revistas distribuidas en distintas categorías (como, por ejemplo, Nature Reviews, Nature Genetics, Nature Robotics y Nature Astronomy) y publicaciones de acceso abierto (como Scientific Reports y Scientific Data). Se destaca como una aliada en lo que respecta a la comunicación de resultados novedosos alrededor del mundo. En esta nota de la Agencia de noticias científicas de la UNQ accedemos al primer número, un hallazgo que vale la pena contar.
El primer número de Nature se publicó el 4 de noviembre de 1869. Quienes comenzaron con el proceso para alcanzar el éxito fueron Alexander Macmillan, Norman Lockyer, quien fue su primer editor, y el biólogo Thomas Huxley, conocido como “el bulldog de Darwin” por la estrecha relación que tenía con el popular científico.

Alexander Macmillan tenía una librería y editorial en Cambridge, Inglaterra. Solía organizar reuniones a las que llamaba “parlamentos del tabaco”, donde se debatía sobre ciencia, arte y temas de actualidad. Este grupo fomentó la amistad entre grandes personalidades hasta que, en 1859, se lanzó Macmillan’s Magazine, la primera revista mensual de Inglaterra. Costaba solo un chelín y tenía como objetivo unificar la ciencia, la literatura y las artes.
Aunque no hay información precisa del momento en que se conocieron Alexander Macmillan y J. Norman Lockyer, ese encuentro fue fundacional para la divulgación de los resultados científicos. Lockyer era un joven aficionado a la astronomía y editor de la revista The Reader, una publicación precursora de Nature. La primera acción editorial que los unió fue que Macmillan encargó a Lockyer la redacción de un libro sobre astronomía. Más adelante le pidió que actuara como asesor científico de su editorial. Lockyer valoró mucho la propuesta, ya que The Reader no funcionaba muy bien.
Fue a principios de 1869 cuando Lockyer presentó a Macmillan un proyecto para una nueva revista científica. Había pasado de ser un aficionado a la astronomía a un científico reconocido, debido a que había descubierto el helio el año anterior y formaba parte de la Royal Society. La divulgación científica era el centro de la estrategia editorial de Macmillan, y Lockyer era la persona ideal para liderarla.
El número del 4 de noviembre de 1869 incluía una declaración de principios en la que se explicaba que Nature presentaba al público general los grandes resultados de la labor y los descubrimientos científicos, a la vez que buscaba reivindicar un mayor reconocimiento de la ciencia en la educación y en la vida cotidiana. Por otra parte, se proponía ayudar a los científicos al proporcionar información temprana sobre todos los avances logrados en cualquier rama del conocimiento.
Luego venían cuatro artículos. El primero lo había escrito Thomas Huxley, quien, además de ser un ferviente defensor de la teoría de la evolución de Darwin, también era el abuelo de Aldous Huxley, autor de Un mundo feliz, publicado en 1932. El artículo se titulaba “Aforismos de Goethe” y se trataba de la traducción al inglés de un texto titulado “La naturaleza”, atribuido al autor alemán.
El segundo artículo se titulaba “Sobre la fecundación de las plantas de floración invernal” y su autor era Alfred W. Bennett, profesor de botánica del Bedford College de Londres. Bennett se concentró en la polinización de especies como el avellano, que florecen en invierno. El tercer artículo no llevaba firma y se titulaba “Protoplasma en las antípodas”. En la actualidad, el protoplasma no tiene sentido científico: era un término que se usaba para referirse a la materia viva que se encontraba en el interior de una célula.
El último artículo llevaba la autoría de J. Norman Lockyer, editor de la revista. Se titulaba “El reciente eclipse total de Sol” y hablaba de las observaciones realizadas el 7 de agosto de 1869. Ese día el eclipse había sido observable desde Estados Unidos. Lo curioso es que Lockyer arrancó el artículo con un poco de humor: “Si bien nuestros primos estadounidenses, por lo general, vacilan a la hora de visitar nuestra pequeña isla, temiendo, como algunos han dicho, caerse por el borde, aquellos con mayor inclinación por la astronomía tienen motivos muy legítimos para declinar la visita, dado que se trata de un lugar donde el sol se niega rotundamente a eclipsarse”.
Aquel primer número se enfocaba en temas muy diversos y apuntaba a un público general. A lo largo del tiempo, la revista cambió y se acomodó a la actualidad. Más allá de todo, Macmillan, Lockyer y Huxley abrieron la puerta para que la ciencia sea una historia que vale la pena contar.

