
El 13 de julio nuestro querido Ricardo Baquero brindó una clase “magistral” tras un esperado reconocimiento –por parte de colegas y estudiantes– a través de su designación como profesor consulto, por su labor en la UNQ desde su ingreso en 1998. Inició su exposición agradeciendo a mucha gente, entre amistades y colegas del programa de investigación propio, como también integrantes de otros espacios de la UNQ y demás instituciones. En virtud de lo anterior, opté por iniciar este breve texto agradeciendo con cariño a Ricardo en todas sus “configuraciones”: Baquero el profe, Baquero el conferencista, Baquero el compañero de oficina, Baquero el colega, Baquero el director, Baquero el amigo que escucha y acompaña a sus afectos (en familia o en equipos de trabajo) como nadie.
Conocí a Ricardo hace casi tres décadas, cuando fui su estudiante en la UNQ, y desde el momento cero supe que quería trabajar con él. Y eso no se me ocurrió solo porque sus clases eran tan serias como entretenidas; claramente hay algo en su personalidad que permitía vislumbrar rápidamente un aspecto que efectivamente confirmé con el paso del tiempo y que puedo narrar con “el diario del 2026”.
Hoy puedo agradecerle muchísimas cosas por todo lo que vivimos en estos años compartidos: nos acompañamos en distintos momentos, desde rupturas amorosas, casamientos, nacimientos de hijos, hijas y cumpleaños, hasta enfermedades y pérdida de seres queridos. Hicimos pie en escenarios de elaboración de informes, proyectos, clases y tesis, atravesados por escritorios siempre ocupados por libros interesantes, papeles de orígenes diversos y apuntes a mano alzada que ni él, como autor, se entendía.
Pero lo que quiero destacar es otra cosa, algo profundamente pedagógico y político: sus posicionamientos y su modo de transitar y habitar la academia no se correspondían con las lógicas que yo había conocido en otros grupos de investigación. Por supuesto que con él varios aprendimos sobre pautas académicas, modos de indagar y escribir, pero se destacó por el fuerte compañerismo y su capacidad de trabajo, como también por la ausencia absoluta de momentos de hostilidad y de lógicas competitivas entre los integrantes.
Trabajar dentro de los grupos de Ricardo podía ser tan agradable como agotador y desorganizado, pero jamás un lugar de desamparo o egoísmo. Sus equipos siempre fueron un espacio dinámico, amable, de cuidado mutuo, mucha colaboración y bienvenida a quienes se fueran sumando. Gracias a él pude trabajar junto a gente que admiro, como Ana Gracia Toscano, Silvina Cimolai, Julia Lucas, Santiago Sburlatti, Gabriela Toledo, o, fuera de la UNQ, entre otros, como Carlos Skliar.
En la presentación de su designación, Ricardo repasó momentos de su vida atravesados por los pasillos, oficinas y aulas de la universidad, recordando afectuosamente a distintas personas, como Mariano Narodowki, Jorge Flores y su compañero de oficina, el recordado Roque Dabat. También recordó aquellos momentos del país en los cuales aún se advertía un cuidado básico por el financiamiento de las instituciones universitarias, las trayectorias de sus estudiantes y la soberanía científica.
Valoró particularmente las características de la UNQ y su cultura institucional por la cercanía entre sus distintas áreas de trabajo y por el clima facilitador de distintos tipos de proyectos. Aquí destacó la labor de Alicia Fuentes y de la Secretaría de Investigación en su conjunto, como también a las distintas áreas del Departamento de Ciencias Sociales, entre otros espacios. También se refirió a temas, autores/as y chistes vinculados con asuntos que forman parte de su agenda desde hace algunas décadas como también los que le interesan en la actualidad.
Repasó conceptos como el fracaso escolar masivo, la educabilidad, el etiquetamiento y la patologización de las infancias, la profundización de las desigualdades y el lugar de lo escolar. Compartió los aportes de la psicología “crítica”, surgida en espacios sociales y comunitarios, y su influencia en el campo de la psicología evolutiva y educacional. Retomó la necesidad de sostener la revisión sobre los sentidos (los históricos, los actuales y los futuros) de lo escolar y lo académico, siempre preocupado por el carácter político y situacional de los procesos educativos. Nos recordó la necesidad de abordar el lugar clave que tienen los procesos de transmisión cultural y enseñanza para la construcción de un espacio público común y de la vida misma en comunidad, proyectando y poniendo en marcha lo que queremos transformar en pos de una sociedad más justa y menos hostil para todos y todas.
En tal sentido, es claro que dejó presentadas muchas líneas de estudio, que seguramente continuará en el marco de los equipos en los que sigue trabajando como siempre, aunque ahora (espero) disfrutando de las singularidades que asume la etapa iniciada recientemente como Profesor Consulto.
Espero haber logrado transmitir, humildemente y en pocas líneas, lo importante que es Ricardo Baquero para muchas personas. Estoy segura de que quienes trabajamos con él seguiremos honrando esa herencia de respeto académico, cuidado mutuo y hospitalidad para los recién llegados, y seguir acompañando de modo comprometido a las generaciones que vienen, como él mismo lo hizo con nosotros.
*Andrea Pérez es investigadora de la UNQ y del Conicet.

