
La investigación, analizada por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, no habla de fantasmas ni de rarezas. Habla de niños. Más precisamente, de 34 chicos de entre 6 y 9 años, todos hijos únicos y con compañeros imaginarios, entrevistados en escuelas de Mashhad, Irán. El trabajo fue cualitativo: no buscó medir cuántos tenían un amigo invisible, sino entender para qué les servía. Para eso, los investigadores realizaron entrevistas semiestructuradas de entre 20 y 30 minutos, codificaron los relatos y organizaron los hallazgos en 196 afirmaciones, 28 subtemas y 9 grandes temas.
Lo que apareció en esos testimonios fue menos extravagancia que función. En muchos casos, el compañero imaginario alivió la soledad, acompañó el juego, ayudó a regular el miedo o la angustia, funcionó como confidente y hasta como una especie de árbitro moral doméstico: ese que a veces empujó a portarse bien y otras tentó a hacer lío. También apareció como ayuda para las tareas diarias y escolares, y como motor para inventar escenas nuevas, personajes y mundos.
Uno de los hallazgos más potentes fue también el más simple: para varios chicos, ese amigo inexistente ocupó el lugar que dejaban la soledad o la falta de un compañero de juego. El estudio registró casos de niños que dijeron haber creado a ese otro para no sentirse solos al dormir, para tolerar mejor el aburrimiento o para atravesar momentos de miedo, estrés o peleas entre sus padres. La imaginación, en ese punto, no fue fuga: fue andamio.
La investigación también mostró algo incómodo para el mundo adulto: muchas veces, ese compañero imaginario escuchó más que el entorno real. Los chicos le confiaron secretos, hablaron con él de sus amigos, de sus días y de sus miedos. En algunos relatos, incluso, esa presencia imaginaria pareció desplazar tiempo de televisión o de pantallas. Mientras los grandes discuten cuánto daño provoca el exceso de dispositivos, algunos chicos parecieron haber encontrado una salida bastante antigua y bastante humana: jugar con alguien que no está, pero que para ellos sí está.
Ahora bien, el paper no romantizó el asunto. Entre las ventajas aparecieron la amabilidad del compañero imaginario, la sensación de control sobre esa figura y la reducción del tiempo frente a dispositivos. Pero también hubo desventajas: algunos chicos dijeron que esos compañeros los asustaban, que los hacían sentirse demasiado dependientes o que intentaban controlar su conducta hasta volverse molestos. En esos casos, los autores sugirieron prestar atención, sobre todo si la relación interfería con la vida cotidiana del niño.
Cuándo acompañar y cuándo consultar
Ahí es donde la mirada clínica ayuda a ordenar el fenómeno. En diálogo con la Agencia, la psicóloga Miriam Bustamante, del Colegio Estudios Analíticos, explica: “El amigo imaginario es un personaje ficticio creado por los niños. Su aparición suele darse aproximadamente a partir de los dos años y alcanza mayor intensidad entre los tres y los cinco. Luego, su presencia comienza a declinar. Su desaparición suele vincularse con el cambio de intereses propios del crecimiento: los niños empiezan a orientarse más hacia el aprendizaje escolar, la presencia de amigos, la socialización y un mayor desprendimiento del ámbito familiar”.
Bustamante también aporta una clave para no sobreactuar frente al fenómeno: “Esta construcción aparece en una etapa en la que la fantasía y la realidad todavía no tienen límites del todo definidos, y puede cumplir una función importante en el procesamiento de emociones. Por eso, no conviene prohibirla ni tampoco fomentarla de manera artificial. Lo más adecuado es tomarla con naturalidad. A medida que el niño desarrolla otros recursos emocionales, sostenidos por la contención en el vínculo con los adultos y por la participación en distintas actividades, la presencia del amigo imaginario tiende a disminuir”.
La advertencia, sin embargo, también existe. La especialista traza una frontera nítida entre una experiencia esperable del desarrollo y una situación que merece consulta: “La situación requiere atención cuando esta creación se prolonga más allá de los siete u ocho años, cuando genera aislamiento o cuando se asocia a estados de miedo, violencia o angustia en el niño. Esos serían signos de alerta frente a los cuales convendría realizar una consulta profesional”.
La observación dialoga con lo que muestra el estudio: no todo compañero imaginario es un problema, ni mucho menos. De hecho, la conclusión general del paper apunta en la dirección contraria: estos vínculos pueden apoyar al niño, promover la creatividad y hasta alejarlo un poco del mundo virtual. Pero si esa presencia empieza a generar angustia, apego excesivo o alteraciones en la vida diaria, entonces convenía mirar más de cerca.

