River vs. Boca: ¿Por qué el partido también ocurre en el cerebro?

Un nuevo estudio revela cómo los clásicos del fútbol impactan directo en las emociones y activan áreas vinculadas al placer y la pertenencia.

 Fútbol y cerebro: el vínculo que explica la pasión argentina. Créditos: Midjourney.

El fútbol tiene una coartada perfecta: parece un juego. Y lo es. Once contra once, una pelota, un arco. Todo visible, todo medible, todo aparentemente bajo control. Sin embargo, nada de eso alcanza para explicar por qué alguien puede pasar, en menos de un segundo, de la calma más razonable a una reacción que no reconoce como propia. Pero pasa. Pasa siempre en el mismo punto exacto: cuando la pelota cruza la línea del arco rival y se grita un gol. En ese instante mínimo —que dura menos que un parpadeo— se corta algo. Se interrumpe una forma de pensar y se activa otra. Más rápida, más automática, menos negociable.

Durante años, eso se explicó como pasión. Como cultura. Como el folclore inevitable del fútbol. Hoy empieza a leerse de otra manera: como una reacción cerebral precisa, automática y medible. El próximo domingo, en Argentina, los archirivales River y Boca van a jugar el superclásico del fútbol. Y en ese partido —como en cualquier clásico— ese mecanismo va a activarse miles de veces al mismo tiempo.

La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes tuvo acceso a un estudio publicado en Radiology, que decidió mirar ese instante desde otro lugar: no desde el resultado, sino desde el cerebro. El experimento evitó todo lo accesorio. Nada de tribuna, nada de relato, nada de contexto emocional externo. Solo goles. Goles reales, presentados dentro de un escáner de resonancia magnética funcional, una técnica que permite observar qué zonas del cerebro se activan en tiempo real.

Participaron 60 hinchas de equipos rivales, clasificados según su nivel de fanatismo. A todos se les mostraron 63 jugadas completas, incluyendo goles del equipo propio, del rival histórico y de equipos neutrales. El punto clave no fue comparar victoria y derrota. Fue introducir una variable más precisa: la rivalidad. Porque no es lo mismo un gol cualquiera que un gol en un clásico. El cerebro, según el estudio, lo sabe.

El gol como recompensa

Cuando el equipo del hincha convierte —y especialmente cuando lo hace contra su rival— se activan con claridad regiones vinculadas al sistema de recompensa, como el estriado ventral y el núcleo caudado. Son áreas asociadas al placer, la motivación y el aprendizaje de conductas. En términos simples: el cerebro interpreta ese gol como una ganancia. No como información, sino como beneficio.

A esa reacción se suma la activación de la corteza prefrontal medial, una región vinculada a los procesos sociales. Es la zona que participa en la construcción del “nosotros”. El gol no solo genera satisfacción: refuerza la pertenencia. Por eso no todos los goles valen lo mismo. En un Boca-River o en un Gimnasia-Estudiantes, por ejemplo, el cerebro no procesa solo el resultado. Procesa la historia, la rivalidad, la identidad. Y responde distinto.

La reacción cambia cuando el gol lo hace el otro. En ese caso, se activan áreas vinculadas al análisis y a la interpretación de lo que ocurre, como parte de un intento por procesar la situación. Pero, en paralelo, ocurre algo más relevante: disminuye la actividad en la corteza cingulada anterior dorsal, una región clave para la regulación emocional.

Ese descenso implica una menor capacidad para controlar lo que se siente en ese momento. No es solo enojo. No es solo frustración. Es una reducción medible del control cognitivo. En ese sentido, el estudio permite observar algo que, desde afuera, muchas veces se interpreta como exageración: en esos segundos críticos, el cerebro funciona distinto. Y no siempre a favor del equilibrio.

El fanatismo amplifica todo

Uno de los hallazgos más contundentes aparece al cruzar estos datos con el nivel de fanatismo. Cuanto más identificado está el hincha con su equipo, más intensa es la activación del sistema de recompensa en la victoria y más marcada es la caída del control emocional en la derrota. En otras palabras: más identidad, menos regulación.

Los hinchas menos comprometidos muestran un patrón distinto. Mantienen mayor actividad en las áreas asociadas al análisis y logran sostener cierto control. Su reacción es más reflexiva, menos automática. El fanatismo, en cambio, acorta esa distancia.

Más allá del fútbol, los autores del estudio plantean que estos resultados no se limitan al deporte. Las mismas redes cerebrales se activan en otras formas de identidad colectiva, como la política o la religión. El mecanismo es similar: el cerebro tiende a premiar lo propio y a reaccionar frente a lo ajeno. El fútbol, en esa dirección, funciona como un laboratorio a cielo abierto. Permite observar, en pocos segundos, procesos que en otros contextos se desarrollan de manera más difusa.

Con todo, en Argentina, donde los clásicos no son solo partidos sino eventos sociales de alta intensidad, estos hallazgos aportan una clave de lectura distinta. Explican por qué un gol puede alterar estados de ánimo, tensiones y conversaciones en cuestión de segundos. No es solo lo que pasa en la cancha. Es lo que pasa en la cabeza. Y ocurre, siempre, en el mismo momento: cuando la pelota cruza la línea.


¿Te gustó esta noticia? ¡Compartila!
Scroll al inicio