
Durante años, eso se explicó como pasión. Como cultura. Como el folclore inevitable del fútbol. Hoy empieza a leerse de otra manera: como una reacción cerebral precisa, automática y medible. El próximo domingo, en Argentina, los archirivales River y Boca van a jugar el superclásico del fútbol. Y en ese partido —como en cualquier clásico— ese mecanismo va a activarse miles de veces al mismo tiempo.
Participaron 60 hinchas de equipos rivales, clasificados según su nivel de fanatismo. A todos se les mostraron 63 jugadas completas, incluyendo goles del equipo propio, del rival histórico y de equipos neutrales. El punto clave no fue comparar victoria y derrota. Fue introducir una variable más precisa: la rivalidad. Porque no es lo mismo un gol cualquiera que un gol en un clásico. El cerebro, según el estudio, lo sabe.
El gol como recompensa
Cuando el equipo del hincha convierte —y especialmente cuando lo hace contra su rival— se activan con claridad regiones vinculadas al sistema de recompensa, como el estriado ventral y el núcleo caudado. Son áreas asociadas al placer, la motivación y el aprendizaje de conductas. En términos simples: el cerebro interpreta ese gol como una ganancia. No como información, sino como beneficio.
A esa reacción se suma la activación de la corteza prefrontal medial, una región vinculada a los procesos sociales. Es la zona que participa en la construcción del “nosotros”. El gol no solo genera satisfacción: refuerza la pertenencia. Por eso no todos los goles valen lo mismo. En un Boca-River o en un Gimnasia-Estudiantes, por ejemplo, el cerebro no procesa solo el resultado. Procesa la historia, la rivalidad, la identidad. Y responde distinto.
La reacción cambia cuando el gol lo hace el otro. En ese caso, se activan áreas vinculadas al análisis y a la interpretación de lo que ocurre, como parte de un intento por procesar la situación. Pero, en paralelo, ocurre algo más relevante: disminuye la actividad en la corteza cingulada anterior dorsal, una región clave para la regulación emocional.
Ese descenso implica una menor capacidad para controlar lo que se siente en ese momento. No es solo enojo. No es solo frustración. Es una reducción medible del control cognitivo. En ese sentido, el estudio permite observar algo que, desde afuera, muchas veces se interpreta como exageración: en esos segundos críticos, el cerebro funciona distinto. Y no siempre a favor del equilibrio.
El fanatismo amplifica todo
Uno de los hallazgos más contundentes aparece al cruzar estos datos con el nivel de fanatismo. Cuanto más identificado está el hincha con su equipo, más intensa es la activación del sistema de recompensa en la victoria y más marcada es la caída del control emocional en la derrota. En otras palabras: más identidad, menos regulación.
Los hinchas menos comprometidos muestran un patrón distinto. Mantienen mayor actividad en las áreas asociadas al análisis y logran sostener cierto control. Su reacción es más reflexiva, menos automática. El fanatismo, en cambio, acorta esa distancia.
Más allá del fútbol, los autores del estudio plantean que estos resultados no se limitan al deporte. Las mismas redes cerebrales se activan en otras formas de identidad colectiva, como la política o la religión. El mecanismo es similar: el cerebro tiende a premiar lo propio y a reaccionar frente a lo ajeno. El fútbol, en esa dirección, funciona como un laboratorio a cielo abierto. Permite observar, en pocos segundos, procesos que en otros contextos se desarrollan de manera más difusa.

