Mundial 2026: por qué los penales no son una lotería

La evidencia científica muestra que la preparación psicológica, la respiración y la toma de decisiones pueden inclinar una definición.

La tanda de penales no es solo azar: la psicología deportiva estudia cómo influyen la ansiedad, la rutina previa y el control mental. Créditos: Getty Images.
La tanda de penales no es solo azar: la psicología deportiva estudia cómo influyen la ansiedad, la rutina previa y el control mental. Créditos: Getty Images.
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Hay una escena que el Mundial siempre guarda como si fuera dinamita: un jugador camina solo hacia el punto penal, la pelota parece más pesada que nunca, el arquero se agranda, la tribuna ruge y un país entero deja de respirar. Desde afuera, el penal parece una ejecución sencilla: once metros, una pelota quieta, un arco enorme y apenas unos segundos para resolver. Desde adentro, en cambio, puede ser una de las situaciones más extremas del deporte.

La ciencia lo viene estudiando desde hace años y la conclusión incomoda a los románticos: los penales no son pura suerte. Tampoco son solo técnica. Son una prueba comprimida de habilidad, control emocional, atención, memoria motora, toma de decisiones y tolerancia a la presión. El disparo dura un instante, pero la definición empieza mucho antes: en la espera, en la caminata, en la respiración, en la rutina previa y en la capacidad del jugador para no quedar atrapado por la magnitud del momento.

Uno de los aportes más citados para entender qué ocurre en una definición por penales llega desde la psicología del deporte. La Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes analizó un estudio, elaborado por investigadores de la Universidad de Groningen, en Países Bajos. La investigación reconstruyó la experiencia de ocho futbolistas profesionales de elite que participaron en una tanda de penales decisiva de la Eurocopa.

El hallazgo central fue que la presión no aparece de una sola vez: cambia durante todo el proceso. No es lo mismo el momento posterior al alargue, cuando se decide quién patea, que la espera en el círculo central, la caminata hacia el área o los segundos finales frente al arquero. Cada etapa activa emociones, pensamientos y estrategias distintas.

Instante de máxima tensión: un jugador de la selección argentina se prepara para ejecutar un penal ante un estadio colmado, con la mirada fija en el arco y todo un país en vilo. Crédito: T y C Sport.
Instante de máxima tensión: un jugador de la selección argentina se prepara para ejecutar un penal ante un estadio colmado, con la mirada fija en el arco y todo un país en vilo. Crédito: T y C Sport.

La espera, de hecho, puede ser una tortura silenciosa. En el círculo central, los jugadores no tienen control sobre lo que ocurre: miran patear a otros, dependen de aciertos y errores ajenos, reciben información parcial, escuchan a sus compañeros, ven al arquero rival y empiezan a anticipar su propio turno. Esa falta de control alimenta la ansiedad. En cambio, a medida que el futbolista se acerca al punto penal, algunos logran recuperar foco: piensan en su rutina, en el lugar elegido, en la carrera, en la respiración. El penal, entonces, deja de ser una película de catástrofe futura y vuelve a convertirse en una acción entrenada.

Ahí aparece una palabra clave: control. Los estudios muestran que la percepción de control puede modificar la forma en que el jugador interpreta sus propias señales corporales. El corazón acelerado, la respiración corta o la tensión muscular no son necesariamente enemigos. El problema aparece cuando el futbolista lee esas sensaciones como prueba de que está por fallar. En criollo: no es solo estar nervioso; es creer que esos nervios mandan más que la propia preparación.

Cuando la presión desordena la técnica

Otra investigación, consultada por esta Agencia, buscó probar el fenómeno en condiciones experimentales. Un equipo de la Universidad de Huddersfield, en Reino Unido, estudió qué ocurre cuando futbolistas profesionales de academia patean penales bajo distintos niveles de presión. Para eso, los jugadores ejecutaron remates en escenarios de baja y alta exigencia psicológica.

El protocolo intentó reproducir varios elementos típicos de una definición real: la caminata desde la mitad de la cancha, el ruido de la multitud tomado de tandas televisadas, la competencia directa entre jugadores, la evaluación posterior del entrenador, la obligación de patear a determinados sectores y, en algunos tiros, la información previa al arquero sobre la dirección del remate.

El resultado fue claro: bajo presión aumentaron la ansiedad cognitiva, la percepción de presión y la frecuencia respiratoria. Además, los remates se volvieron más variables. No necesariamente todos patearon peor de la misma manera, pero sí se alteró la consistencia. La presión no siempre destruye la técnica; muchas veces la desordena apenas lo suficiente como para que el margen entre gol y error se vuelva microscópico.

Esto ayuda a entender por qué un jugador extraordinario puede fallar un penal decisivo. No porque “no tenga personalidad”, como suele dictaminar la tribuna con la sutileza de una motosierra, sino porque el contexto cambia la tarea. En un entrenamiento, el penal es una repetición técnica. En una final del mundo, es una acción técnica dentro de un huracán emocional, social y simbólico. La pelota es la misma, pero la cabeza no está jugando el mismo partido.

No es una lotería: se entrena

La ciencia también pone bajo sospecha una vieja frase del fútbol: “Los penales son una lotería”. Es cierto que hay azar: el arquero puede adivinar, la pelota puede rozar un palo, el ejecutante puede cambiar de decisión en el último segundo. Pero llamar lotería a una tanda completa es quedarse corto. La preparación psicológica, las rutinas previas, la elección anticipada del remate, el manejo de la respiración, la conducta del arquero y el apoyo del grupo pueden inclinar la balanza.

Por eso, muchas selecciones trabajan los penales como un escenario entrenable. No alcanza con patear cien veces después de la práctica. Hay que recrear presión: espera, cansancio, mirada externa, consecuencias, ruido, interrupciones, demora del árbitro, provocaciones del arquero. El objetivo no es eliminar los nervios, porque eso sería tan realista como pedirle silencio a una tribuna argentina en octavos de final. La clave es que el jugador construya una rutina suficientemente sólida para ejecutar, aunque el cuerpo esté en alerta.

En el Mundial 2026, con más equipos, más partidos y una estructura ampliada, las definiciones por penales volverán a ocupar el lugar donde el fútbol se vuelve laboratorio emocional. Cada remate será leído como valentía, tragedia o gloria. Pero detrás de ese instante habrá algo más que destino. Habrá ciencia, entrenamiento y una batalla íntima entre la presión y el control.

Con todo, el penal parece el momento más solitario del fútbol. Sin embargo, la evidencia muestra lo contrario: cuando un jugador se para frente al arquero, también patean su preparación, su entorno, su historia, su respiración y todo lo que aprendió a hacer con el miedo. Porque en los penales no gana quien no siente presión. Gana, muchas veces, quien logra jugar con ella sin dejar que le patee primero.


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