
En ese cruce entre ciencia, política y relaciones internacionales aparece una figura que todavía suena extraña, pero que comienza a ganar protagonismo: el diplomático científico. “La diplomacia científica no es solo para una universidad. Un diplomático científico puede trabajar en una universidad, en un ministerio, para un gobierno nacional, en un organismo internacional o en una empresa”, explica Daniel Gomez, primer diplomático científico de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), en diálogo con la Agencia de Noticias Científicas de la UNQ.
El conocimiento también cruza fronteras
La aclaración es importante. La diplomacia científica no es una versión sofisticada de las relaciones internacionales universitarias. Tampoco es una oficina dedicada únicamente a firmar convenios, recibir delegaciones extranjeras o enviar investigadores a congresos. Es algo más amplio, más ambicioso y, sobre todo, más estratégico.
Las universidades argentinas conocen desde hace tiempo el trabajo de sus áreas de relaciones internacionales. Esas oficinas gestionan acuerdos, organizan intercambios académicos, reciben estudiantes y docentes extranjeros y sostienen vínculos con otras instituciones. La diplomacia científica, en cambio, parte de otra pregunta: qué conocimiento produce una universidad y cómo puede contribuir a resolver problemas que también preocupan en otras partes del mundo. Ahí cambia todo.
Ya no se trata solamente de conectar instituciones, sino de poner en circulación capacidades científicas, tecnológicas y sociales. Una universidad puede producir conocimiento en salud, educación, ambiente, energía, agua, tecnología, género, cambio climático o desarrollo productivo. La diplomacia científica busca que esos saberes encuentren socios, programas, redes, financiamiento y desafíos concretos en los que puedan resultar útiles.
La palabra clave es desarrollo. No como eslogan de folleto institucional, sino como horizonte práctico. ¿Qué sabe hacer una universidad? ¿Qué puede ofrecer? ¿Qué necesita? ¿Con quién puede asociarse? ¿Qué problema puede ayudar a resolver? En esa lógica, la ciencia deja de ser únicamente producción académica para convertirse en una herramienta de cooperación. El conocimiento sale del paper, cruza la frontera y se sienta a negociar.
Cuando la evidencia se negocia
Gomez explica que la diplomacia científica suele explicarse a partir de tres dimensiones. La primera es la ciencia en la diplomacia: cuando la evidencia científica contribuye a tomar decisiones, resolver conflictos o construir acuerdos entre países. El Tratado Antártico es uno de los ejemplos más emblemáticos. La cooperación científica permitió establecer reglas compartidas sobre un territorio estratégico y reducir el riesgo de que el continente blanco se convirtiera en escenario de disputas mayores.
La segunda es la diplomacia para la ciencia: el uso de herramientas diplomáticas para impulsar investigaciones, obtener financiamiento, desarrollar programas internacionales, crear redes de colaboración o construir grandes infraestructuras científicas.
La tercera es la ciencia para la diplomacia: cuando la cooperación entre investigadores permite mantener vínculos incluso entre países enfrentados políticamente. Durante la Guerra Fría, por ejemplo, los intercambios científicos funcionaron como uno de los pocos puentes posibles entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Por eso, el diplomático científico no reemplaza al diplomático tradicional: lo complementa. Uno conoce las reglas de la negociación internacional. El otro sabe leer evidencia, interpretar datos y distinguir conocimiento sólido de una presentación convincente pero vacía. “El diplomático sabe negociar. Nosotros sabemos mucho de ciencia y un poco de negociar. En realidad, trabajamos juntos”, resume Gómez, quien durante una década representó al Ministerio de Ciencia argentino ante la Unión Europea en temas vinculados con la salud.
La evidencia es el corazón del asunto. No alcanza con afirmar que una universidad resulta atractiva por su prestigio, su historia o una página web bien diseñada. Las preguntas son otras: qué capacidad concreta posee, qué problema puede ayudar a resolver, qué conocimiento respalda esa cooperación y qué puede aportar y recibir cada una de las partes.
La trayectoria de Gomez en investigación oncológica ofrece ejemplos de esa lógica. Durante años participó en redes internacionales vinculadas con el cáncer y las enfermedades crónicas, donde la cooperación científica no se limitó a intercambiar publicaciones. También implicó diseñar programas, promover financiamiento y discutir el acceso a medicamentos y las diferencias de precios entre países ricos y pobres.
En estos casos, la diplomacia no consiste simplemente en pedir recursos. Se trata de crear las condiciones para que investigadores, organizaciones, gobiernos y financiadores puedan construir respuestas comunes frente a problemas que ningún actor resolvería por separado.
Ciencia abierta, pero no ingenua
La palabra cooperación suele sonar amable. Y, en buena medida, lo es. Pero el sistema científico internacional no es un territorio libre de conflictos. También existen disputas de poder, intereses económicos, patentes, datos sensibles, desarrollos estratégicos y países que llegan a la mesa de negociación con muchas más fichas que otros.
Gomez lo plantea sin rodeos: “La ciencia abierta tiene que existir, pero no de manera ingenua. Alrededor de la ciencia también hay poder. La ciencia es poder”. La frase resume una de las tensiones centrales del presente. Compartir conocimiento puede acelerar descubrimientos y soluciones globales. Pero abrir datos, capacidades o desarrollos sin reglas claras también puede profundizar desigualdades, especialmente cuando una institución o un país del Sur Global aporta información valiosa y recibe poco a cambio.
La diplomacia científica también invita a revisar el lugar de América Latina dentro del mapa global del conocimiento. Es cierto que los países del norte global disponen de más recursos, estructuras más sólidas, programas consolidados y mayor capacidad financiera. Pero eso no significa que posean todo lo que necesitan.
En el sur existen conocimientos, territorios, experiencias, trayectorias y capacidades indispensables para numerosos proyectos internacionales. En algunos casos, las universidades latinoamericanas no son invitadas decorativas, sino socias estratégicas sin las cuales determinadas investigaciones no podrían realizarse.
En ese sentido, Gomez menciona una convocatoria internacional impulsada desde Canadá en la que debían participar instituciones canadienses, israelíes y de un país de ingresos bajos o medios. Los investigadores argentinos fueron convocados porque contaban con capacidades que los demás equipos necesitaban. La participación local no era una formalidad: sin ella, la propuesta no podía presentarse.
El ejemplo permite cuestionar una idea instalada. La desigualdad económica y tecnológica existe, pero asumir que la Argentina siempre negocia desde una posición inferior también puede convertirse en una trampa. En ocasiones, el conocimiento local tiene un valor mucho mayor del que el propio sistema científico está acostumbrado a reconocer.
Una estrategia regional
En la UNQ, el área de diplomacia científica todavía se encuentra en construcción. Depende del rectorado y funciona con una estructura pequeña. Su primera tarea consiste en identificar y visibilizar lo que la institución produce: líneas de investigación, equipos, capacidades, proyectos y posibles vínculos internacionales.
Uno de los objetivos iniciales es incorporar a la universidad a asociaciones y redes internacionales de diplomacia científica. También se proyecta crear un espacio dentro del sitio institucional que permita mostrar, en distintos idiomas, las capacidades científicas de la UNQ y facilitar el encuentro con universidades, organismos y gobiernos interesados en desarrollar proyectos conjuntos.
La proyección, sin embargo, no termina en las fronteras de la institución. Entre las iniciativas regionales en las que participa Gomez figura una propuesta trabajada junto con colegas de la Universidad de Costa Rica para impulsar la creación de una organización latinoamericana de diplomacia científica. El proyecto busca comenzar a construir un espacio regional donde puedan compartirse experiencias, establecerse protocolos de cooperación y coordinarse estrategias entre instituciones. Su presentación está prevista en el marco de un encuentro en Brasilia, aunque la iniciativa todavía se encuentra en proceso de elaboración.
La propuesta parte de un diagnóstico concreto: mientras el norte global cuenta con asociaciones consolidadas, programas y estructuras destinadas a proyectar internacionalmente sus capacidades científicas, el sur todavía trabaja de manera fragmentada.
Organizarse regionalmente permitiría compartir recursos, fortalecer proyectos comunes y negociar con mayor peso frente a los países más poderosos. No se trata de abandonar la cooperación con Europa, Estados Unidos, Canadá o Asia, sino de evitar que cada universidad o país latinoamericano llegue solo a una mesa donde las asimetrías económicas y tecnológicas ya están marcadas de antemano.
La diplomacia científica, en definitiva, no es una moda académica ni una nueva etiqueta para nombrar viejas prácticas. Es una forma de entender que el conocimiento también puede convertirse en una herramienta de desarrollo, negociación e influencia. Porque, en un mundo donde las decisiones más importantes se disputan alrededor de los datos, la tecnología, la evidencia y la innovación, quedar afuera de esa conversación puede resultar demasiado costoso.

