
Aunque hay múltiples definiciones, se considera a la Economía del Conocimiento (EdC) como el conjunto de actividades que requieren un aporte intensivo del conocimiento humano para generar valor y ofrecer nuevos productos y servicios. Según un informe elaborado por Argencon, entidad que representa a las principales empresas del sector en el país, en 2025 las exportaciones del rubro superaron los 10 mil millones de dólares por primera vez en la historia. Aunque la cifra representó un crecimiento anual del 11,7 por ciento y consolidó a la EdC como el tercer complejo exportador del país, detrás del agro y la energía, no todo lo que brilla es oro. Por un lado, la balanza fue negativa, ya que el segmentó necesitó más dólares de los que generó. Por otro lado, en medio de los avances vinculados a la inteligencia artificial y la computación cuántica, distintos especialistas ya hablan de una nueva fase denominada Economía del Código. A diferencia de su antecesora, se trata de una etapa con la participación de más actores, más sofisticada, y con una presencia fundamental de la ciencia, la tecnología y las universidades.
Para abordar los desafíos que presenta la Economía del Código, el papel que puede cumplir Argentina y las políticas que lleva a cabo el gobierno nacional en la materia, Al borde del precipicio, programa de la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes, conversó con Fernando Peirano, economista, docente de la Universidad y director del Observatorio de la Economía del Conocimiento y la Innovación de la UNQ.
-¿Qué panorama ve alrededor de la Economía del Conocimiento en Argentina?
-La Economía del Conocimiento empezó hace más de 15 años y, en esa etapa, lo central era que los profesionales ofrecían servicios a distancia que distribuían gracias a internet y eran muy bien remunerados. Además, a través de esa modalidad, también se brindaban servicios de software, y eso le dio a Argentina un lugar en el mundo. Sin embargo, ahora estamos en una segunda fase que llamamos Economía del Código.
–¿Dónde radica la diferencia?
-Si bien los servicios de profesionales siguen existiendo, el eje central ahora está puesto en los grandes modelos de lenguaje capaces de recombinar códigos. Lejos de los bits vinculados a cero y uno, ahora el código también incluye desde dimensiones biológicas como el ADN hasta dimensiones culturales vinculadas a industrias creativas digitalizadas. Y en este punto, hay una falsa creencia de que el país va por el camino correcto. No obstante, la Economía del Código necesita otro tipo de empresas y requiere de un ecosistema donde están incluidas la ciencia y las universidades.
-¿Cómo sería ese ecosistema ideal al cual se refiere?
–El objetivo es que la rueda pueda moverse por la fuerza y el peso de la gravedad del sector público y el sector privado, donde ambos se nutren y se impulsan mutuamente. Esto lo hicimos bien en la primera fase, Argentina empezó con una Ley de Software (que luego fue reemplazada por la Ley de Economía del Conocimiento) y con la formación de profesionales en las universidades. Gracias a eso, el país pudo participar de la primera etapa y generó una industria.
-¿Y ahora?
–Nos estamos desmembrando. Las universidades la están pasando mal, los avances que habíamos logrado en ciencia están en jaque y las empresas de tecnología se van quedando obsoletas porque ya no resuelven problemas actuales, sino que están atrapadas en cuestiones de la economía del pasado. Tienen dificultades para hacer compras, no encuentran los productos y la oferta es muy limitada.
-Este derrotero de Argentina se da en medio de lo que muchos economistas tildan como proceso de transición global.
-Exacto. La economía global está en una transición donde se está abriendo un centro con nuevas actividades ligadas a lo digital y los conocimientos intelectuales. De acuerdo a la política que implemente Argentina, ese nuevo centro lo puede favorecer o perjudicar.
–¿En qué sentido podría favorecer o perjudicar al país?
-Esta transición global tiene dos capas, una física y una digital. La primera demanda más energía, y Argentina hizo una apuesta correcta a través de la minería, el petróleo y el gas con Vaca Muerta. Sin embargo, en la Economía del Código, la capa digital es la más importante, porque allí está el mayor valor agregado, los empleos y la oportunidad de dinamizar la economía de las ciudades.
–Incluso en la economía de las ciudades, los profesionales que trabajan en el área tienen sueldos que están muy por debajo de las ganancias que generan.
-¿Cómo puede ser que gente formada, que sabe idiomas y trabaja en empresas con oficinas hermosas y regímenes de trabajo flexible no pueda acceder a una vivienda o no le alcance para asegurarse la salud? Para tomar dimensión, hay muchas personas que postergan el momento de tener hijos o directamente no los proyectan porque no tienen las certidumbres económicas para hacerlo. Si en ese grupo las condiciones no están, quiere decir que estamos repartiendo mal los beneficios que generan estos sectores dinámicos.
-Por lo realizado en casi tres años, pareciera que al gobierno nacional no le interesan estos problemas que usted menciona. ¿Cómo se enfrenta esta situación?
-Hay que armar una mesa amplia y empezar a pensar qué transición hará Argentina hacia la nueva economía. Si solo nos insertamos desde la capa física con nuestros recursos naturales, el país tendrá cada vez menos margen de acción para participar en el mundo. Las empresas requieren de la ayuda y el complemento de lo público, sino no funcionan. Aunque podrían arreglarse solas un tiempo, a la larga es imposible. Por ejemplo, no podríamos tener una economía del conocimiento sin las universidades que formaron a los profesionales.
-En relación al rol de las empresas, antes hablaba de la Ley de Software, que luego fue actualizada, y que otorga una serie de beneficios económicos para las empresas adheridas. Sin embargo, ahí figuran gigantes como Mercado Libre, que en el primer semestre de 2026 contabilizó 42 millones de dólares en beneficios fiscales gracias a esta norma.
-La Ley quedó obsoleta. De cara al futuro, tenemos que pensar un régimen de promoción como un régimen de inversión, porque el Estado y los contribuyentes invertimos para que esas empresas crezcan, y ahora estamos en condiciones de pedir el retorno de esas inversiones.
-Entonces, ¿qué se hace con Mercado Libre?
-Está buenísimo tener Mercado Libre, pero con los millones de dólares que le perdonamos en impuestos podríamos financiar proyectos de ciencia básica por ejemplo. No puede ser que haya dinero para esa empresa multinacional, pero no para la ciencia y la tecnología. No podemos seguir viendo con los mismos ojos a todas las empresas. Hoy Mercado Libre no es una empresa que recién comienza, sino que es monopólica en algunos segmentos y en otros tiene una porción muy importante.
-¿Y qué podría hacerse con el dinero que no iría a este tipo de empresas que hoy pueden sustentarse sin beneficios extra del Estado?
–Esa suma de plata debe invertirse en proyectos de investigación que beneficien a las universidades, a la ciencia y al ecosistema que conforma la Economía del Código. Si esto no sucede, nos vamos a quedar todos afuera cuando termine el turno de la economía del conocimiento. Además, tenemos la responsabilidad de mirar a todas aquellas empresas que todavía no nacieron.
-Pero en la Argentina de Milei esta discusión no existe.
-Nuestro país hoy está muy lejos de debatir esto porque estamos yendo a contramano. El gobierno nacional podría haber mandado más plata y más becarios a los laboratorios, pero eligió mandar más gendarmería a la Comisión Nacional de Energía Atómica. Creo que es la apuesta equivocada.
-¿Qué rol juega el Observatorio de la Economía del Conocimiento y la Innovación de la Universidad Nacional de Quilmes en este aspecto?
–El Observatorio busca cumplir tres roles: funcionar como una alarma, ser una brújula y aportar un propósito. En primer lugar, funciona como alarma porque hay cosas importantes que no tienen el espacio que merecen. En segundo lugar, pensamos en una brújula, porque el ritmo del cambio es acelerado y desconcertante. Por último, el propósito tiene que ver con el rol que tendrán las universidades y el sistema científico cuando se sienten en la mesa de la Economía del Conocimiento para ver qué aportan y qué reciben.
-Más allá de las funciones del Observatorio, ¿cuál es el objetivo de fondo?
–Si hay mucha conversación sobre la minería y el agro, tenemos que armar una gran conversación urbana sobre los empleos del presente y del futuro, y sobre las condiciones de esos trabajos. No habrá nuevos empleos de calidad si no nos ubicamos donde se genera el nuevo valor agregado.
Al Borde del Precipicio – Programa N° 17

