TikTok, Instagram o YouTube: un estudio revela que no todas las redes afectan igual a los adolescentes

Sueño, comparación social, violencia y contenido sexual no deseado aparecen con distinta frecuencia según la plataforma digital que utilizan los jóvenes.

Entender el vínculo entre adolescentes y tecnología empieza por dejar de mirar solamente el reloj, y empezar a mirar lo que ocurre dentro de la pantalla. Crédito: Pexel.
Entender el vínculo entre adolescentes y tecnología empieza por dejar de mirar solamente el reloj, y empezar a mirar lo que ocurre dentro de la pantalla. Crédito: Pexel.
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Dormir peor. Sentir que la vida de los demás es mejor que la propia. Encontrarse con imágenes violentas, desnudos que nunca se buscaron o publicaciones relacionadas con autolesiones. Estas experiencias forman parte del universo digital de muchos adolescentes, pero una nueva investigación muestra que no aparecen con la misma frecuencia en todas las plataformas. TikTok, Instagram y YouTube suelen quedar reunidas bajo una misma etiqueta: “redes sociales”. Sin embargo, cuando los investigadores comenzaron a separar lo que ocurre dentro de cada una, encontraron diferencias importantes.

En TikTok, el 42,2 por ciento de los adolescentes que utilizaban la plataforma dijo que había interferido con su sueño. En Instagram, el porcentaje fue del 27,8 por ciento y en YouTube, del 27,7. Pero cuando la pregunta fue si las publicaciones de otras personas los hacían sentir que su propia vida era peor, Instagram quedó primera: lo manifestó el 16,6 por ciento de sus usuarios, frente al 13,4 por ciento de TikTok y apenas el 4,1 por ciento de YouTube.

Los datos surgen de una investigación, analizada por la Agencia de Noticias Científicas de la Universidad Nacional de Quilmes y publicada en JAMA Pediatrics, que pone en discusión una de las preguntas más repetidas sobre adolescentes y tecnología.

Tal vez ya no alcance con saber cuántas horas pasa un chico frente a una pantalla. También importa saber dónde pasa esas horas, qué encuentra allí y qué tipo de experiencia tiene mientras recorre cada plataforma. Porque dos horas conectados pueden significar cosas completamente distintas. No es lo mismo mirar decenas de videos seleccionados automáticamente por un algoritmo que conversar con amigos, buscar un tutorial, jugar online o recorrer fotografías y videos de las vidas de otras personas.

El estudio encuestó a 472 adolescentes estadounidenses de entre 13 y 17 años. Los investigadores les preguntaron qué experiencias negativas habían atravesado durante las cuatro semanas anteriores, tanto dentro como fuera de Internet. Analizaron situaciones de acoso, exposición a imágenes violentas, contenido sexual no deseado, publicaciones relacionadas con autolesiones, comparación social y problemas para dormir.

Uno de los resultados sobresalió rápidamente: el 51,5 por ciento de los adolescentes aseguró que el uso de tecnología había interferido, al menos algunas veces, con su sueño. Cuando los investigadores separaron esa cifra según la plataforma utilizada, aparecieron diferencias. Entre los usuarios de TikTok, el 42,2 por ciento atribuyó problemas de sueño a esa aplicación. En Instagram lo hizo el 27,8 por ciento; en YouTube, el 27,7; y en Snapchat, el 20. Entre quienes utilizaban mensajes de texto, el porcentaje fue del 10,2 por ciento.

Esto no significa que TikTok provoque insomnio en cuatro de cada diez adolescentes. El estudio es observacional y no permite establecer una relación directa de causa y efecto. Lo que sí muestra es que, entre quienes utilizaban esa plataforma, una proporción importante percibía que estaba interfiriendo con su descanso.

Cuando la vida de los otros parece mejor

Otra diferencia apareció cuando los científicos preguntaron por comparación social. Querían saber si las publicaciones de otras personas hacían que los adolescentes sintieran que su propia vida era peor. Entre las grandes plataformas analizadas, Instagram registró el porcentaje más alto: 16,6 por ciento. En TikTok fue del 13,4 por ciento y en YouTube, del 4,1.

El dato adquiere especial relevancia durante la adolescencia, una etapa atravesada por la construcción de la identidad, la pertenencia y la mirada de los pares. Una sucesión permanente de cuerpos, viajes, fiestas, parejas, ropa, amistades o logros puede funcionar como entretenimiento. Pero también como una vidriera frente a la cual comparar la propia existencia.

La investigación no demuestra que Instagram haga que los adolescentes se sientan peor con sus vidas. Sí detecta que esa experiencia fue reportada con mucha mayor frecuencia allí que en otras plataformas como YouTube. Y esa diferencia es justamente uno de los puntos centrales del trabajo.

El estudio también exploró otro fenómeno: la exposición a contenidos potencialmente dañinos. Entre todos los adolescentes encuestados, el 13,4 por ciento dijo haber visto online imágenes sexuales o desnudos que no quería ver durante las cuatro semanas anteriores. Fuera de Internet, esa experiencia fue reportada por el 2 por ciento.

El 10,7 por ciento aseguró haber encontrado imágenes violentas online, frente al 1,6 por ciento que informó una experiencia semejante fuera de Internet. Y el 9,7 por ciento manifestó haberse cruzado en la web con contenidos que alentaban las autolesiones, frente al 5,2 por ciento que los había encontrado fuera del mundo digital.

El trabajo no permite afirmar que esos contenidos produzcan necesariamente determinadas conductas, pero muestra que una parte de los adolescentes se encuentra con ellos incluso cuando no los busca. También allí surgieron diferencias entre plataformas. En Instagram, por ejemplo, el 9,1 por ciento de los usuarios informó haber visto imágenes violentas. En YouTube, esa experiencia fue mencionada por el 1,9 por ciento.

Con celular propio desde los 11 años

Los participantes tenían una edad promedio cercana a los 15 años. Sin embargo, su relación con los dispositivos había comenzado bastante antes. En promedio, habían recibido su primer smartphone a los 11,1 años. El 91,5 por ciento tenía teléfono propio y el 96,1 por ciento utilizaba al menos una de las plataformas analizadas. YouTube era la más extendida: había sido utilizada durante las cuatro semanas anteriores por el 77,1 por ciento de los adolescentes. Le seguían Instagram, con el 55,1 por ciento; TikTok, con el 54,4; y Snapchat, con el 51,2.

Los investigadores estudiaron en total 20 espacios digitales, aunque sólo presentaron resultados individuales de aquellos que contaban con suficientes usuarios dentro de la muestra. También compararon el acoso dentro y fuera de Internet. El 18,5 por ciento de los adolescentes dijo haber sufrido algún tipo de acoso fuera de la web y el 16,4 por ciento, online. Las cifras fueron relativamente cercanas.

Para los autores, esto ayuda a cuestionar otra separación que muchas veces hacen los adultos: pensar que existe una vida “real” y otra “virtual”. Para muchos adolescentes, ambas forman parte de una misma experiencia. Una pelea puede empezar en la escuela y continuar por mensajes. Un conflicto en redes puede trasladarse al aula. Una burla puede atravesar ambos espacios sin demasiadas fronteras.

Durante años, buena parte del debate sobre adolescencia y tecnología se concentró en el llamado “tiempo de pantalla”. ¿Cuántas horas pasa un chico mirando el teléfono? La nueva investigación sugiere que esa cifra, aislada, puede decir mucho menos de lo que parece.

Dos adolescentes pueden pasar exactamente el mismo tiempo conectados y vivir experiencias completamente diferentes. Uno puede estar mirando un tutorial, otro hablando con sus amigos, otro recorriendo fotografías de personas con las que se compara y otro consumiendo una cadena de videos seleccionados automáticamente según aquello que consigue mantenerlo más tiempo frente a la pantalla.

Agrupar todas esas experiencias bajo una única categoría llamada “uso de pantallas” puede terminar ocultando diferencias importantes. Por eso los investigadores plantean la necesidad de empezar a observar los riesgos plataforma por plataforma. Ese enfoque permitiría analizar, por ejemplo, qué ocurre cuando una empresa modifica su algoritmo, incorpora herramientas de protección para menores o cambia sus políticas de moderación. También podría ayudar a diseñar recomendaciones más específicas para familias, escuelas y sistemas de salud.

Con todo, la discusión quizá ya no deba reducirse a cuántas horas pasan los adolescentes con el teléfono en la mano. La pregunta más importante empieza a ser otra: qué encuentran allí, qué les muestra el algoritmo, con quiénes se comparan, qué contenidos reciben sin haberlos buscado y cómo se sienten después de cerrar la aplicación. Porque el impacto de una pantalla no se mide solamente en tiempo. También se mide en lo que deja cuando se apaga.


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